
Recargado en la ventana, con un cigarrillo en la boca, aún conserva el sabor de su piel, levemente salada. Mientra su mente naufraga en un mar de recuerdos.
Esa mujer es mía, completamente mía, en los instantes en que estoy con ella.
En las brevedades que nos ofrece el tiempo. Es mía con todo y su caudal de palabras, suspiros y gemidos. Su piel me pertenece tanto o más que la luna.
Cuando me mira, desde el abismo de sus pupilas, caigo en su trampa. Luego me enreda entre sus piernas firmes y me engulle, soberbia. Me obliga a volver al nicho de la vida , arrastrado hacia sus profundidades. Comulgo y participo de la vida en ella, firmemente anclado a su cintura. En el vaivén de una marejada cálida, que se va transformando paulatinamente en huracán, implacable.
Azotado contra el arrecife de sus muslos busco asirme a sus manos, buscando consuelo por que he vislumbrado el cielo en un instante. Luego esa calma me invade, exhausto recorro nuevamente su geografía, que es la misma que disfruto, que conozco palmo a palmo.
Ella es la bahia en la que encuentro descanso breve, el puerto en que detengo mi viaje.
Pero mis pies de ventarrón, me llevan en busca de nuevos puertos, aún cuando no puedo evitar pensarla tan a menudo, a través de esta ventana y el calor sofocante de esta urbe solitaria.
Escrito en Apocatástasis





