Publicado en Apocatástasis, Cuenterías

Páginas


El despertador hace de las suyas, pero por más que suena, mis ojos se niegan a abrirse. Es tanto el peso del desvelo. Son las páginas que se han ido abriendo noche a noche. Como sí el sólo hecho de esperar a que llegue la tarde, sea a la vez premio y castigo.

Cuando lo ví entre las estanterías, me llamó la atención su hermoso encuadernado, el delicado trabajo de las pastas, su costillar, las letras doradas en bajorrelieve.

La primera página fue todo un gusto, la dedicatoria me tomó por sorpresa. ¿Cómo podía un libro estar dedicado a mí? Sí, con todas sus características, indudablemente el que lo escribió pensaba en alguien como yo.

Peor al adentrarme en el primer capítulo y ver algo así como mi propio reflejo. Sentir en cada palabra el señalamiento hacia las cosas que me gustaban, lo que apetecía. Pero entonces, algo me hizo avanzar, letra a letra. Así se van consumiendo los capítulos y voy llegando sin misericordia al final de mi vida.

El corazón me duele, como un pinchazo agudo, los ojos me pesan y el cansancio se ha apoderado de mí. Aún así, me es imposible dejar de leer.

Cuando amanece, debo luchar para levantarme. Sé que pronto será el fin, mientras se adelgaza la cantidad de hojas que aún me quedan.

Por ahora, lanzo una vez más el despertador al suelo y me deslizo hasta el espejo, que me dice que pronto todo terminará.

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Autor:

Las bibliotecas son crisoles de conocimiento, tengo la fortuna de trabajar en una de ellas.

Platícame que piensas de lo que escribo.

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