Publicado en Reflexiones de la Palomilla

Drenando el cuerpo


IMG_20130426_123333Fuente de imagen: Pierre Fudarily

I

Entonces pasó. Como si de pronto lo que estaba contenido se desbordara, y se fuera liberando paulatinamente el espacio que habías llenado por todo ese tiempo.

Eras ancla, estancada en mi cuerpo, herrumbosa, destilando fluidos que infectaban esa capacidad de limpiarme una vez más. Pero, bastó la palabra, la noche, el grabado en las manos, la tinta.

Libero el espacio que tenías asignado, me siento de nuevo ligera y extiendo mis alas ya limpias, sin el polvo acumulado de tu recuerdo. El silencio de tu nombre ha permitido que bajo la sepultura que te he dado florezca un nuevo sentido.

La simbología que dejé en tu pecho, el acto de recolectar lo que tenía sembrado, el fin, sin pasado, sin futuro.

II

Soy barro, fuego, vasija, agua. Soy fuerza, guerrera, mujer, madre, amante. Soy quien repta desde la profundidad del pozo, que ha salido de la tierra y se ha curtido de fuego. Soy cazadora de mi destino, la sombra, la bruja, el sueño, el hechizo. Soy el nombre del nombre que susurra el viento. Soy lo que soy y cargo el mundo mientras deshilo la madeja de la historia y se vuelve una con el todo. Licántropos y esos oscuros animales totémicos que alzan el vuelo desde mi piel.

III

Es el ala oscura, el crujir de los goznes oxidados, el baúl olvidado en el rincón del tiempo. La quimera extiende sobre el cuerpo ese ardor que abrasa. La mirada se hace torva y cava la fosa para sepultar los restos. Unas sílabas apenas recordadas y el triste cantar del mundo en el ocaso. Las parvadas nos cubren como ríos celestes. Presagios de cambios, de la bruñida armadura ajustándose de nuevo al cuerpo, del crujido del hierro afilándose y la sangre agolpándose en el vientre, centro percutor del mundo.

Se abren las compuertas que contienen la ira. Sólo se escucha el grito profundo que brota incontenible desde el pecho. Se blade la hoja, justa la puñadura forjada con largos insomnios. Los huesos hablaron y ahora todo regresa. Es la hoguera, el tambor, el latido de las puertas del Nifflheim.

IV

Pasos. Se escuchan tan lejanos como el primer día de invierno. Cavamos la tumba que recibirá nuestros restos o vertiremos sobre él las cenizas. La sangre corre en delgados hilos, desde el vientre de todas, inundando el mundo que pare demonios.

El cabello se enciende sobre la hoguera, las trenzas arrancadas y los gritos, esos ecos profundos de cuevas inciertas.

Una hoja afilada brilla, arrancando las cabezas, escalpando los cráneos, sacando los ojos. El buitre se aproxima.

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Autor:

Las bibliotecas son crisoles de conocimiento, tengo la fortuna de trabajar en una de ellas.

Platícame que piensas de lo que escribo.

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