Nocturno

Se ríe a carcajadas con la boca desdentada.

Se encuentra más allá del bien y del mal

Es el fin, bajo la lluvia y el maullido salvaje del asfalto que vaporiza. El deshecho del mundo que se va convirtiendo en un paisaje cotidiano. Con la esperanza bajo el brazo a la espera de algún aliciente. Se acuesta boca arriba, saboreando las gotas de lluvia, el sabor ácido (ya no hay lluvia limpia),

En su mente aturdida las imágenes se sucedían interminables:

Volteó la cabeza para ver por última vez la cerca de piedra. Una lágrima se le escapó abriendo las compuertas incontenibles. Sacudida por el llanto comenzó a humedecer la tierra seca. Lágrima tras lágrima fue recorriendo el camino hasta cruzar el puente. Los flamencos asustados se escabulleron. Mientras el incontenible caudal salado encharcaba el suelo pétreo, convirtiéndose en un enorme charco, hasta chorrear en diminutas cascadas por el puente, mezclándose con el hilo del arroyo casi seco

Se ríe y llora, ve su piel pegada al hueso, siente la lluvia como aquella vez, la última. Sus ojos grices se van apagando.

Flota en el charco que deja el agua a su alrededor y en el último instante antes de abandonarse a la nada recuerda que los fríos adoquines se irán tibiando, cuando las mujeres de blanco se la lleven una vez más por el pasillo blanco, a la cama blanca y la encierren como cada tarde entre esas cuatro paredes blancas, ahí donde todo es blanco.

El despertar del guerrero.

Al principio, fue el sonido…

El sonido de tu llanto junto al mío, del dolor de un corazón que late y de una vida que comienza.

Los años pasan.

De pronto me encuentro con la sorpresa de que el Guerrero que habita en tu interior está a punto de despertar.

Dwende emprende su metamorfosis, se va alejando de los juegos y las interminables pesquizas al aire libre. Ahora va tratando de encontrar una identidad.

En un ataque de rabia e impotencia pregunta: ¿Cuál es mi propósito en la vida?

Le respondo que esa pregunta es un síntoma de su madurez, por que no todas las personas se han planteado algo así en su vida.

Los rasgos de esa personalidad indómita se habían apaciguado con el tiempo, la furia se había convertido en un reencuentro que le permitía comprender un poco el mundo. El camino del puño y el pie quedaron colgados de un gancho en el closet, junto con el vestuario teatral, las pelotas de basquetbol, fútbol y soccer. Arrumbadas quedaron las enormes pantuflas de guepardo y la caja de juguetes se ha empolvado.

Ahora no es una furia externa, sino el resultado de la búsqueda de sí mismo. Entre el fuego que arde cuando se enoja y también cuando se ríe con esas carcajadas contagiosas. En la incógnita de entender los mecanismos de su cuerpo y también de intentar despejar las dudas sobre ese género llamado femenino.

Mientras tanto Dwende se ha alejado por unos días. Seguramente disfrutará ese estado de contraste tan fuerte entre el mundo externo y la burbuja en la que ha permanecido y de la que sólo puede asomar la cabeza un poco.

Sin embargo yo sí tengo una idea clara del propósito de Dwende en esta vida, pero es él quien debe descubrirlo por sí mismo.

Totem

“El totem, se forma a partir del imaginario colectivo.

La otredad es el instante en que los individuos se enfrentan a lo otro”.

Ornelas, A.

“…porque cuando ponemos nuestros ojos sobre lo Otro,

no podemos sino vernos a nosotros mismos.

Vallejo, A.

Se miró largamente en el espejo, no tenía ningún rasgo distintivo. Los ojos medianos, la nariz recta y unos labios delgados. Algunas pecas se asomaban en sus mejillas. El vapor adherido a la superficie le daba un aire extraño. Su cabello húmedo le cubría las orejas enmarcando su cara.

Una vocecilla interna la apremiaba, se hacia tarde. Su madre no toleraba la demora a la hora de la comida. Se vistió rápidamente y bajó las escaleras corriendo.

Cuando abrió la puerta del comedor, el Merlín la observaba desde su estática posición sobre la repisa. Le pareció extraño que a pesar de encontrarse diariamente ahí colocado por tantos años, apenas en ese instante se dio cuenta de que su alba cabeza, estaba coronada con un sombrerillo de estrellas doradas.

Sonrió, mientras se veía por instantes en el espejo que colgaba en la pared. No había novedad, ese rostro la seguiría irremediablemente el resto de su vida.

Su madre impaciente, había servido ya la sopa y no ocultaba su gesto acartonado de molestia. ¡Qué decepción! Creía haber visto esa mirada en otro lado, pero la idea se escapó de su mente y quedó aturdida en su inconsciente.

Se sentó sin pronunciar palabra y tomó la cuchara con la intención de acabar pronto con el tazón que tenía un burbujeante líquido verde y en el que flotaban pequeños crutones. Pero el vapor la hizo arrugar la naríz. Prefirió recordar aquella vez en la que el escarabajo se enredaba en su dedo, perfectamente engarzado en un aro de plata.

