Publicado en Mundo faerico, Reflexiones de la Palomilla, Tita

De mi tierra


Fuente de imagen: Vista gratis

Era esa taza de café, puede que también el sonido y el olor de la tierra mojada por la lluvia, no sé a ciencia cierta cuál fue el motivo, pero sigues aquí abuelo, como aquella vez que te asomaste por el vano de la puerta para advertirme algo, a pesar de que hacía años que te habías ido. Fue algo que quisiera que supieras ahora, porque los años pasan y las cosas cambian, también nosotros cambiamos abuelo, muchos de los tuyos se han ido contigo, seguro todos tendrán ya nuevas cosas que hacer, pero espero que de vez en cuando se den una asomada por esta tierra que nos se nos ha venido entristeciendo.

La soledad, el abandono y los años nos arrancaron la tierra, abuelo. Se nos olvidaron los sonidos del surco abriendo las fauces para recibir la semilla, las manos sucias de tierra y de abono. El mugir de las vacas con la leche chorreando de las ubres y el becerro gimiendo, renuente a que lo destetaran para robarle el alimento que luego Tita ponía a hervir hasta hacer nata.

El parir de los animales, tu preocupación cuando las hembras estaban “a punto” y la pizca en la labor, donde era más lo que jugábamos que lo que lograbamos sacar de las plantas de chile, tomate, frijol o maíz.

Nos quisieron arrebatar los recuerdos, abuelo. Pero bien sabes que yo me acuerdo de tu voz ronca, del cigarro encendido, del sabor del café prohibido que me dabas a escondidas. Aunque debo confesar con vergüenza que se nos olvidó cómo ensillar el caballo y también  alimentar a los cóconos y las gallinas, cómo ir a las porquerizas y llegar hasta la acequia por el patio trasero.

Hasta acá alcanzo a escuchar el sonido que hace tu casa tras las aldabas. La vista de las mesas que se veían desde el comedor, el olor a mandarinas, el crujir de las paredes. ¿Qué ha quedado abuelo? Nos quedamos muy lejos de la cerca de piedra, de los álamos, del arroyo y las garzas blancas.

Mudamos de risas, de caminos, de juegos. Se nos acabaron las galletas glaseadas amarillas y rosas, la bendición del tio Jorge que tenía el carácter jocoso y prohibitivo que lo caracterizaba, las caminatas entre el polvo y la pelusa irritante de las grandes bateas de duraznos.

También se nos quedaron guardadas tus novelas de vaqueros y el uniforme de Rural, los huaraches de correa y llanta, la caricia terna de tus manos ásperas y hasta el regaño certero que nos dabas. Las cuartas colgadas en la puerta y las mazorcas secándose al sol. Nos dispersamos abuelo y extraviamos las noches cubiertos de luciérnagas y estrellas, el paso de los murciélagos y el croar de las ranas en la acequia. Nos perdimos entre el adobe, limpiamos el barro de nuestros pies, nos diluimos en el sonido de la tormenta que nos recordaba la fragilidad del mundo, mientras nos asustaba el sonido atronador de los rayos y el haz de luz que nos sorprendía rasgando el cielo.

¡Cómo olvidar el nido de colibrí en la punta de la rama! Cuyos huevos depositados en el fondo parecían pequeños dulcecillos. Nos enseñaste paciente a alejarnos, a observar el aleteo de los colibríes que iban diariamente a incubarlos. También nos enseñaste que la muerte es algo natural, que no había crimen en sacrificar al ganado con dignidad, a no hacerlos sufrir y a no sentir culpa por probar su carne, secar y curtir su piel.

Un día amaneciste entre la niebla, te pusieron en un cajón y te iluminaron con cirios. ¡Despacio que llevo prisa! Repetía mi madre entre lágrimas esa frase tan tuya en tu funeral. No era cierto, ese día se te acabó la prisa y desde donde te dejamos descansando se veía todo el valle y el río que tantas veces cruzamos. Olvidé la fecha en ese instante, pero empecé entonces a guardar tus recuerdos y tu camisa roja de franela que rescaté y use hasta hacerla jirones.

Es que la ciudad todo lo engulle, menos esta sangre mezclada con la tuya que corre por mis venas.

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  1. Viaje a mi pasado
  2. Recuerdos
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  18. Las cosas que me fascinan de Tita
  19. De vuelta al todo
  20. Días para Tita
  21. Vuelvo de Jauja
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Autor:

Las bibliotecas son crisoles de conocimiento, tengo la fortuna de trabajar en una de ellas.

Platícame que piensas de lo que escribo.

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