Publicado en Reflexiones de la Palomilla

Trozos nipones


samurai1uz91Fuente de imagen: Way of the warrior

Recuerdo claramente aquella plática que sostuvimos, acerca de ese lejano e incomprensible país. Entonces mi mundo comenzaba a desperezarse y tomaba un brillo no conocido.

Era apenas un vago trazo en líneas negras, lo que en mi mente se formaba. Poco a poco, el gusto por aprender más sobre todo aquello se hizo un placer, quizás un tanto pecaminoso.

No sé cómo salió el tema, más bien fue a raíz de aquella larga caminata donde terminamos dándonos de patadas, por el puro placer de aprender uno del otro.

Luego fueron las armas. Una hermosa espada, contra los pesados sai que aún conservo.

Pero no quedó ahí, sino que fue una semilla sembrada justo como la de sakura que acabó de forma permanente sobre mi piel y los cm al caer. El Daisho y la hakama, con sus siete tablones de un diciembre.

Esos mundos impresionantes de Miyazaki y el lenguaje entre líneas que iba dejando pistas de nuestros propios pasos. La técnica depurada de esas artes marciales que vibraban bajo la piel y quizás aún lo sigan haciendo aunque en forma latente.

Los kanji se volvieron un juego de elección y culminaron por mi murakamino masoquismo mal habido, en el que todo el territorio japonés se plaga de  personajes solitarios que sin embargo están llenos de matices.

También por esos tiempos conocí el placer de comer Gohan, no sólo sushi y ambos resultamos sorprendidos de que sabíamo usar los hashi y brindábamos con un modesto pero honesto Kampai, entre otras costumbres que aún tengo arraigadas.

Esto a colación porque por fin llegaron los 47, que no era lo que esperaba, pero si tiene matices encantadores. Además del aderezo principal que fueron esos ojos dispares y la imagen clarísima y hechizera de la zorra-bruja-ryu y de los seres-sabios-magos.

En fin, dejo estos trozos aquí, con un olor a soba o a udon. Porque no hay un número postal a dónde enviarlos. Sólo una página en blanco dentro de un lejano libro de sombras.

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Autor:

Las bibliotecas son crisoles de conocimiento, tengo la fortuna de trabajar en una de ellas.

Platícame que piensas de lo que escribo.

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