Lo había perdido unos días antes, aún llevaba la marca sobre su dedo, la piel se veía más clara que en el resto de su mano.

Con un último intento metió la cuchara en el tazón, pero ésta pareció cobrar vida. Se incertó en el lado izquierdo de su pecho, ella sintió sólo un golpe que hizo estremecer hasta la repisa donde estaba el Merlín alzando su báculo en señal de poder.

Un sentimiento de vacío se apoderó de pronto de su ser. Esa que había visto en el espejo no era ella, nunca lo había sido. Su corazón saltó sobre el plato palpitando, salpicando, agitándolo todo. Pero nadie parecía darse cuenta.

El párrafo final de la hoja decía: “Es que estaba concluyendo que la otredad es ese estado o  acto en el cual el individuo se enfrenta súbitamente ante lo otro y eso le permite crear su propia identidad”

Alicia cerró el libro, sonrió maliciosamente y contempló sobre su dedo el anillo de escarabajo que había encontrado unos días antes. Cayó cuando ella jaló el libro del estante.

Intruso

Las tres Fridas impasibles lanzan miradas de soslayo, mientras la luz entra por el óvalo de la pared, insinuando apenas su afán por echar un vistazo al juego que entretiene a los amantes.

El moro está en mi costa y es bello. Casi tanto como los rasgos tuareg que aún le quedan. Sus ojos negros hechiceros cazan a las presas en instantes.

Hace honor a los nómadas que quedan, como un buen amante y una copa de vino que parecen sumergirse en el intervalo de un reloj sin arena y sin tiempo.

Entonces camina majestuoso, adornado con su piel de arena, los movimientos del reptil que zigzaguea dejando sinuosas estelas adormecidas al calor de medio día.

Se encuentra fuera de su sitio, la costa lo abruma, las huellas húmedas que se borran con las olas lo incomodan.

El moro está en mi costa y se revela. Se ciñe la cimitarra a la cintura, toma el morral que ha de echarse al hombro. Se acerca lentamente hasta tocar mis labios, en un sueño que se ha vuelto recurrente. En donde el mar y el desierto no se mezclan, sino en ese breve trecho que deja el amanecer en los sueños, sólo en los sueños.

Amaneceres

¿Acaso cree usted que yo tengo tiempo?

Precisamente esta mañana se ha escapado frente a mi cara. Lo entendí cuando al abrir la puerta, me fijé en las manchas de mis manos. En el dolor de mis huesos cuando el viento helado me tomó por sorpresa.

Yo creía que aún podía salir a ver como el cielo sangra al parir al sol cada mañana. Pero no. Mis huesos siguen crujiendo, como si fueran a desarmarse de un momento a otro.

El sol ya estaba alto y sin razón alguna comenzó a caer una fina llovizna. Extrañado avanzó unos cuantos pasos fuera del umbral de la puerta.

El agua cayó sobre su cabeza, un sonido sordo apenas perceptible sonó dentro de él. Gotas, muchas gotas resbalaron por su cuerpo hasta convertirlo en una masa húmeda, luego en ceniza.

El cielo no tendría que parir al sol un día más.

Mirada

Se hablaban esporádicamente, pero era una forma acordada de encontrarse.

Trató de recoger un poco las latas de cerveza esparcidas por todos lados, las colillas de cigarro y los platos que aún continuaban en desorden.

Había estado con unos amigos toda la tarde, apenas tendría tiempo de aventar bajo el sillón todo aquello que le pareciera inconveniente.

Estaba cansado, los últimos meses se habían convertido en una interminable penitencia, quería que todo eso acabara, queria alejarse y continuar con su vida tal y como él la había escogido. Se recostó en el sillón a juguetear con el control de la TV, sin ver nada.

Llegó a la hora convenida, con un par de bolsas del supermercado dispuesta a abrir latas y destapar refrescos. Su tiempo transcurría entre las carreras ordinarias, pero quería un momento de reposo, salir de esa rutina aplastante, quería escapar.

Entre ellos las formalidades eran obsoletas, habían aprendido a vivir el momento, sin cuestionamientos, sabían que el tiempo pasa irremediable y que el mundo divide en un segundo los caminos.

Intentaron coincidir en un canal neutro y mientras en la pantalla se sucedían las escenas y los comerciales, decidieron que era absurdo seguir consumiendo imágenes.

Entonces se dedicaron a aprender de nuevo,  a redescubrir el sublime acto del placer, a intentar comprender al universo de palabras  que se esconde en cada susurro. A reconocer el sentido primigenio a través de sus  sentidos, a invocar a la Diosa y rendirle culto.

Así el cielo amaneció sonrojado, con unas limpias vetas rojizas que se escurrieron entre las cortinas. Afuera, el mundo desmañado, el viento había tirado gran parte de la línea de energía eléctrica, los anuncios espectaculares estaban desgarrados y los postes torcidos, los semáforos enloquecidos cintilaban con sus ojos coloridos. Todo era caos.

