Publicado en Taller

Del curso o taller


aula conaculta

Desde el mes de agosto, emprendí la misión de ingresar a algunos de los cursos que ofrece Salas de Lectura del CONACULTA, a través del aula virtual, estos son el resultado de los tabajos realizados desde esa fecha.

Yo mismo como creador gestor

Palabras

Para mí las palabras son vehículos con los cuales se puede aprehender el mundo, por el contrario, la carencia de ellas  limita, porqué ¿Cómo explicar el mundo sin palabras?

También son una forma de vida, la persona que usa apropiadamente las palabras ya sea en forma verbal o escrita, puede compartir mejor sus ideas.

Dos veces he nacido

Así fue una mañana de abril en que mi madre cuenta que nací. Quizás bastante estropeada, con los pies chuecos e ictericia…

Me nombraron Fabiola (sin mi consentimiento) Luego descubrí la historia de una patricia romana hija de Fabio quien en la roma antigua se convirtió al cristianismo y ayudó a muchos menesterosos, luego de haber sido cruel y terrible con sus esclavas.

¡Qué más da! Sobreviví así hasta que decidí forjarme una vida nueva. Fue como tres décadas después por culpa de un cortometraje.

Particularidad de una existencia que brinca entre bibliotecas, un hogar y los libros.

Quizás baste decir que estudié Profesional en Educación Artística y luego me apasioné por el mundo bibliotecario.

En lo personal hago pinitos de letras (nada oficial).

Pero contaré el día del Hallazgo, que fuera un parteaguas en la vida: Precisamente esa tarde, veíamos un cortometraje y en la pantalla aparecía una Coneja bastante anciana caminando con andador, que frustada luchaba con una Palomilla que se estrellaba continuamente frente a la ventana, impidiéndole hacer un delicioso pastel de Zanahoria.

Cuál no sería mi sorpresa, luego de muchos forcejeos, al ver sus hermosas alas mezclarse con la harina y ser enviados directamente al horno.
Y luego un hermoso túnel blanco fue un portal abierto hacia esa luz que todos anhelamos…

Así luego de dar tropezones por la vida nació una Palomilla que poco a poco ha ido creciendo y se consolida. A la que he adoptado como mi identidad en los mundos del norte: una Palomilla Apocatastásica.

Así mi “mismidad” se dividió y ahora estoy aquí aprendiendo con ustedes, en un sitio atemporal que me permite conocer quienes son y qué experiencias tienen en su vida.

Un fin que es un principio

Quizás ya nos habíamos conocido antes, en alguna historia. Coincidimos entre las páginas, saboreamos la delicia de la lectura y de comentarlo con alguien cercano.

Lo sé, porque leímos, intercambiamos pensamientos, opinamos, transcurrimos en el aquí y el ahora, tal vez, influyamos en muchos ahoras.

Por eso esto es un nuevo capítulo, en el que concretamos un vínculo, eso me gusta. Sin importar la distancia, siempre existen puentes que construir.

Abro estos primeros peldaños a los que gusten seguir en el mismo camino, que no por ser el mismo debe ser igual. Más bien somos paralelos y por instantes, también perpendiculares.

Nos encontraremos siempre entre las letras, rodeados de palabras e inundados de historias nuevas que contar.

Escritura Creativa

Invierno

Corría desesperada, el pecho se volvía una caja pesada, dentro de ésta, el corazón parecía crujir, forzándole a bajar el ritmo de sus zancadas. Le era imposible.

No le importó demasiado el viento helado que le cruzaba la cara, como afilada saeta cortándole la piel. El vaho le empañaba los anteojos, pero seguía. Por fin había recibido la llamada, bastaron tres tonos en su celular y corroborar el nombre que aparecía en la pantalla: Conde.

El acuerdo era sencillo, tres tonos y luego colgar, a pesar de que hacía más de un año en el que se vieron por última vez, sabía que la paciencia era lo único que tenía a su favor. El lugar de siempre, justo a las tres de la mañana, hora en donde los portales de los sueños se abren.

Apenas alcanzó a desperezarse, tomó su chamarra y salió a la calle. No era demasiado lejos, pero las emociones se le agolpaban haciéndole retumbar la cabeza.

Escuchó entonces el sonido de las hojas de los árboles al moverse, la noche apenas lograba opacar el latido combinado de su corazón con el viento.

