Publicado en Cuenterías

Noche de la ruptura de un ídolo de barro


“Hay un modo en que me hagas completamente feliz amor mío: muérete.”

Sabines, J

tears

Y esa noche con una expresión sarcástica dijo: “No tienes idea de lo que son capaces de hacer las mujeres por mantener un hombre a su lado. ¡Son como perros!

Ahí fue cuando ella descubrió al monstruo que se había comido a ese ser y lo había despojado de su capacidad de ser feliz.

Pero nada había empezado así, sino como todas las historias suceden. Un él y ella, engatuzados por el concepto idílico de eso llamado amor.

No había nada que decir, tan sólo ese embaucamiento habilidoso, palabras y palabras enredándose como telaraña en su cabeza. Promesas que fueron ecos lejanos.

Pudiera decirse, que era perfecta la manera en la que ella se reflejaba en los ojos de él, en el modo de hablarle y rendirle pleitesía, en la entrega que mostraba en cada acción.

Llegó la noche, una de tantas, en las que ella esperaba su regreso, se dio cuenta de que el ambiente se tornaba más pesado, quizás sería el cansancio, el sentir ese aliento cargado de alcohol, que antes no parecía molestarle.

No lo supo en ese momento, pero se fueron acumulando detalles, olvidos, silencios, hasta que las omisiones le hicieron toparse de frente con la realidad.

Ahí estuvo grabado el instante preciso en que el nudo de la venda corrió y dejó en libertad la vista. Nunca hubo reciprocidad, no era amor, quizás un poco el disfraz de convivencia, ese sospecha enajenante de las llamadas recurrentes, ese control de sus pasos en cada momento, ese seguimiento absurdo de los movimientos, el reproche por algún hecho aislado.

Esperó su llegada, con la esperanza de estar equivocada. Entonces de un sólo golpe, lanzó certera la primera pregunta. Por respuesta obtuvo un simple: No me sirves para nada, sin mí no eres nada. Gracias a mí, eres lo que eres, así que tienes que seguir conmigo, de lo contrario no hay nada para ti.  Entiéndelo, que te quede bien claro que eres nada.

Al finalizar la última frase, se escuchó un breve crujido, como si algo se fuera resquebrajando. Efectivamente, todo era de barro, su existencia juntos fue barro, un recipiente vacío, un odre estéril.

Él, con una expresión de susto en el rostro, no podía creer que su piel se fuera ajando, sintió como si lo drenaran por dentro, escuchaba el constante crujido interno, sus palabras se volcaban sobre él y resonaban en sus oídos, primero en un susurro, para ir haciéndose cada vez más fuerte: “Eres nada, eres nada…

No lograba entender que el poder de las palabras era muy grande, que se volvían contra él, borrandolo, convirtiéndolo en el mismo polvo sobre el que intentó sostener sus mentiras.

Un vendaval, golpeó fuertemente las ventanas, haciendo añicos no sólo los vidrios, sino dejando paso a una ira incontrolable que se desparramó por todo el lugar incendiando primero las cortinas, luego los muebles, la casa entera.

Ella comenzó a llorar incontrolablemente, sofocando las llamas, logrando contener esa ira que intentaba consumirla, aglutinando ceniza y polvo.

Es que una vez que la venda cae, es imposible seguir sosteniendo ídolos de barro. No hay nada que pueda llenar ese hueco, no se puede reconstruir algo que se ha resquebrajado.

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Autor:

Las bibliotecas son crisoles de conocimiento, tengo la fortuna de trabajar en una de ellas.

Platícame que piensas de lo que escribo.

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