Publicado en Cuenterías, Las que saben

3. El límite de las palabras: tercer mundo oscuro.


“La realidad es serenidad persistente, soledad persistente”

Murakami, H.

lux

Las velas alumbraban la habitación, hacía años que sólo acudían esporádicamente a intentar calmar los gritos que explotaban sobre las paredes. Pero hacía días que al atardecer las personas de las plantaciones cercanas, preferían encerrarse en sus casas, soltaban los perros e intentaban hacer caso omiso de los ladridos y aullidos que no cesaban hasta el alba. Por eso decidieron llamarla.

La mujer murmuraba oraciones sin sentido, creía firmemente que el poder de alejar a los demonios era una de sus cualidades. Acudió una vez más, no era la primera, tampoco la última vez que tendría que cruzar esa puerta cubierta de herrumbe.

El arco de la entrada estaba sostenido por una clave que llevaba en altorelieve el escudo familiar. La gruesa puerta de cedro rojo tenía grabadas a filo de navaja la siguiente inscripción: Omnia vincit amor, et not cedamus amori

Estaba equivocada, siempre lo estuvo, basta un instante para que un pacto se vuelva eterno. No había suficientes dracmas, tampoco noches de luna llena que pudieran saldar la deuda. El mundo de las almas a veces se vuelve perpendicular.

Colocó las velas sobre el piso y trazó las líneas y hechizos que mejor sabía. Pero contra el amor y la muerte poco puede hacerse.

Tras ella, perfectamente delineada, una silueta iba adquiriendo volumen. Un rostro tomó forma. Su mirada fiera y su sonrisa apenas esbozada, eran una mínima muestra de la ira que podía en instantes transformar esa expresión. Podía verse el reflejo del desprecio que sentía por esa mujer, que se sentía poseedora de un conocimiento al que en realidad nunca había tenido acceso.

Pero la eternidad cultiva la paciencia, así que decidió ser un mero espectador, quería presenciar el divertimiento. Nada más hay que hacer cuando eones nos separan de la vida, cuando la oscuridad nos ha tomado la palabra y nos acoge, abrazándonos hasta ceñirnos, sofocándonos, aplastando ese músculo que tiene un gran hueco, que escurre aún con torniquetes.

La mujer seguía ahí, en el piso derruido, entre las paredes que apenas lograban sostenerse, en la quietud de la noche en la que podía olerse el miedo y cuya melodía de ladridos en las fincas, construía una terrible sinfonía de la ira.

Él se acercó poco a poco, alzó su mano izquierda y tocó delicada pero firmemente la base de la nuca de la mujer. Ella abrió los ojos y cayó hacia el frente sin vida, su corazón se había detenido. El tiempo pareció romperse y un silencio avasallante consumió la luz.

El portal volvió a cerrarse y la silueta se fue diluyendo, si hubiera algún expectador sentado en alguna butaca de ese frío escenario, alcanzaría a ver una levísima sonrisa que quedó dibujada en el rostro de la mujer, que supo en el último instante que su error había sido intentar llenar de luz un espacio hechizado por un pacto de amor.

El límite de las palabras:

Primer mundo oscuro

Segundo mundo oscuro

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Autor:

Las bibliotecas son crisoles de conocimiento, tengo la fortuna de trabajar en una de ellas.

Platícame que piensas de lo que escribo.

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