Ícaro quería tocar al sol y Dédalo confió en que podría. Tanto se afanó Dédalo en ayudar a su hijo a cumplir su sueño y tan pacientemente trabajó en un proyecto que creía factible, que terminó condenando a Ícaro a la muerte.
Fuente de imagen: Sandra Delgado
Entonces esos “locos bajitos” un día dejan de serlo (sólo lo bajitos, locos estarán siempre) y comienza ese juego por la independencia, por la búsqueda de su una identidad que lo defina como un ser humano que busca ciertos ideales.
¿Hasta dónde podremos convertirnos en Dédalos y llegamos a condenar aquello que debemos defender?
Ahora llega de nuevo el momento de reflexionar, sé que no es el momento para darle alas a un pichón que quiere dejar el nido, sin embargo cuando el demonio se arroja hacia él, tan despiadado todo se vuelve tan obscuro y triste, toda la furia acumulada pugna por salir y no siempre de la mejor manera.
Así llega el tiempo de tomar nuevas desiciones. De dejar que el Ícaro se transforme en lo que él decida, de darle tiempo para madurar, de impedirle que sea bonsai y comience a alzarse hacia el cielo. O por el contrario, de soltarle y que él se enfrente a un mundo diferente que puede acabar con él.
El camino es tortuoso, una etapa más, un peldaño más, donde lo que está en juego es una vida.




Generalmente cuando las cosas se ponen demasiado pesadas suelo pensar en Ícaro. Sé que no puedo soltarlo, ni darle las alas, sólo puedo enseñarle a volar.
Recuerda que Dédalo hizo las mejores alas de plumas de águila y cera de abeja de esa época, pero no contaba con la necedad de su crío. Dédalo es inocente de la muerte de Ícaro, pero es culpable de no haberlo educado adecuadamente.
Sé que tu no puedes cometer semejante error.