Publicado en Las que saben

Dejando de buscar, llegan respuestas


“Cuando las mujeres han experimentado una postergación en la iglesia y se han diluido en el tratamiento general de “hermanos”, debe existir algo en el mismo concepto de dios que legitima esta postergación”

Schaup, S. (1999) Sofía

18.otono

Fuente de imagen: Palomilla Apocatastásica

Cuando era aún niña y estaba en proceso de domesticación religiosa, tenía muchas dudas. Pero cuando preguntaba, invariablemente me decía que eso no se pregunta. En esa etapa fuí a todos los cursos domesticatorios y recibí todos los sacrametos obligatorios. Pero algo no cuadraba.

En la secundaria, todavía pertenecía a grupos domesticatorios. Un sacerdote incluso me dijo que si no seguía en grupo de jóvenes, no podía continuar en el coro. Entonces me fui. Descubrí a Blavatski y su teosofía, a los rosacruces y la metafísica.

En la escuela preparatoria, conviví con personas de otras tradiciones judeocristianas. Todas lo mismo. Ritos que se asimilaban unos a otros dentro de ciertos esquemas. En la Universidad conocí algo de budismo y tradiciones orientales, asuntos de energía y chacras. Pero algo faltaba ahí. Me topé con la alquimia, la brujería, el poder de los símbolos y la palabra. Pero las cosas eran como piezas de rompecabezas. Hablaban de un dios, de una deidad, de un Theos. Todas con diferentes nombres.

Seguí buscando ese algo, sin nombre, me buscaba a mí dentro de lo divino pero, en ningún lado estaba eso que decía Duby, de lo que hablaba Auel. Las maestras llegaban, cumplían su cometido y se íban. A veces creo que no aproveché sus espacios ni sus tiempos como era debido.

Un día llegué a aprender sobre la tierra, el péndulo, el sagrado círculo, a la hoguera. Y conocí una tarde calurosa a un grupo de mujeres que vivían día a día ese sendero, que había visto en otras formas.

A la vez, descubrí a Jodorowsy, Pinkola y Costas. Llegué a un mar en calma, a un sitio sin nombre, al valor de las manos, al respeto del útero y la sangre, a los ancestros.

Llegué a renconciliarme con la mujer que soy, porque no fuí el varon primogénito, porque nunca seré el proveedor, porque no soy nada de lo que me dijeron que debía ser. Porque seguí el instructivo lo más que pude al “pie de la letra” y no me resultó.

Hoy mis ojos son los de ellas, el clan del que provengo tiene nombre, la tierra que me parió tiene el rostro de Tita, ella es mi clave, el rostro de la sabia, la anciana, la madre, la diosa, el amor que se derramó sobre mi estirpe, la fecunda, la que cría la que alimenta. Y Papala tiene el rostro de la guerra, de la lucha, del mundo habitado y también de la muerte. La que sabía guiar a los que ya terminan su viaje.

Hoy Sofía me abofetea con sus respuestas, así como Pinkola me abrió las palabras, así como Jodorowsky me abre a la locura. Hoy Yo soy. ¡Aho! A la manada que observa la luna. ¡Aho! )O(

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Autor:

Las bibliotecas son crisoles de conocimiento, tengo la fortuna de trabajar en una de ellas.

Platícame que piensas de lo que escribo.

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