Ilusa


Abordo el tema, es un poco incómodo luego de lo que sucedió. Pero no puede guardarse demasiado tiempo.

Todo inició esa tarde, pero no me arrepiento. Estaba ahí, simplemente esperándote. Como siempre. Es que tienes esa costumbre de olvidar las horas o fingir que lo haces. Como si llegar demorado fuera algo elegante.

Tomaba algunas notas, vos sabés que no se me da eso de estar quieta. Un café no fue suficiente y el tiempo llenó las hojas entre ideas desarticuladas y bocetos.

Entonces abrió la puerta, llenó con su presencia el umbral y no hubo forma de sacarme su imagen de mi cabeza. Lo reconocí al instante, ambos nos sorprendimos. Hacía tiempo que no habíamos cruzado palabra.

Sonrió y me hizo una seña, como pidiendo permiso para sentarse.

Asentí, ¡Qué otra cosa podía hacer si mi cuerpo estaba entre una especie de parálisis y un estallido coronario.

Al principio no hablamos, era como si las palabras fuera innecesarias, solo nos veíamos, reconociéndonos. Habíamos cambiado. Pero los años le sentaban bastante bien. Vi sus manos y no pude evitar sonreír. Aún las cuidaba mucho, sus uñas perfectamente recortadas, sus dedos gruesos pero…

Le besé, sin pensarmelo mucho, sin esperar nada, sin arrepentimientos. Le besé y volví a un tiempo en el que todo olía a lavanda, escuché las risas que tenía guardadas en mi cabeza, pensé en luces azules y noches interminables.

Pareció sorprendido. Ahora creo que no lo estuvo, siempre ha sabido que aún tengo ese vínculo que me une a él. Charlamos un poco, cosas intrascendentes, un tanto por matar el tiempo, otro por aprovechar el momento.

Entonces vos apareciste, con tu expresión de apuro y las frases acostumbradas. Te presentaste brevemente, sin hacer demasiado caso de él, prácticamente lo volviste transparente y lo ignoraste.

¡”Mucho” gusto!.

Ah, es un lástima que tenga que retirarse.

Pase usted.

Ahí acabó el instante, diluido él y yo vuelta a vos. Pero desde ese día, las tardes se han vuelto azules, la sonrisa me brota sin que pueda hacer nada por ocultarla. Es que fue el beso que nos debíamos hacía tanto, que me ha vuelto un tanto distraída.

Lamento decirte eso, pero hay besos que marcan la vida y esa tarde así fue.

taza

Fuente de imagen: Palomilla Apocatastásica.

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Reducción


Son los kilómetros que van quedando atrás, mientras se reduce la distancia entre nosotros.

Al llegar, me abrazo a tu cuerpo y sé que es el lugar perfecto para mí. Sin embargo, como todo en esta vida, es finito, por eso lo disfruto cada instante.

Esta vez hubo silencios largos, porque vos sabés que podemos quedarnos así por horas y sentirnos ligeros. Porque el cuerpo sabe comunicarse de muchas maneras.

Se me ha quedado tu olor en la manos, la sensación de tu cabello entre mis dedos, el sabor de tu boca, como siempre, como nunca.

Siento la nostalgia de la primera dentellada, de los colmillos hundiéndose en la piel y la palpitación de la vida escurriéndose, vaciándose, volviéndose inerte.

Es imposible negar los monstruos en los que nos convertimos en noches como esta. En las que recorro la distancia necesaria para volver a la cacería que hemos iniciado hace ya tantos siglos. Aquella noche extraña en la que jugábamos a ser esos sabios, esos alquimistas buscando la vida eterna. Noches de gotas carmesí que luego no fueron suficientes.

Fue un juego de jóvenes, de estupidez, de abrir portales que debían quedar vedados. De hacer pactos, solo para probar si eran verdaderos, de aprender conjuros que estaban olvidados.

Me sigue gustando tu sonrisa cuando se tuerce, cuando se vuelve salvaje con el sabor de la sangre escurriendo entre tus labios y quiero entonces limpiarte, poco a poco, hasta que nuestro sabor se confunda.

Estoy atenta a tus pasos, siempre a mi lado, guiándome entre las sombras, a un solo ritmo, condenados a recorrer una y otra vez el mismo sitio, a hundirnos hasta que todo rastro de humanidad se borre por completo, hasta volvernos primitivos.

Mientras tanto, regreso como siempre, como nunca a tí, con la consciencia de que un día, también me darás caza.

02.nubes 2017-04

Fuente de imagen: Palomilla Apocatastásica

 

Sigo en la quietud


“Tu ardiendo con un beso de ginebra, tendida en el anochecer”

Real del 14.

Sigo tus labios con la mirada, cómo se mueven cuando articulan cada palabra. Me hipnotiza el sonido de tu voz. Dejo que sigas con las frases y me aprovecho.

