Publicado en Cuenterías

Saltos


palabrasFuente de imagen: internet

Samsa, sí mal no recuerdo, era su apellido. Lo conocí en aquella tienda donde vendían herramientas de jardinería. Porque la pala de excavar era la última y yo había llegado primero al estante donde las tenían. Él a toda costa quería convencerme de que la dejara, con el argumento de que tenía demasiada prisa para hacer un trabajo, era algo urgente. No le hice caso.

Los siguientes días tuve una especie de remordimiento. Así que volví a la tienda, intentando consolarme sabiendo que llegarían nuevas remesas. Una semana perdida porque no vi al hombre aquel.

Con resignación, di el caso por cerrado y seguí con mi vida.

Pero apenas ayer, recordé ese apellido, nada común para mi gusto. Lo sé por sus argumentos de que si en breve dejaba de utilizar la pala, le hiciera el favor de prestársela. Me dio un papelito con extraños garabatos, en los que lo único que logré rescatar era el apellido, porque los números escritos, carecían de sentido.

Es que mientras desayunaba, al abrir el periódico, en la parte inferior, donde siempre acaban los obituarios y las noticias que tienen más de inverosimilitud que de nota periodística, me llamó la atención del caso de la desaparición de un hombre de mediana edad, nombrado como Gregorio S.

Llevaba ya tres semanas desaparecido, no se sabía a ciencia cierta qué había pasado, tan sólo que luego de varios días encerrado en el cuarto, negándose a salir, encontraron la puerta abierta de la que desde el pomo, hasta el suelo, se desprendía  una especie de mancha clara y pegajosa como rastro.

Al cerrar el periódico y darle el último trago al café, en la boca del estómago, sentí como una especie de náusea. Me fui a mi habitación, con el fin de recostarme un rato, pero acabé hundiéndome en un sueño intranquilo, perturbado constantemente por una picazón en la espalda y leves calambres en los brazos.

Intenté gritarle al casero, a final de cuentas era el responsable de todo lo que pasaba en esa casa, yo sólo era un huésped más. Aun era de día, no debían de haber pasado más que un par de horas. Los ruidos del trajín del mundo se escuchaban del otro lado de la ventana.

Una punzada aguda en la nuca me impidió seguir atento. Tan sólo recuerdo el horror que sentí al ver justo en la esquina de mi cama una leve sombra, a la que sólo alcanzaba a distinguirle algo así como una mueca torcida, un intento burdo de sonrisa.

Quise taparme la cara, pero no pude. No eran manos lo que ví, sino unos espantosos apéndices oscuros que terminaban en un par de tenazas.

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Autor:

Las bibliotecas son crisoles de conocimiento, tengo la fortuna de trabajar en una de ellas.

Platícame que piensas de lo que escribo.

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