Publicado en Cuenterías

I. Presentación


Una vez escuché hablar de él. Me dijeron que  lo reconocería por que en su tarjeta, con letras pequeñitas decía: Advocatus Diaboli.

No les creí, supuse que eran tan sólo fábulas, historias urbanas.

Me senté en la banca justo bajo el árbol aquel, intentando concentrarme un poco en alguna lectura. No lo sé a ciencia cierta, pero ese día las letras me bailaban frente a los ojos, se resbalaban sobre las hojas y quedaban impregnandome las yemas de los dedos.

Entonces, fue cuando noté sobre el borde del asiento un papelillo apenas sobresaliendo junto al descansabrazos, lo tomé con curiosidad y apenas alcancé a leer las letras impresas cuando un frío de espanto me congeló el alma.

Con una letra cursiva en trazos muy finos resaltaba la frase conjuro.

Un chillido atravesó mis oídos, el corazón parecía acelerárseme como una locomotora. Había caído presa en un instante, en el cual un polvillo violeta se esparció sobre mi mano y acabó dejándome en un estado de vacía confusión.

No fue el mundo el mismo sitio, tampoco el instante en el que se abrió esa franja sobre el suelo y caí en un abismo que parecía no tener fin. Tampoco las hojas de un otoño incipiente.

Fueron sus ojos, esos ojos brillantes, feroces, felinos, observando curiosos mi parálisis. No había rostro, sólo esa mirada penetrante que me helaba hasta los huesos, que parecía fracturar mis convicciones hasta los cimientos.

El aire apenas alcanzaba a entrar a mis pulmones, el ambiente estaba saturado de nada. Obscuridad y pesadez, silencios y lamentos. Mi mano izquierda laxa y el conjuro impreso ya no sólo en un papel, si no en la palma de mi mano, cuya tinta sangre comenzó a filtrarse por mis venas. El abrazante calor que comenzó a consumirme sin piedad.

La rabia sólo mitigaban un instante el estado crítico en el que me encontraba. Alcanzaba a sentirlo tan cerca, oculto entre las sombras. ¿Qué esperaba? Tal vez quería que le pidiera piedad, pero no, eso iba en contra de lo que soy. También le buscaba, furiosa, vigilante aún desde mi posición vulnerable.

Así fue como inicié con el canto de luz, que fue haciéndose cada vez más intenso ganándole terreno a las sombras. No era la primera vez que nos encontrábamos, pero esta vez él tenía una estrategia diferente. También yo.

II. Antesala

III. Inferno

IV. Puertas

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Autor:

Las bibliotecas son crisoles de conocimiento, tengo la fortuna de trabajar en una de ellas.

Platícame que piensas de lo que escribo.

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