Publicado en Ars

La hojarasca


Fuente de imagen: Fotos brujas

Hace muchos años, tantos que ya no recuerdo, encontré entre los libros de mi padre 100 años de Soledad, de García Márquez. Ese título abrió mi panorama hacia mundos fantásticos plagados de seres imaginarios, míticos, fantásticos y a la vez reales.

Hace un par de semanas vuelvo a toparme con el libro, pero una edición conmemorativa editada por la Real Academia Española. En ésta, Álvaro Mutis, Carlos Fuentes, Vargas Llosa, entre otros hacen análisis maravillosos de la obra. Especialmente Vargas Llosa, quien en su análisis va conectando varios de los textos de este autor. Entre ellos, recurre con frecuencia a la Hojarasca. Así que aquí está un fragmento de este pequeño libro que he releído y he disfrutado desde una nueva perspectiva:

Márquez, G. (1985) La hojarasca. España: Ediciones Orbis S.A.

De pronto, como si un remolino hubiera echado raíces en el centro del pueblo, llegó la compañía bananera perseguida por la hojarasca. Era una hojarasca revuelta, alborotada, formada por los desperdicios humanos y materiales de los otros pueblos; rastrojos de una guerra civil que cada vez parecía más remota e inverosímil. La hojarasca era implacable. Todo lo contaminaba de su  revuelto olor multitudinario, olor de secreción a flor de piel y de recóndita muerte. En menos de un año arrojó sobre el pueblo los escombros de numerosas catástrofes anteriores a ella misma, esparció en las calles su cofusa carga de desperdicios. Y esos desperdicios, precipitadamente, al compás atolondrado e imprevisto de la tormenta, se iban seleccionando, individualizándose, hasta convertir lo que fue un callerón con un río en un extremo y un corral para los muertos en el otro, en un pueblo diferente y complicado, hecho con los desperdicios de los otros pueblos.

Ahí vinieron confundidos con la hojarasca humana, arrastrados por su impetuosa fuerza, los desperdicios de los almacenes, de los hospitales, de los salones de diversión, de las plantas eléctricas; desperdicios de mujeres solas y de hombres que amarraban la mula en un horcón del hotel, trayendo como un único equipaje un baúl de madera o un atadillo de ropa, y a los pocos meses tenían casa propia, dos concubinas y el título militar que les quedaron debiendo por haber llegado tarde a la guerra.

Hasta los desperdicios del amor triste de las ciudades nos legaron en la hojarasca y construyeron pequeñas casas de madera, e hicieron primero un rincón donde medio catre era el sombrío hogar para una noche, y después una ruidosa calle clandestina y después todo un pueblo de tolerancia dentro del pueblo.

En medio de aquel ventisquero, de aquella tempestad de caras desconocidas, de toldos en la vía pública, de hombres cambiándose de ropa en al calle, de mujeres sentadas en los baúles con los paraguas abiertos, y de mulas y mulas abandonadas, muriéndose de hambre en la cuadra del hotel, los primeros éramos los últimos; nosotros éramos los forasteros; los advenedizos.

Después de la guerra, cuando vinimos a Macondo y apreciamos la calidad de su suelo, sabíamos que la hojarasca había de venir alguna vez, pero no contábamos con su ímpetu. Así que cuando sentimos llegar la avalancha lo único que pudimos hacer fue poner el plato con el tenedor  y el cuchillo detrás de la puerta y  sentarnos pacientemente a esperar que nos conocieran los recién llegados. Entonces pitó el tren por primera vez. La hojarasca volteó y salió a recibirlo y con la vuelta perdió el impulso, pero logró unidad y solidez; y sufrió el natural proceso de fermentación y se incorporó a los gérmenes de la tierra

(Macondo, 1909)

Así la hojarasca se convierte en toda esa muchedumbre caótica que transforma y también que despoja. En la oleada de unos personajes deshechos, adoloridos, despojados, colectivos, carentes de personalidad individual, un hato de seres abigarrados, ajenos y apropiados, extraños que irrumpen en una pequeña y hermética comunidad que a partir del arribo de la hojarasca, nunca vuelve a ser igual.

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Autor:

Las bibliotecas son crisoles de conocimiento, tengo la fortuna de trabajar en una de ellas.

Platícame que piensas de lo que escribo.

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