Publicado en Cuenterías

Sombras sobre el acero


anfiteatroFuente de imagen: Palomilla Apocatastásica

Sola. Las planchas vacías y nadie llega. ¿Me habré equivocado y estoy en una pesadilla? Todo en calma, el ruido de afuera amortiguado, el equívoco en la hora. Yo sola en este espacio de ecos ocultos en las paredes.

Espectadora única del teatro de sombras.

La puerta se abre, creo que son ellos. En su lugar comienzan a desfilar los actores, pero no llegan solos, requieren de ayuda para poder moverse. Mas parece que se arrastran y acaban colocandose sobre el metal frío.

Estoy adherida al asiento, como si me hubieran congelado. Siento un frío que me recorre el cuerpo, tirito, los dientes castañean. Intento moverme, hablar, demostrarme que sigo viva.

El desfile continua y poco a poco las planchas se llenan. Veo como se  colocan las tarjetas con números en los pulgares. Sus blancas sábanas ondean como si hubiera corrientes de aire, pero no. Sólo es un abrupto descenso de la temperatura. Sólo alcanzo a ver sus extremidades, el resto está cubierto.

El vestuario blanco, los susurros, los destellos de las hojas afiladas, el argot médico como libreto. Escucho más voces, como si fueran una multitud que espera ansiosa su entrada triunfal.

Me concentro en sus palabras. ¿Palabras? Sus bocas no se mueven, sus cuerpos tampoco.  Entonces ¿quién los mueve? ¿Qué son?

Volteo a mi alrededor. Sigo sola, las butacas ordenadas, nada se ha movido, la puerta está cerrada, el ruido de afuera llega amortiguado.

Respiro con dificultad, reúno fuerzas y me levanto, como si un resorte me expulsara súbitamente del asiento. Doy un paso, otro, bajo de un brinco la escalera, me pego a la pared y me deslizo lo más rápidamente posible.

Estiro la mano, alcanzo la puerta, giro el picaporte y una ráfaga de aire caliente entra.

Escucho a mi espalda un crujido, casi una súplica. Me armo de valor y vuelvo el rostro.  Ahí nada, se quean las mismas soledades, las butacas ordenadas y veo una de las tarjetas que se desliza sobre el suelo, se acerca hacia mí, arrastrada quizás por el aire que entró cuando abrí la puerta.

Una arcada me invade. Con letras negras, grandes y claras, está escrito mi nombre.

 

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Autor:

Las bibliotecas son crisoles de conocimiento, tengo la fortuna de trabajar en una de ellas.

Platícame que piensas de lo que escribo.

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