Publicado en Cuenterías

Sombras


¿Qué sabemos nosotros de sus noches? Nos dijo a raja tabla. Se nos borraron las sonrisas. Era cierto, tras su aspecto pulcro, no podíamos saber cómo manejaba su dolor. Callé. Precisamente son mis noches las que no soporto.

tiempo

Fuente e imagen: Internet

Nadie puede negar su historia, tampoco puede evadir lo que es. Lo único posible es tratar de entender cuáles fueron los motivos, cuáles los vínculos, qué carga ajena se trae a cuestas, para poder devolverla y transformarla.

El diván no es tan confortable y el Sr. Frankl observaba atentamente mis reacciones.

Sí, pues qué puedo decir. Lo único que sé es que en mi mayor estado de estupidez fui y lo llevé precisamente al último lugar a donde debía hacerlo. ¿Cómo puede ser posible que vaya y yo misma lo entregue de esa manera? Aún cuento los días ¿Sabe? Tantas frases cliché que he escuchado al respecto. Estoy harta.

El Sr. Frankl, permaneció en silencio, impasible. No era la primera vez que enfrentaba algo así. Es más, desde su perspectiva, el cuento era tan sencillo.

Pero cada quien debe recorrer su camino.

Hay una pequeña Hada, le dije. Es quien siempre nos salva, pero no creo que sea justo, que sea precisamente ella a quien le hemos asignado esa pesada carga. A él, en cambio, creí que lo ayudaba conteniendo toda esa ira que le inocularon. De nuevo me he equivocado.

Nació un día en que un enorme cometa cruzó el cielo, se vio en todo el continente. Sobreviví a sus iras, a sus “secretos” con su padre. Sobreviví al dolor de ver su ojo casi perdido y de los golpes que le propinaron. También esa vez lo llevé. Es cierto que no podía preverlo, pero es algo que no se quita fácilmente. Una es responsable y los ama.

Hada, en cambio es como “nosotros”, él nunca lo ha sido. Hada fue protegida y él relegado. Justo lo que hacen allá con Hada. Es un juego estúpidamente macabro.

El Sr. Frankl, con su tranquilidad habitual me dijo: ¿A qué le tienes miedo?

Era la misma pregunta, con su mismo rostro, esa sombra oscura en sus ojos, ese dolor inmenso en mi pecho. Esa necesidad de destazarlo y lanzar sus trozos a los perros. Apreté los puños y sentí como mi mandíbula se cerraba dolorosamente.

Saqué el arma y le disparé, justo en el blanco. Alcancé a escuchar claramente su última frase: Solo de ti depende salir del dolor.

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Autor:

Las bibliotecas son crisoles de conocimiento, tengo la fortuna de trabajar en una de ellas.

Platícame que piensas de lo que escribo.

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