Publicado en Cuenterías

Apenas


parentesis
Fuente de imagen: internet

Fue el instante, ese paréntesis, lo inesperado. Estuvimos presentes, en un tiempo y espacio tan cercanos, que el resto del mundo pareció diluirse.

Era la palabra espejo, la luna menguando, el viento fresco de un atardecer rosado. Demasiado bucólico para existir, sin embargo fue real.

El roce leve de los labios que se buscaron y parecieron imantarse, el torrente de adrenalina entibiando el cuerpo.

Un mundo limítrofe sin porqué, un estado de fluidez que escurre en torrentes cantarinos. Dejar de lado la mente, apenas por segundos, que quizás, en otro mundo, en otra historia, en otras latitudes, puede ser un eon.

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Habitáculo


Había una vez, un escritor que creaba un personaje. Le puso lo que más deseaba. Unos ojos brillantes, agradable a la vista, el cabello oscuro, una voz dulce y obscura.

Colocó al personaje en una linda historia, donde había un tanto de rutina y una pizca de energía. Pero no resulto, el personaje no cabía ahí.

Pensó un lugar más adecuado, escribió un lindo prado y una cabaña junto al lago, el clima frío y el ladrido persistente de los perros en un día de caza. Dejó que la tinta se enredara en su cabeza hasta que el sol le dio de lleno en la cara. Pero el personaje de su historia, era diferente.

Hizo un nuevo intento y le regaló una plaza, regada con el sonido de una fuente de mármol, una larga escalinata y grandes caballerizas, reescribió una y otra vez el lugar, lo describió con gran maestría, hasta que la tinta le impregnó los dedos, le llenó la ropa, le inundó los ojos.

Se fue hundiendo lentamente en el sopor de la noche sin luna, de las sombras que se extendieron hasta el infinito.

Ahí en la nada, se encontró de pronto, en su mismo cuento, frente al personaje de sus sueños. Sorprendido, se acercó lentamente, con un frío que iba calándole los huesos, temblaba.

Alargó la mano con bastantes dudas y palpó ese rostro amorosamente construido, buscó sus ojos y se iluminó con el brillo que tenían, pero había algo indescriptiblemente triste, un desconsuelo tal, que no había manera de convertirlo en palabras.

Su personaje era perfecto, delicado, hermoso, pero estaba completamente vacío.

El escritor comenzó a llorar copiosamente, incontenible, adolorido, hasta diluir complentamente al personaje, llevándose con sigo, la ilusión de la perfección hecha palabra, pero inalcanzable.

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Origami y nigromancia


origami
Fuente de imagen: Palomilla Apocatastásica

Érase una historia ocurrida una noche de origami y nigromancia. Donde el papel cobró vida y saltó hasta rumbos desconocidos, mientras que la nave espacial acabó en mi buró.

Donde se amplió la conversación hasta las potencialidades, intensidades y frecuencias. Amplitud de onda y magnificación de las capacidades centradas en un punto real, tangible y concreto.

Donde el nigromante aparece en medio de la noche, entre incienso y velas. Donde las sábanas se entibian y el amanecer llega acompañado de una mirada triste que no encontró lo que buscaba.

Érase una historia sin lluvia, de contrastes, de frialdad y calidez. Érase un cuento con un personaje que existe pero no busca ser real.

 

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Atrofiada


Existe un momento en el que me hundo en ese ensimismamiento, una especie de paréntesis aeroportuario, donde navegan esas enormes ballenas metálicas que se deslizan sincronizadamente sobre líneas iluminadas.

Cuando abro la puerta y se vuelve también ventana, abismo. Gotea el líquido oscuro lentamente, humedeciendo los labios deshidratados de tanto soñar / soñarte.

Incoherente, desde que grito frente al espejo ¿quién eres? y la figura del otro lado se va alejando sin voltear siquiera.

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Otra yo


4. Pared
Fuente de imagen: Palomilla Apocatastásica

Limpiaba por la parte exterior el vidrio de la ventana de mi cuarto, entonces pensé que sería interesante que en ese mismo momento me viera a mí misma asomándome a la ventana.

La imagen mía, haciendo cualquier cosa, quizás limpiando un poco el peinador, mientras la yo real, podría observarme para saber un poco mejor quien soy.

Si lo pienso fríamente, no es tan terrible como la sensación de ver en el espejo un reflejo irreconocible.

Porque verme a través de la ventana, me coloca como espectadora de mi propia cotidianeidad, mientras que el espejo es una sombra, un espacio infranqueable, un portal que podría arrastrarme hacia espacios que no creo que sean seguros.

Seguiré pensando en esa posibilidad, quizás algún día, llegaré a saber exactamente quien soy, mientras tanto, sigo caminando.

¿Alguien que me pasa el trapo húmedo para acabar de limpiar?

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Página en blanco


caleidoscopica
Fuente de imagen: Palomilla Apocatastásica

Ella le preguntó como era el mundo afuera. Él contestó: No sé. Ella se volvió a dormir en sus pupilas, esos pozos eternos en los que siempre había anidado.

No recuerda exactamente cómo se dio cuenta de que estaba ahí, al principio todo era silencio, una gran ojiva acuática, serena.

Un día sintió algo extraño, como si algo rompiera de pronto ese sueño líquido, latente. Y se supo guardada en un sitio del que antes no tenía idea. Percibió una tibieza y un haz luminoso empezó a descender hasta llenar su espacio.

Luego el mundo acuático se volvió inestable, diminutas olas la mecieron. Ella tuvo miedo, pero escuchó algunos sonidos que le hicieron tranquilizarse: ¿Estás ahí? Le preguntó. Era una voz grave, triste, apenas un susurro.

A partir de ese día, por algunos instantes, descubrió lo que era ese otro mundo, algo enorme visto a través de una ventana, donde los objetos no tenían sentido. En esos momentos lo único que la tranquilizaba era ese sonido acompasado, un bum-bum que a veces se aceleraba.

Pero ese día estaba muy cansada, tan cansada de sentirse mecida sin control, de la luz que la obligaba a estar atenta. Así que soltó la pregunta algo inquieta. Afuera, eso que estaba afuera era incomprensible. No tenía respuestas, entonces decidió silenciarse a sí misma y quedarse siempre dormida en ese silencio, en medio de las pupilas.

 

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Solo pasó


Copia de palomilla-WEB
Fuente de imagen cortesía de Brunóf

Lo ví al atardecer. Como de costumbre el ajetreo me hizo ir distraída, el sol fastidiaba la vista. Él estaba ahí, venía de algún lugar que nunca sabré definir. Un acento diferente en su voz.

Se acercó lentamente y sonrió, en mi aturdimiento escuché un tanto confusa. Busqué entre mis bolsas pero no encontré nada.

Ví sus ojos, tan claros, como esas superficies brillantes azul verde. Su cabello crespo y largo. La tez tostada. De nuevo caí en su sonrisa, franca, amplia. ¡Qué bien se ve con ese sombrero! – Dijo.

Saqué la mano por la ventanilla. ¿Lo quieres? Es tuyo – respondí. Lo tomó, se lo puso y siguió su camino.

Escuché el sonido del cláxon, el semáforo cambió a luz verde, seguí el oleaje mecánico del tráfico.

Era el sombrero de rayas azules y grises. No sabré cuántas ideas se quedaron ahí guardadas, tampoco sabré si le será útil en su trayecto sobre la bestia. Espero que sí. La única certeza es que en este momento él va hacia algún lado, con el sombrero buscando nuevas historias que contar.