Publicado en Bibliotecaria

Andares


“Soy de ese tipo de personas que no acaba de comprender las cosas hasta que las pone por escrito”

Murakami, H.

“La palabra escrita es profundamente liberadora”

Allende, I.

alasFuente de imagen: Palomilla Apocatastásica

Escultura de Jorge Marín, de su serie Raza en Bronce.

Aeropuerto DF.

Antes

Ahora empiezan por fin las ideas a tomar forma. Independientemente de los brincos y tumbos que tuve que dar. De las órdenes apresuradas y los trámites hilarantes hasta la locura. Pero fue, fuí, es.

Antes de que se me olvide, de que los días pasen, quiero contarte lo que mis ojos vieron, lo que mi boca probó, lo que mi cuerpo sintió.

Es que cada vez estoy más convencida de que este país es un paraíso.

Durante

Fue el azul bajo de mí, con esa delgada línea que marcaba la costa. Caí en la cuenta de que lo que se veía como un enorme espejo, borrado por las nubes, era el mar.

Así bajo de mí, ese azul, haciendo contraste con el azul sobre mi cabeza. Yo intemedia y hudiendo la mirada entre las olas y las nubes, de paraíso a paraíso. Soy finita, pero las alas en mi espalda a veces gustan de contradecirme.

Pasos nocturnos de una brevísima llegada.

La piel se humedece, los pulmones se refrescan. Dejan atrás la sequedad desértica, se llenan de agua. ¡Agua! Para un ser desértico esa palabra equivale a mil bendiciones.

Son las orillas de una carretera verde, con ese tono que jamás había presenciado antes. Es el golpe voraz de los colores colgando en forma de flores sobre los matorrales y sobre unas altísimas copas de árboles tan altos que tardé en concebir la magnitud de su existencia.

El trajín entre las calles cubiertas de noche, los pasos leves y los ojos abiertos para intentar en poco tiempo absorber todas las imágenes posibles. Aprendo a coleccionar instantes, esta vez, sólo hermosos instantes.

Pasos diurnos de calles y más calles, de ojos bien abiertos y oídos avidos de sonidos.

Los pasos, son lo único que nos puede llevar a conocer el mundo: camino.

Es que las piedras hablan y nada hay comparable con estar frente a esos trozos de roca, labrados que cargan por sí mismas tradición, riqueza, delicadeza, nos cuentan por sí mismas la historia de un pueblo culto, rico en tradiciones y desarrollado como pocos.

Y la rabia del acero y la armadura que irrumpieron vorazmente aniquilando. Esas dos salas como dos mundos en conflicto. Ese latir latinoamericano dividido por un par de escaleras. Esas notas que se mezclan entre lo leído últimamente y lo que se encuentra preservado detrás de las vitrinas.

Mientras las piedras gritan historias, las armaduras destruyen. La madera inquisitiva que no quise retratar, por miedo a que la lente quedara impregnada de la sangre y el sonido del crujir de huesos. El contraste entre la profusión de detalles en el barro, en los cráneos y el respeto por lo que la tierra dá, contra lo profuso del textil, el botín, el sable y las figuras de una religión que más que evangelizadora resultó destructora.

Luego al salir, se me ofreció la sombra de los árboles, unos cuantos pasos y me encontraba sumida en un mundo vegetal, de pasillos angostos, sonidos brillantes, olores dulzones. Lo único que aún me tiene perpleja, fue ver sobre el suelo, descomponíendose, la dulce fruta de los mangos. Desprovista de todo consuelo, sólo atiné a impedir que la tristeza me marcara. Ese fruto ahí sobre las calles, que en estas tierras nos resulta difícil de conseguir.

Pero es parte de esta abundancia de la tierra, de higos y mangos, de guanábana y nanches. Los troncos amplios y las hojas enormes, tallos y telarañas, amenizados por coros complejos de aves irreconocibles, desconocidas.

Las orquídeas bajo cadena y candado, abriéndo sus pétalos a los ojos que se humedecían no sólo por el ambiente, sino porque son magia ante un corazón seco.

Ahí la vida tiene tonos vibrantes, que todo lo saturan, inhibiendo el hambre y el cansancio. Eran mis manos que todo lo querían tocar, mis ojos que captaban instantes, mis oídos que se iban llenando de brevísimos cantos. Era el trinar, el rugir, el chillar, el hablar, el calor de la madera de la marimba, tan amplia, tan transparente.

Eran los caminos que  nos descubrían sus bondades. Acá el cocodrilo, allá los arácnidos, un roedor fortuito, el venado que comía los mangos del suelo, pero nada como el armadillo, la zarigüella, el ocelote, la nutria,  el lince y su majestad el jaguar.

Frente a mí, con su piel negra, brillando al sol, y el dorado, observándome (o eso quise creer), a través del vidrio. Los tramos oscurecidos por la altísima sombra de las copas. Y uno sin saber si era la llovizna y sólo las gotas de rocío que se escapaban de las enormes hojas allá en las alturas.

Entonces el bufido del lagarto enorme, ese monstruo tan actual y tan prehistórico, contrastando con el aullido del coyote y el grito de coloridos plumajes. Todo un sueño, una distancia, un juego de emosiones inexplicables.

Pasos y más pasos que mitigaron mi sed con pozol, con limonada con chía, con raspado de nanche.

Pero nada comparable con el sonido del agua. AGUA para el que vive en el desierto, es una palabra muy grante. Porque los arroyos iban bordeando el camino, caían en pequeñas cascadas, sobrecogiéndo mi alma. Hubiera querido sentarme ahí por horas, cerrar los ojos y hundirme para siempre en los momentos. Espero haber grabado, muy dentro de mí todo eso, para cuando el tiempo nos llene de sed, poder recuperar las sensaciones que tuve ese día que mi camino me llevó hacia el mundo equilibrado entre los reinos animalia y vegetal.

“Oye la marimba, cómo se cimbra cuando canta para tí”

Así Agustín, que hacía días me traías enardecida, acabé deleitándome con Nandayapa y en ese momento me dejaron colgada una sonrisa en el hombro izquierdo. Se ancló un sentimiento que hacía mucho estaba dormido. ¿Cómo pasó? Aún lo ignoro, lo único cierto es que tiene nombre y apellido.

Ahora

Dejé entonces que por fin el cansancio arremetiera, caí en el sillón para morir varias horas. Todo el cuerpo me pesaba, pero todo ese cansancio había valido la pena.

Los planes no siempre se cumplen, dejé algunos pendientes fuertes guardados en la ventanilla de revisión del aeropuerto, pero siempre hay sorpresas que nos alegran la vida y por eso se sigue intentando ir a otros lados a hablar de lo que uno forma parte, de ese equipo, ese grupo, esa institución que también nos da alas.

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Autor:

Las bibliotecas son crisoles de conocimiento, tengo la fortuna de trabajar en una de ellas.

Platícame que piensas de lo que escribo.

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