Publicado en Cuenterías

Colibrí


morfeoFuente de imagen: El taller flotante

Era, sólo eso era, un pedazo frío de humanidad, una sonrisa hueca, una mirada torva.

El viento no alcanzaba a tocar su rostro, transformado en una máscara de gesto cansino y severo.

Asustaba, aún más cuando lanzaba imprecaciones como una permanente letanía, a diestra y siniestra, sin que le importase hacia quién iban dirigidas.

Una tarde, el calor abrasaba el mundo, el asfalto hervía, el aire entraba inmisericorde en los pulmones causando sofocos permanentes.

Él, con su máscara firmemente pegada al rostro, sentado en la acera, inmutable, sintió algo húmedo que se escurría sobre los restos de su piel reseca.

El cielo despejado confirmaba la terrible sequía, una picazón lo incomodaba pero no quería moverse de su sitio.

Pensó que era el sudor que siempre lo hacía sentirse fastidiado.

Tampoco era eso. Entonces sintió de nuevo la humedad, desconcertado intentó descubrir de dónde provenía.

Conocía suficientemente el tacto áspero de su  rostro adusto, pero era la máscara que llevaba a cuestas, la que iba escurriendo un líquido transparente que comenzó a chorrearle por las mejillas secas y acababa resbalando por su cuello.

Escuchó luego un crujir, primero leve, luego más intenso, que hacía surcos abriéndose paso hasta la piel, recordándole que ahí dentro aún había algo palpitante.

Ese invierno  interno, inexplicablemente había acabado, mientras el sol seguía abrasando.

En cambio, la máscara, esa que le sirvió también de armadura y que tan bien le ajustaba, se despegó a fuerza de lágrimas y cayó al suelo hecha añicos.

Lágrimas, esas sometidas al olvido.

Él quedó atónito.

Temblando, acercó lentamente sus manos al rostro y por primera vez en mucho tiempo, sintió su piel, recorrió sus facciones y recuperó parcialmente la tibieza en las mejillas.

Frente a él, un jardín en el que crecían algunos alcatraces en primorosas macetas y el colibrí. El mismo colibrí agitado que  se le había escapado hacía años del centro del pecho, ahora volvía para reconstruir los restos de nido que siempre le habían pertenecido.

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Autor:

Las bibliotecas son crisoles de conocimiento, tengo la fortuna de trabajar en una de ellas.

Platícame que piensas de lo que escribo.

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