Publicado en Bibliotecaria, Reflexiones de la Palomilla

Pesquizas y encuentros


“La tierra era la encarnación de la Gran Madre, ofrecida a sus hijos para que todos la usaran”

Auel, J.

Hablemos de prehistoria, Jean M Auel nos planteó esa posibilidad a través de su hermosa y fascinante mezcla de estudios científicos redactados en forma de novela. Tal como lo han hecho otros autores como Sciliato en el caso de Calígula.

Los 6 libros que componen la serie “Los hijos de la tierra” son una compilación de datos, detalles y ambientaciones literarias que nos transportan a los albores de la humanidad. Unos 35 mil años atrás, donde se muestra una sorprendente  descripción de la  herbolaria ritual y sobre el origen del Culto a la Gran Madre.

Mi encuentro con ellos, hace ya más de una década, fue a raíz de las inquietudes sobre el género que tengo en este cuerpo humano, si bien, me considero no apta para muchos roles que se nos asignaron socialmente, esta búsqueda de respuestas me llevó directamente a encontrarme con este choque cultural entre un grupo de Neandertales y los Cro Magnon.

No sólo encontré las pistas que me permitieron deducir en qué momento se suprimió el culto a la Diosa e inició el culto al Dios, sino una abundante experiencia no sólo literaria.

En estos libros podemos reconstruir hasta los procesos de curtido de pieles, de cocción, deshidratación y almacenamiento de alimentos, las rutas de traslado de una región a otra, hasta sus creencias y cultos religiosos. Además de los roles de supervivencia en los que en las sociedades prehistóricas favorecían el trabajo en equipo tanto de hombres como mujeres.

Su lectura es un hermoso viaje, cuya protagonista Ayla, no sólo se vuelve la curandera de su clan, sino una incesante investigadora de su especie: los cromagnon y nos transporta hasta la médula de nuestra propia historia. Creo que toda mujer debería alguna vez en su vida leerla.

“En nombre de la Gran Madre Tierra, Doni. Yo te saludo”…

El clan del oso cavernario, 1980

El valle de los caballos, 1982

Los cazadores de mamuts, 1985

Las llanuras de tránsito, 1990

Los refugios de piedra, 2002

La tierra de las cuevas pintadas, 2011

Aquí transcribo el Canto a la Madre, del libro “La tierra de las cuevas pintadas”:

En el caos del tiempo, en la oscuridad tenebrosa,

el torbellino dio a luz a la Madre gloriosa.

Despertó ya consciente del gran valor de la vida,

el oscuro vacío era para la Gran Madre una herida.

La madre sola se sentía. A nadie tenía.

Al otro creó del polvo que al nacer traía consigo,

un hermano, compañero, pálido y resplandeciente amigo.

Juntos crecieron, aprendieron qué era amor y consideración,

y cuando Ella estuvo a punto, decidieron confirmar su unión.

Él la rondó expectante. Su pálido y luminoso amante.

El oscuro vacío y la tierra yerma y vasta

aguardaron el nacimiento con ánimo entusiasta.

La vida desgarró su piel, bebió la sangre de sus venas,

respiró por sus huesos y redujo sus rocas a blancas arenas.

La Madre alumbraba. Otro alentaba.

Al romper aguas, éstas llenaron mares y ríos,

anegándolo todo, creando así árboles y plantíos.

De cada preciosa gota, hojas y tallos brotaron,

verdes y exuberantes plantas la Tierra renovaron.

Sus aguas fluían. Nueva vegetación crecía

En violento parto, vomitando fuego a borbotones,

dio a luz una nueva vida entre dolorosas contracciones.

Su sangre seca se tornó en limo ocre, y llegó el radiante hijo.

El supremo esfuerzo valió la pena, ya todo era gran regocijo.

El niño resplandecía. La madre no cabía en sí de alegría.

Se alzaron las montañas, de cuyas crestas brotaban llamas,

y Ella a su hijo alimentaba con sus colosales mamas.

Chispas saltaban al chupar el niño, tal era su anhelo,

y la tibia leche de la Madre trazó un camino en el cielo.

Una vida se iniciaba. A su hijo amamantaba.

El niño reía y jugaba, y así se desarrollaban su cuerpo y su mente.

Para gozo de la Madre, las tinieblas disipaban con su luz refulgente.

Su mente y su fuerza crecían, recibiendo de Ella cariño,

pero pronto aquel hijo maduró, pronto dejó de ser niño.

Atrás quedaba la edad de la inocencia. Quería independencia.

A la fuente de Ella recurrió cuando a una vida dio nacimiento.

Ahora el vacío y gélido caos atraía al hijo con embaucamiento.

La Madre daba amor, pero el joven tenía otras ambiciones,

buscaba conocimientos, aventuras, viajes, emociones.

Para Ella el vacío era abominable. A él le parecía deseable.

Se marchó de su lado cuando la Gran Madre dormía,

mientras fuera se arremolinaba la oscuridad vacía.

Por todos los medios, las tinieblas procuraron al hijo tentar,

y él, fascinado por el gran torbellino, se dejó cautivar.

A su hijo arrebataba. Al joven que tanto brillaba.

El hijo de la Madre, en un primer momento alborozado,

pronto se afligió en aquel vacío glacial y desolado.

Su incauto vástago, corroído por su conciencia quejosa,

no pudo escapara a aquella fuerza misteriosa.

Estaba en un grave aprieto. El caos lo tenía bien sujeto.

Pero en el preciso instante en que lo engullía la oscuridad,

la Madre despertó, tendió la mano y lo sostuvo con  tenacidad.