Por fin alcanzó la breve escalinata de piedra, el obelisco lucía brillante a pesar de los años que tenía soportando las inclemencias del tiempo. Detrás de este escuchó claramente el cascabel, avanzó un poco más allá y logró ver la silueta que se hacía más grande conforme se acercaba hacia ella.

El ronroneo se hizo más claro y pudo comprobar cuan hermoso era, le acarició la cabeza, pasó sus dedos entre el pelaje blanco y se dejó cautivar por el ligero hormigueo que fue subiendo hasta cubrir su cuerpo.

Poco a poco se dejó llevar, aun cuando sabía exactamente a donde iba, no pudo evitar estremecerse. Vio como su cuerpo se iba contrayendo, como una especie de torsión que le encogía el cuerpo. La garganta fue cerrándosele, borrándole el vestigio de voz. Tan sólo logró articular un breve maullido.

Entonces se acercó al gato blanco y fue siguiéndolo hasta que juntos desaparecieron en las sombras.

Él

Mira como atravesando a las personas, eso resulta un tanto chocante, por lo que suele estar solo la mayoría de las veces. Pero éste hecho no es mal intencionado. Todo surgió a partir de aquella vez que se vio en el espejo y se dio cuenta de que el rostro reflejado era totalmente ajeno a él.

Su frente grande, le da esa apariencia curiosa, como si ahí dentro, se fueran gestando ideas continuamente, un tropel de pensamientos sin ton ni son, pero que a final de cuentas acaban convirtiéndose en ganancias para su jefe.

Camina sin distraerse, siempre dirigiéndose a un lugar en concreto, sin desviarse un ápice una vez que sale de casa.

Se coloca el sombrero, con el afán de ocultar su enorme frente y permitir que sus diminutos ojos no se irriten bajo los abrasadores rayos de sol.  Siempre le es preferible el invierno, pero por el momento tendrá que conformarse con protegerse un poco no sólo del sol, sino de las miradas de los entrometidos que gustan de jugarle bromas.

Entonces sus ya de por sí diminutos labios, se convierten en una sola línea, casi ranura un tanto artificial. Transformando su expresión en una especie de máscara que acaba aterrando a quien en un principio parezca observarle con expresión de desagrado.

Espera con ansias las siete de la tarde, cuando por fin puede cerrar la puerta de su oficina, deja perfectamente acomodados los papeles sobre el escritorio y verifica que existan suficientes bolígrafos. Apresura el paso y llega al mismo lugar, desde hace cinco años, en el que prefiere no cambiar demasiado de selección. Quizás tenga suerte y ls noche en turno, hayan preparado sushi, sopa miso o udón.

Saca los lápices y la libreta, mientras espera impaciente que le traigan su orden, garabatea algunas líneas, agrega una especie de letras que únicamente él puede entender y toma a sorbitos la limonada en agua mineral que invariablemente toma antes del café.

Come lento, saboreando cada bocado, desentrañando los misterios del sazón y las especias, agregando un toque de hierbas de olor en su mente, para poder replicarlas en otra ocasión. Pero sabe que nunca llegará a hacerlo, prefiere que le sirvan a ensuciarse las manos con los ingredientes.

Quizás la tarde del espejo si le sirviera de algo, logró acercarse lo suficiente para ver esas largas pestañas rizadas que parecieran fuera de lugar, además de exageradas tomando en cuenta el tamaño de sus ojos.

Pero a final de cuentas, sabe que no está para cumplir las expectativas de nadie.

Regresará a casa antes de las once, tomará el libro en turno, leerá hasta que le ardan los ojos, se desnudará y acabará metido en la cama con una torpe sonrisa, como si se burlara de ese mundo que lo ha dejado absorto, pero al que tuviera que renunciar en cuanto los hombros comienzan a pesarle.

Nada más le importa, sólo algunas veces, en las que quizás desearía ser menos como es y ser un poco más abierto con esos seres que le parecen únicamente delgadas figuras de papel, recortables que pasan por un decorado.

Garabatos

Se queda absorto viendo la espuma de su café, siente un leve escalofrío pero no le da demasiada importancia, grave error. Era una tarde de otoño, lo sabía porque soplaba un viento fresco, que lo obliga a devolverse a casa por una chamarra rompevientos antes de ir al café.

 Apura el último trago, se coloca el sombrero y se cerciora que apenas alcance a notarse su enorme frente en el reflejo del vidrio, es la cafetería a la que acostumbra ir diariamente desde hace cinco años. Gruñe un poco antes de salir y luego se dirige a casa con paso firme. El sol del atardecer lo obliga a cerrar sus ojos, haciéndolos parecer aún más pequeños de lo que son.

