Publicado en El dragón y el Duende, Hada imagina, Mundo faerico

Aprender a volar


De nuevo el viento, pero esta vez se llenó de colores.

A pesar de todos estos aparatejos tecnológicos, de las pantallas y los dispositivos móviles, de los enajenantes y diminutos teclados. Aún existen cosas que nos resultan atractivas, aunque simples.

La tarde cálida había estado un poco alejada, pero el sabor de un almuerzo a deshoras, propició que nuestros pasos nos llevaran a otros sitios. Así que tomando rumbo, nos encontramos ahí en donde el aire logra hacer de las suyas.

En el cielo, se alcanzaban a ver infinidad de papalotes, de muchos colores. Algunos ondeaban, otros caían en picada. Así que los faes no tardaron en desenredar el sedal y comenzar a desarrollar sus propias habilidades y trucos para mantener ese artefacto en el aire.

Los papalotes ascendían y descendían en una linda danza, mientras desde lo alto se alcanzaban a ver algunas partes de la ciudad. El clima, favorable, nos abrazaba. Todo en esa armonía que no siempre es posible lograr.

Esos pequeños detalles que se quedan grabados para siempre en la mente. Las risas, los giros, las estrategias para lograr mantener lo más posible en el aire cada uno de los papalotes y evitar que el sedal se rompiera.

Pareciera que en esos momentos el tiempo se detiene y se captura una fotografía perfecta, de eso que nos mantiene a flote, aún cuando la tormenta se vea amenazadora.

Quizás Hada lo sabía desde antes, por eso insistió tanto en que fueramos, ella sabe que eso es importante.

Contemplamos la ciudad, esa que nos mostró unas incipientes calideces, a pesar de lo simple. La simulación de profundidad del pozo, la copa giratoria, las luces del micro carrusel de pequeñas laminitas blanquinegras,  la tinta mágica, el efecto plasma y la combustión que provocó una exlamación de sorpresa.

En algunas semanas llegará el calor, eso parecía decir el viento, el movimiento de las personas que iban de un lado al otro disfrutando de la experiencia de pasear tranquilamente.

Ahí, nos quedamos largo rato, jugando a dejarnos llevar con el viento, con un nuevo sentido, mientras la música nos envolvía y allá, a lo lejos en el templete, se veían los coloridos vestuarios y las coreografías que nos hicieron regresar tarareando, para acabar la tarde con esas sonrisas que sólo nos pueden dejar algunos días, que indudablemente quedarán grabados en mi memoria.

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Autor:

Las bibliotecas son crisoles de conocimiento, tengo la fortuna de trabajar en una de ellas.

Platícame que piensas de lo que escribo.

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