Publicado en Reflexiones de la Palomilla

Sombras y confesiones tortuosas.


Lo bueno de las letras es que te permiten mandar todo al carajo sin lastimar a nadie,  más que al lector ahogado en un mar de solitario martirio.

Afuera, el mundo vive, la gente respira, conversa, ríe, canta, besa, es adulto. Aquí mundos artificiales, placebos de existencia. Vómito de conejitos que roen los recovecos cerebrales. Todo artificio, todo un escenario con un solo actor en un aburrido soliloquio de autoconvencimiento.

¿Tómalo con mejor actitud? ¡Bah!

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Esta noche, no quiero que mi cabeza caiga en el espanto, que estalle de una vez por todas, arrojando la pasta sanguinolenta en la que hierven mis ideas.

Los demonios se desatan, dando dentelladas y zarpazos a los jirones de cordura que aún quedan. La piel abierta no es más que un recordatorio de lo vivido, arde más profundo.

De esa forma, el placebo no funciona y quiere desesperadamente ir a cobrar las deudas con el código del Talión. Intentas autoconvencerte de que hay que tener paciencia, que no es momento. Quieres de nuevo caer en el letargo para evitar que duela. No es fácil volver a cerrar la caja de Pandora.

Así cada lágrima vertida por los hijos, cada noche en vela con el terror, cada pesadilla hecha realidad, cada vuelta al juzgado, cada mensaje ofensivo, cada amenaza, cada burla, cada humillación,  amerita ser cobrada.

Son esas heridas profundas que no cierran, cuando sabes que la ley de los hombres no es sinónimo de justicia y la ley divina se anuncia como un sermón meramente utópico y religioso.

¿Tómalo con calma?

“Las mujeres en tu condición”

“Dios aprieta pero no ahorca”

¡Sandeces! Qué saben los que no han descendido al infierno, los que no se han enfrentado cara a cara con el demonio que te mira con una burla infinita creyéndose intocable, incólumne, perfecto.

Uno mete la cabeza en las letras, intentando mitigar ese crujido que ruge cada vez más fuerte y que aclama por justicia. Toma los trozos esparcidos de la existencia e intenta darles algo de cordura. Pero desde el fondo del ser se  maldice  cada asunto pendiente.

Afuera, la vida palpita, aquí, las paredes oscuras engullen, destazan, comprimen, haciendo que las palabras sean la única vía de salvación. Temporal, planeada, cuidada hasta el último punto.

Pero dentro, quiere volver a tomar la espada, vestir la armadura, sentir el olor del combate y desenmascarar de nuevo al ídolo de barro. Vacío, vuelto fragmentos que de ninguna forma pueden volver a pegarse.

Lo que resta de purgarse una vez que se han agotado los otros lienzos, queda salpicado aquí. Un grito sofocado, un violento rescoldo estertoreo, irracional, producto del más primitivo sentir: la ira.

La noche, esa maldición que late, artificio mortal. Artemisa se burla sin piedad de aquellas como yo. Estúpidas! Murmura con desprecio.

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Autor:

Las bibliotecas son crisoles de conocimiento, tengo la fortuna de trabajar en una de ellas.

Platícame que piensas de lo que escribo.

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