En la radio, los locutores hacían un recuento de los daños. Nadie sabía a ciencia cierta cómo había podido suceder que la noche anterior un viento del norte comenzara a soplar sorpresivamente, las ráfagas habían alcanzado velocidades históricas.

Ella se levantó sigilosa, contempló por unos instantes la expresión tranquila de él, capturando en su mente ese instante. Tomó sus cosas y se fue sin despedirse.

Unas horas más tarde él se descubrió solo, la alarma del reloj no había sonado a tiempo. Se dispuso como todas las mañanas a desayunar con su madre, que había permanecido en vela toda la noche. Al verlo, lo estrechó entre sus brazos, agradecida de que él estuviera bien.

Muy temprano esa mañana,  había alcanzado a ver la sombra de alguien que salía de su casa, cubierta con una gruesa chamarra, que al dar la vuelta en la esquina, se había disuelto en un charco de agua azul.

Esta noche

Déjame ver como brilla la luna entre tus brazos,
Sentir el calor de tu cuerpo iluminando la oscuridad del mío.
Cúbreme con el rocío de tus susurros y acariciame el rostro con el roce de tus dedos.
Haz que esta noche la luna de tus ojos sea mi guía.
Deslúmbrame, redibújame, ámame.

Mirada de Fae

Hada está inquieta, no fue su día. Primero perdió su clase de ballet, luego la lluvia la puso incómoda y tuvo que asistir a un evento de adultos, de esos que tanto le aburren.

Así que optó primero por hacer dibujos en una hoja mientras esos extraños seres adultos intentaban componer el mundo con sus ideas extrañas, pero luego, recibió en préstamo un interesante objeto: una cámara digital.

En cuanto tuvo la cámara entre sus manos, comenzó a capturar instantes. Así fue como pude ver el mundo desde su perspectiva.

Entonces supe qué grande es la diferencia entre nuestras formas de ver la vida.  Ví el mundo a través de su visión, Hada es así.

Los colores del mural le llamaron la atención, las figuras femeninas, desnudas apenas cubiertas con halos de colores la hicieron detenerse no sólo a contemplarlas, si no a aprehenderlas.

Tampoco se le escaparon los detalles cotidianos de los estantes, las mesas, los audiovisuales y hasta el perfil de mi jefe.

Me atrevo a decir que al tomar Hada un “autorretrato/foto” está redescubriéndose a sí misma a través de las imágenes que ella misma ha captado.

Murmullos

Se le había instalado la tristeza en medio del pecho, como una afilada espina por la que resbalaban diminutas y brillantes gotas de sangre, que apenas comenzaban a notarse a través de su saco.

Los sonidos de la calle resultaban opacos, apagados sin llegar siquiera a llamar su atención. Seguía caminando lentamente, arrastrando los pies en la banqueta, inmune al olor de la fruta fresca, al pregón de los vendedores, al chirriar de los autos en la avenida.

Sin saber cómo, había llegado frente al mismo edificio, un camino aprendido hasta el automatismo, pasos programados en el inconsciente a fuerza de tanto recorrerlos hasta en sueños.

Empujó la gruesa puerta de madera, los goznes crujieron en respuesta al abandono,  un viento fresco salió del interior, el olor de azhares le hirió la nariz y el verde de las hojas lo encegueció con su brillo.

Un dolor agudo arremetió contra él, se recargó en el dintel, entonces notó que la mancha seguía ahí, haciéndose más grande. Caminó hasta el jardín, se sentó en la banca bajo el árbol.

En silencio contemplaba los balcones sotenidos por hermosas columnas, recordando el alborozo de su presencia perfumada de azhares, los momentos que se habían quedado grabados en los troncos y el eco entre las paredes que pronunciaba su nombre, en murmullos salidos de las hojas.

Se recostó boca arriba en la banca, cansado abandonándose a la humedad que recorría su pecho, mientras el sueño lo atrapó, sin dejarlo volver a despertar.

Vento

Chega el vento, falando voces extranhas.

La historia dice que el Dios del viento envió fuertes tormentas de arena, que barrieron la llanura hasta convertirla en una alfombrilla de tierra ajada y seca.

Sólo se podían ver las pequeñas huellas  que dejaban sus diminutos zapatos, huellas efímeras, barridas por el largo poncho que rozaba el suelo. Sentía el rostro seco, los labios secos, los ojos secos, su cuerpo seco.

Sus pasos lentos, apenas eran suficientes para avanzar un par de kilómetros, luego al anochecer, cuando ya le era imposible seguir, se acomodaba haciendo un hueco en la tierra.

Llevaba días caminando, con un sólo pensamiento como guía y las estrellas de brújula. Tenía los sonidos de la armónica clavados en la mente, uno a uno los repetía en una monótona cancioncilla hasta sumirse en un sueño inquieto, donde alcanzaba a arrancar de tajo una a una las nubes.

Dormía a ratos, hasta que los primeros rayos de luz herían la noche, haciendo sangrar el cielo. Entonces, como si fuera una máquina perfectamente programada, continuaba su camino. Era una sombra, errando en el desierto, un cuerpo muerto: seco.