Publicado en Las que saben, Mundo faerico, Reflexiones de la Palomilla

Litha y la luna llena


“La araña se ríe a carcajadas del reloj”

Divagaciones del libro rosado

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Fuente de imagen: Palomilla Apocatastásica

Litha, y sus matices de calor a pagano tornasol…

La mujer del diván anaranjado, luego de pasar un día divagando entre filósofos y  entrando en ese mundo de la tierra en el que el tiempo transcurre a una velocidad menor que en ese plano, la fiesta de leche con chocolate que se organizó en su cocina tenía un matiz diferente, dejó al gato peleando con sus tazón de bolitas de pitagóricos,  tomó sus cosas y cerró la puerta para dar el salto cuántico murakamino una vez más.

El Castillo Azul había reajustado su conducta herbal y las hojas de maíz estaban listas para ser usadas.

Tras la acertada tonalidad pagano tornasol con que se había cubierto el cielo, las cosas comenzaron a cambiar, mientras los elementos se colocaban más o menos en un orden,  que no por arcaico resultaba obsoleto.

Fue el batir, el verter, el encender la hoguera, el trajín de todo el mundo que confluía en ese pequeño espacio que se fue llenando del olor a pan.

Los seis que siempre acompañan a la Mujer del diván anaranjado, observaban atentos los procesos y de vez en cuando hacían una sugerencia para mejorar los resultados.

Fue el humedecer, atar y dar forma a lo que parecía sólo un hato de hojas secas. El transformarlo en esa morfología de origen, de mujer.

Y en el transcurso de la noche, Arthemis se ocultaba tras las nubes, intentando interrumpir lo menos posible, hasta que la ráfaga de aire fresco inundo el espacio y esparció el olor por todo el castillo.

Crema, mermelada, leche y pasta. Todo haciendo una conjunción perfecta para la celebración.

La magia de dar forma a la materia, el rito de la palabra como el aglutinante de aquello que parecía disperso.

Y la palabra, esa que va uniendo las historias a través de un hilo que pocos pueden seguir.

Así el tiempo volvió a su ritmo general. Se escuchó un breve clac – clac y las manecillas aparecieron en la mesa.

La Mujer del diván anaranjado supo que la araña le llamaba desde su dimensión.

Los portales se abrieron y en una fresca ráfaga de aire y el hechizo en el viento,  ella volvió a su mundo.

Mientras en el castillo azul, el tono pagano tornasol iba menguando hasta ser una pequeña luz violeta que indicaba que morfeo estaba cerca.

Arthemis sonrió, aún oculta entre las nubes, se sabía cómplice y testigo de que entre dos mundos, siempre es posible abrir portales.

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Autor:

Las bibliotecas son crisoles de conocimiento, tengo la fortuna de trabajar en una de ellas.

Platícame que piensas de lo que escribo.

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