Publicado en Reflexiones de la Palomilla, Tita

Mater


“Pienso en las noches de las mujeres: que gran injusticia son las noches de las mujeres, las únicas del hogar cuyos ojos son permanentes lámparas encendidas, oídos escrutadores, atentos al acontecer de las tinieblas”

 Serrano,  M.

mardi grass

Provengo de dos matriarcados, de hermosas mujeres que curan, que aman, que perdonan, que alimentan.

Crecí  rodeada del aroma de la comida, de las eternas letanías por corregir a todos los chiquillos que nos hacíamos bolas en el comedor. Siempre entre el campo y la ciudad, pero en esencia iguales.

Las casas de las abuelas, siempre llenas de gente, el rito tradicional de la preparación de alimentos, del mantel, de los platos y cubiertos.

Algunas de esas mujeres eran aparentemente más frías y directas, otras en cambio regañaban con una dulzura que podía al instante hacernos sentir culpables.

Por fortuna seguimos compartiendo el pan y la sal, perpetuando ese agrado por reunirnos alrededor de una mesa abundante no sólo en alimentos, sino en risas, pláticas y recuerdos.

Algunas de ellas se han ido, otras están en espera de aumentar la familia, todas marcadas con la sabiduría que venimos cargando por generaciones, sagrados lazos que nos van uniendo y de los que no pocos son beneficiados.

Mis abuelas siempre tuvieron la magia para alimentar no sólo a su prole, sino a todos aquellos invitados que llegaban de una u otra manera.

Papala y Tita, ambas con caracteres opuestos y a la vez tan similares. Tita con sus ojos grises y sus pensamientos volátiles aún hoy sigue siendo el centro de todo el amor que ha cosechado luego de la siembra de varias generaciones, abundante hasta para reír de las gracias y travesuras de sus bisnietos.

Papala se despidió hace poco de nosotros, pero aquí sigue, en nuestros recuerdos, quizás más viva y aún pendiente de las peripecias que nos aquejan.

Ambas pilares, ambas llenas de tanto amor que no les bastó, ni les basta para los más cercanos, sino que supieron alimentar a todo aquel que se les acercara.

Hablar de ese clan es hablar de vida, de tierra, de olor a comida, de preparaciones colectivas, de celebración a todo acontecimiento que vamos bordando en ese hermoso mantel que cubre nuestras vidas.

De ahí a mis tías, hermanas, primas, sobrinas, las que ahora son madres, las que pronto lo serán, las que decidan no serlo.  A final de cuentas todas partimos del mismo útero que se fue replicando en dolor y sangre y que fecundó nuestras existencias siempre unidas, siempre enlazadas, siempre abundantes, siempre conciliadoras. Curanderas todas con amor, consejo y alimentos para el cuerpo y el alma.

Soy una mujer de ese clan y estoy orgullosa de serlo. Soy demasiado afortunada y aún tengo tiempo para continuar hilando esa historia… Algún día, quizás Hada también quiera escribir un poco de las mujeres del clan al que pertenece. Nuestro clan.

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Autor:

Las bibliotecas son crisoles de conocimiento, tengo la fortuna de trabajar en una de ellas.

Platícame que piensas de lo que escribo.

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