Buscando quien la ayudara a recobrar a su hijo radiante,

la Madre acudió al pálido y luminoso amigo, antes su amante.

La Madre lo agarró fuerte. Perderlo habría sido la muerte.

Dándolo todo, su magnífico amigo luchó con bravura,

el combate era enconado, la contienda penosa y dura.

Al cerrar su gran ojo, abandonó por un instante la cautela,

y la oscuridad robó la luz de su cielo en una triquiñuela.

Su pálido amigo desfallecía. Su luz se extinguía.

En la oscuridad absoluta, la Madre despertó con un grito.

El tenebroso vacío se había propagado por el espacio infinito.

Ella se sumó a la pugna, organizó con rapidez la defensa,

y a su amigo liberó de aquella sombra tétrica y densa.

Pero a su hijo perdió de vista. La noche borró toda pista.

Pero las inhóspitas tinieblas ansiaban su vivo y radiante calor.

La Madre firme se mantuvo en su defensa y resistió con vigor.

El torbellino tiró con violencia, negándose a soltar su presa,

y Ella luchó de tú a tú contra la oscuridad arremolinada y aviesa.

De las tinieblas se protegió. Pero su hijo otra vez se alejó.

Cuando la madre combatía al torbellino y al caos hacía  huir,

la luz de su hijo con instensidad veía nuevamente refulgir.

Cuando Ella flaqueaba, el inhóspito vacío volvía a la carga,

y la oscuridad retornaba al final de una jornada ardua y larga.

De su hijo sentía el calor. Mas aún no había vencedor.

En el corazón de la Madre anidaba una inmensa pena,

su hijo y Ella por siempre separados, ésa era la condena.

Suspiraba por el niño que en otro tiempo fuera su centro,

y una vez más recurrió a la fuerza vital que llevaba dentro.

No podía darse por vencida. Su hijo era su vida.

Partió en dos las rocas con un atronador rugido,

y en sus profundidades, en el lubar más escondido

nuevamente se abrió la honda y gran cicatriz,

y los Hijos de la Tierra surgieron de su matriz.

La madre sufría, pero más hijos nacían.

Todos los hijos eran distintos, unos terrestres, otros voladores,

unos grandes y otros pequeños, unos reptantes y otros nadadores.

Pero cada forma era perfecta, cada espíritu acabado,

cada uno era un modelo digno de ser copiado.

La Madre era afanosa. La Tierra cada vez más populosa.

Todos, aves, peces y animales, eran su descendencia,

y esta vez la Madre nunca habría de padecer su ausencia.

Cada especie viviría cerca de su lugar originario,

y compariría con los demás aquel vasto escenario.

Con la Madre permanecerían; de Ella no se alejarían.

Aunque todos eran sus hijos y la colmaban de satisfacción,

consumían la fuerza vital que hacía latir su corazón.

Pero aún le quedaba suficiente para una génesis postrera,

su hijo que supiera y recordara quién la Suma Hacedora era.

Un hijo  que la respetaría y a protegerla aprendería.

La Primera Mujer nació ya totalmente desarrollada y viva,

y recibió los dones que necesitaba, esa era su prerrogativa.

La Vida era el primer don, y como la Madre naciente,

al despertar del gran valor de la vida era ya consciente.

La primera en salir de la horma, las demás tendrían su forma.

Vino luego el don de la percepción, del aprendizaje,

el deseo de saber, el don del discernimiento, un amplio bagaje.

La primera Mujer llevaba el conocimiento en su interior,

que la ayudaría a vivir y transmitiría a su sucesor.

Sabría la primera mujer cómo aprender, cómo crecer.

Con la fuerza vital casi extinta, la Madre se consumía,

transmitir el espíritu de la vida, sólo eso pretendía.

A sus hijos confirió la facultad de crear una nueva vida,

y también la Mujer con esa posibilidad fue bendecida.

Pero la mujer sola se sentía; a nadie tenía.

La Madre recordó la experiencia de su propia soledad,

el amor de su amigo y su caricia llena de inseguridad.

Con la última chispa que le quedaba, el parto empezó,

para compartir la vida con la Mujer, al primer Hombre creó.

De nuevo alumbraba; otro más alentaba.

A la Mujer y el Hombre había deseado engendrar,

y el mundo entero les obsequió a modo de hogar,

tanto el mar como la tierra, toda su Creación.

Explotar los recursos con prudencia era su obligación.

De su hogar debían hacer uso, sin caer en el abuso.

A los Hijos de la Tierra concedió

los dones precisos para sobrevivir, y luego decidió

otorgarles la alegría de compartir y el don del placer,

por el cual se honra a la Madre con el goce de yacer.

Los dones aprendidos estarán cuando a la Madre honrarán.

La Madre quedó satisfecha de la pareja que había creado.

Les enseñó a amarse y respetarse en el hogar formado,

y a desear y buscar siempre su mutua compañía,

sin olvidar que el don del placer de la Madre provenía.

Antes de su último estertor, sus hijos conocían ya el amor.

Tras a los hijos su bendición dar, la Madre pudo reposar.

Anunciar que el hombre participa, ese fue su último don:

para iniciarse la nueva vida, él debe hallar satisfacción.

La Madre se siente honrada cuando a la pareja ve yacer,

por que la mujer concibe cuando ambos comparten el placer .

Con los Hijos ya bendecidos, la Madre goza de un descanso merecido.

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Autor:

Las bibliotecas son crisoles de conocimiento, tengo la fortuna de trabajar en una de ellas.

Platícame que piensas de lo que escribo.

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