Publicado en Cuenterías

III. Inferno


La última vez que nos vimos me enseñó el mapa, algunos lo consideraban únicamente como una obra literaria.

Sonrió, con esa malicia disimulada cuando usaba su forma humana. No en vano había sido convocado por los mortales de tantas maneras, era el señor del averno, el amo del inframundo y adoptaba formas diferentes según sus necesidades.

Su séquito era enorme así que no tenía prisa por distraerse escogiendo de vez en cuando a sus presas.

Aquella vez descendí al quinto infierno, quizás la propuesta de Dante era la que más le agradaba, aún cuando también mutaba del Niffheim al Tártaro.

Por eso no comprendía como había llegado de nuevo ahí. No había percibido el descenso, tan sólo recordaba el ardor en la mano y el dolor sobre mi pecho, también los nombres que llegaron de muy lejos, mezclados con el sonido de un viento que ululaba terrible.

Por un instante sentí un frío terrible que paralizaba, mientras entraba en un estado de sopor adolorido. Una serie de imágenes confusas atravesaban mi mente. Recordé entonces esa imagen, como si apenas segundos antes me la hubiera mostrado.

Fuente de imagen: Ubi suntalicante

Hasta ese momento no me percaté de su presencia, era una combinación que me helaba la piel pero hervía en mi sangre. El corazón latía incontrolable dentro de mi pecho, los pulmones luchaban por llenarse pero la parálisis se los impedía.

Sentí un aliento caliente en mi nuca y un olor fétido hirió mi naríz. Entonces, desde alguna parte primitiva adentro de mi cabeza escuché que me llamaban, con tantos nombres sucesivos a la vez extraños pero familiares.

Comprendí que el momento de encontrarnos había llegado. Haciendo un acopio de las pocas fuerzas que aún me quedaban, comencé a concentrarme en bloquear cualquier palabra que no fuera mía. Ya había hecho los trazos correctos hacía tiempo.

¿Tiempo? Vaya que concepto tan inútil en esos momentos, había descendido de nuevo a su reino, mi cabeza parecía un panal en el cual innumerables voces zumbaban atormentándome. Aún tenía suficientes esperanzas de las cuales asirme, para saber que no sería mi fin.

El descenso al infierno invariablemente es doloroso.

I. Presentación

II. Antesala

IV. Puertas

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Autor:

Las bibliotecas son crisoles de conocimiento, tengo la fortuna de trabajar en una de ellas.

Platícame que piensas de lo que escribo.

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