Publicado en Cuenterías

El día de no pensar


AlexAlemanyFuente de imagen: Alex Alemani

Los días se sucedían, como una vía lenta, pesada y llena de sombras. Cada amanecer era tortuoso, algo había atorado el mundo dentro del Castillo azul.

Las paredes se reducían, obstruyendo el correr del viento.

Silencio, tristeza, desesperanza.

Pero una rendija comenzó formarse en la pared. Empezó como una delgada línea a raz del suelo que fue ascendiendo hasta dibujar una especie de puerta. Luego una especie de ronroneo se escuchó, seguido de un levísimo tic-tac  tic-tac.

La puerta se abrió, dejándome boquiabierta.

¿Puedo pasar? – Dijo una voz

Entonces entró una mujer, que me invitó a pasar a su mundo y me invitó a sentarme en un diván anaranjado.

Claramente comenzó a explicarme que no había punto de regreso, algo estaba fallando dentro de mí, ella podía escuchar desde su mundo, un crujir que no la dejaba dormir por las noches y la hacía soñar con cortes marciales rodeadas por Samurai, donde yo estaba en el banquillo de los acusados y de pronto desaparecía.

-Es preciso realizar una intervención. Dijo.

No entendí, estaba demasiado confundida entre las sombras que no podía comprender lo que pasaba.

Entonces cruzó la puerta un hombre de voz pausada y  pasos firmes. Hemos venido a intervenir, ahora váyanse – Dijo tranquilamente.

Así, sin pensarlo, me vi arrastrada hacia la noche, en la cual se escuchaba el sonido de la guitarra, el barullo de las conversaciones, el sabor picante de la bebida que comenzó a calentar mi cuerpo, devolviéndole esa temperatura, que parecía arrinconada en un confín de mi propio cuerpo.

Todo era confuso, pero agradable. Mis pies comenzaron a moverse al ritmo de la música y las palabras se desatoraron de mi garganta, fluyendo alegremente mientras divagaba cerca del árbol que continuamente cambiaba de color.

De pronto, a pesar del calor y de la época, los Reyes Magos aparecieron en una gran pantalla muda, recorriendo las dunas con paso cansino. Una enorme estrella descendió hasta el pesebre. Como una absurda contradicción a los acordes estridentes de una banda que se desgañitaba tras una pared.

¡Nada tenía sentido! Era el día de no pensar.

La mujer del diván anaranjado se rió, sabía que había cumplido su meta.

Así, entre risas,  fui de nuevo arrastrada hacia el Castillo azul que tenía otro matiz. El hombre de los pasos firmes, se alegró de vernos llegar.

Instantes después desaparecieron tras la puerta, dejándome con una sensación de ligereza que se fue combinando con una tonadilla persistente hasta que Morfeo llegó y me envolvió entre sus cálidos brazos.

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Autor:

Las bibliotecas son crisoles de conocimiento, tengo la fortuna de trabajar en una de ellas.

Platícame que piensas de lo que escribo.

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