Antes de llegar al auto, se da cuenta de que algo extraño pasa, no sabe exactamente que es, sin embargo el aire se ha enrarecido.

Instantes después siente como un objeto frío se hunde en su costado, le sigue una fuerte punzada que no le permite siquiera lanzar un grito, sino que se dobla como un tallo al ser arrancado de la tierra.

Cae de rodillas aún confuso, la ropa se le va humedeciendo. Levanta la vista y alcanza a ver un rostro, tarda en comprender que la conoce.

Hace años que no sabía de ella. Fue por su culpa que carga esa libreta y aprende a garabatear ideas, recuerda entonces que pretendía olvidar el asco que sintió cuando la vio desnuda, cubierta con esa especie de pasta viscosa que usaba para exfoliarse la piel, que acabó también cubriéndolo a él, impregnándolo de ese olor herbal que tanto detesta.

Comprende que no le queda más remedio que mascullar su rabia, puede ser su último coraje, sus facciones se contraen haciéndolo parecer aún más extraño de lo que es.

Ella lo ve y sonríe, si es que a esa línea fruncida de sus labios pudiera llamársele sonrisa.

Con certera puntería le da de patadas al hombre en el suelo, no le importa que la gente la vea, que se alarmen y hablen a la policía. Se escuchan gritos y sirenas.

Él inconsciente. Ella algo acelerada, mientras las gotas de sudor le corren por la frente, fue un gran día.

Se agacha y hurga entre la chamarra, por fortuna aún no se ha humedecido la libreta. La abre y suelta una risa forzada, de la primera a la última página, las planas y planas de garabatos, son un esbozo de su nombre.

Le escupe en la cabeza, la saliva comienza a escurrirle por la enorme frente, el sombrero sobre el piso, ella se aleja.

Mientras tanto las sirenas siguen sonando a lo lejos, siempre a lo lejos.

Palabras no tan simples

Ese profundo receptáculo de amor.

Abrevadero de mis deseos.

El amplio e intrincado depósito de ideas.

Nombre en el viento

Escribiré un soneto con tu nombre

que me arranque del mundo y vuele al cielo

o que una fina lluvia arranque el velo

que me deja esta triste incertidumbre.

Fue ese un conjuro sobre mi pobre alma

abierta como un animal herido

no hubo misericordia, fue un bandido

que hurtó de mi existencia toda calma.

¿Qué debo hacer ahora? Estoy perdida.

quisiera aventar todo al abandono

pero la vida es una jugarreta.

Seguro encuentro pronto la salida

dejándome llevar por el encono

debo ante todo llegar a mi meta.

El destino

Era el férreo enfrentamiento contra eso llamado destino. Una de las definiciones para este término del Diccionario de la Real Academia Española, es: “Encadenamiento de los sucesos considerado como necesario y fatal”. Así, como seres humanos, nos encontramos vulnerables a merced de un agente externo, incontrolable, que nos arrastra invariablemente, aún contra nuestra voluntad hacia cierto hecho funesto.

El Hado, confabulado contra nosotros, va hilando circunstancias. Mientras tanto vagamos inocentemente por el mundo, hacemos nuestra vida como si cada día consistiera en un acto de fe. El destino nos arrastra, orillándonos a aceptarlo sin ningún tipo de defensa. Somos víctimas, sonando un poco fatalistas.

¿Quién puede contra esa fuerza superior? ¿Qué nos salva? Quizás el libre albedrío podría contrarrestar sus efectos, servir acaso de placebo para hacernos pensar, por instantes que podemos poner un alto ante tales designios. Otros apelaran a un “theos” omnipotente, que acudirá al auxilio. Nuestra maldición es ser finitos con aspiraciones infinitas. La finitud como el recuerdo de lo ínfimos que somos ante la magnimidad del Hado.

Así pues, desprotegidos, vivimos a merced de nuestra propia vida, ciegos e impedidos para ver más allá de nuestra humanidad. Nos conformamos con avanzar poco a poco, a la espera de una luz, una esperanza que nos ofrezca una recompensa ante las vicisitudes, buscando a toda costa ganar el enfrenamiento contra eso llamado destino.

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Autor:

Las bibliotecas son crisoles de conocimiento, tengo la fortuna de trabajar en una de ellas.

Platícame que piensas de lo que escribo.

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