Me acerco lentamente a silenciarte, con mi dedo, con mis labios, con mi cercanía que aceptas sonriendo.

Me cubres con tus brazos y dejo que las palabras se oculten por momentos entre los dos, para volvernos canción.

Marion Mtz

Fuente de imagen: Palomilla Apocatastásica. Artista plástica: Marión Martínez

Gotas y amaneceres.


“Es en Mogador la hora en que el sol toma por sorpresa a los amantes. No interrumpe sus besos desvelados, los ilumina. El aliento enamorado que los ata desde anoche en cada beso es un hilo de aire que no cesa, que los transtorna, que los convierte en un solo cuerpo y a la vez en mil”

Ruy Sánchez, A.

Abres la puerta, sonrío. Ambos hemos estado llenos de actividades, desde nuestras historias que se van desarrollando paralelas. Pero no eres ese personaje perfecto de novela rosa, sino uno muy real, con la expresión cansada, las canas en la barba, el gusto por el vino y los dedos cubriendo el teclado para construir nuevos mundos.

Es un instante perfecto, cuando nos volvemos perpendiculares y dejamos a un lado los insomnios para dedicarnos a sabernos juntos.

Desde la azotea de tu edificio, las gotas de la lluvia de verano, amenazan con diluirnos, pero son mas fuertes las palabras y las ganas de compartir todo lo que nos ha sucedido en estos días.

Nos hemos comprometido cada uno con nuestras causas, seguimos caminos que parecen no juntarse, sin embargo, siempre nos las arreglamos para hacerlo posible.

Es tu boca entonces una nueva sonrisa, el brillo de tu mirada adquiere tonos diferentes y tu ironía se vuelve cada vez más aguda.

He aprendido a disfrutarte despacio aún con los segundos a contra reloj. Hemos adquirido el tono justo para afinar nuestros latidos y encontrarnos en tinta y piel. A veces nos convertimos en colores, a veces somos sábanas revueltas y otras música apenas audible. Entre nosotros no hay promesas, te quieros o juicios, tampoco acuerdos a perpetuidad. Sin embargo, seguimos de cerca nuestros pasos y nos damos oportunidad de vivirnos.

Eres despertador de sueños, mientras el sol se cuela a través de las cortinas y el ruido de la calle empieza a elevarse paulatinamente. Te beso sin promesas de un mañana, me voy con la sonrisa de unas gotas de lluvia y la sensación de tu presencia junto a mi.

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Fuente de imagen: Palomilla Apocatastásica

Búsqueda


Me acerqué, el olor me provocaba una mezcla entre dulzona y nauseabunda. Era irremediable, cada paso me acercaba más a ese lugar.

Había pasado ya tanto tiempo. Creí que ya no sentiría nada, pero el corazón me latía tan fuerte que creí que todos los que pasaban cerca de mí, podían escucharlo.

El pasto había crecido demasiado, pero conocía perfectamente el lugar, había estado ahí tantas veces, que podía llegar hasta con los ojos cerrados.

Intenté concentrarme en algo diferente, como si esa sensación sofocada fuera a desaparecer tan fácil.

Temblaba, pero era necesario enfentar los hechos, nada sana si no se toman las riendas de las circunstancias.

Llegué hasta la reja, la puerta crujió y como siempre, me estremecí. En mi cabeza comenzaron a resonar gritos pasados, los reclamos impregnados en la banqueta, los sonidos sofocados que se estrellaban en la puerta, el llanto contenido y el sabor de la sangre en los labios. El dolor de permanecer ahí día tras día, en ese paulatino desvarío que fue haciéndose insoportable.

Toqué el timbre, solo por costumbre. Lo escuché resonar en la casa, aún a sabiendas que nadie abriría. El sonido resonó en los espacios ahora vacíos.

Me senté en el escalón, donde alguna vez, estuvimos tomados de la mano contemplando la luna.

Vomité.

Recordé la última vez que crucé el umbral, con las costillas rotas y la boca sangrando, con la vida hecha trizas y mechones de tu cabello en mis manos. Luego las luces rojas y azules y la sirena que taladraba mis oídos.

La ambulancia llegando, unos brazos que me hacían daño y me llevaban a una camilla donde por primera vez en mucho tiempo pude descansar.

Y dentro de mí, muy dentro, el crujido de tu cráneo al quebrarse con el bat.

Vomité de nuevo e intenté levantarme sin sentir mareos.

Avancé aún aturdida hacia la reja, saqué de mi bolsa el candado y cerré la puerta, por última vez.

Comenzó a llover y avancé por la calle. Quizás la lluvia fuera el remedio y pronto pudiera limpiarme de ti.

13.Blanco-negro

Fuente de imagen: Palomilla Apocatastásica