Bushido

“El camino del samurai se encuentra en la muerte” Fuente de imagen: Way of the warrior

Ayer me supe guerrera, no es una conclusión a la que uno llegue fácilmente. Quizás el tiempo me ha tendido varias trampas. Pero esas espadas, esas peleas, esos sai me hacen hervir la sangre.

El hematoma causada en pelea es marca de guerreros. Se perfectamente mis limitaciones físicas, pero ésas no me detienen. Es que lucho desde mi trinchera, no hablo de una heroína de comic o de ficción, sino de la persona que soy, de los retos diarios, de la reflexion dolorosa de ver mi entorno tan torcido y triste.

¿Cuál es entonces mi aportación? La letra, la palabra escrita y no soltada arbitrariamente al viento, la acción que debe conincidir con mis palabras. No puedo negarme a mi misma, sería deshonesto, el doble juego no es lo mío.

Así desde mi trinchera lucho por mejorar aunque sea un poco mi alrededor, constantemente intento corregir el fallo, primero el mío, luego los de los demás.

Entonces descubro 7 nuevos pilares, que no sustituyen a los 4 acuerdos, sino que los fortalecen

Aquí dejo ese paso acorde con mi mundo, que la espada, el puño y la letra sean otorgadas con la disciplina y la responsabilidad necesaria. Porque el camino del guerrero es solitario, pero al final, si se sigue con constancia, todo habrá valido la pena.

YU: Coraje – Valor Heroico

REI: Cortesía

JIN: Compasión

GI: Justicia

MEIYO: Honor

CHUGO: Lealtad

MAKOTO: Sinceridad, Verdad

“Haciendo imposible hablar con el tono de voz bajo, frío, apacible y sensato que me parece a mí, es el único que puede producir la verdad.”

Lessing

Yu

Los gritos alcanzaban a escucharse hasta su cuarto, paulatinamente fueron apagándose hasta dejar paso a un silencio que se rompió con el sonido de la sirena. Las luces rojas y azules se proyectaban por la ventana, no era la primera vez que pasaba.

Días antes, cuando se dirigía hacia su trabajo, pasó frente a una casa, ahí vio a una joven asomada a la ventana, con la mirada fija en su abdomen ya abultado. Como si estuviera en un letargo profundo.

Le preguntó a la mujer que vivía en la casa contigua, quien era la que se asomaba a la ventana. La mujer bajó la vista y le hizo señas para que se acercara. -No preguntes más, es mejor que no vuelvas siquiera a mirarla.

Apenas tenía un par de semanas de haber alquilado su apartamento, así que prácticamente sólo conocía al casero que le había ayudado a instalarse.

Pero la mirada de la joven de la ventana no lo dejaba en paz. Entonces escuchó los gritos, pero pronto cesaron y él creyó que había sido algo pasajero.

A la mañana siguiente se dio cuenta de que el vidrio de la puerta en la casa de la joven, estaba estrellado, a medio jardín estaba una silla con la pata rota. La vecina estaba barriendo la calle y sólo suspiró  fastidiada. No es la primera vez, murmuró. Quizás pronto todo acabe y podamos enterrarla, sería lo mejor.

Él sintió como una bofetada. ¿Cómo era posible que nadie hiciera nada? ¿Se habían vuelto todos tan insensibles.

La siguiente noche todo fue demasiado imprevisto, los gritos volvieron, pero cada vez más fuertes. Entonces él salió decidido a ponerle fin al asunto. No podía creer lo que estaba sucediendo.

La puerta estaba abierta y pudo ver claramente como un hombre jalaba de las muñecas a la joven de la ventana, la estrellaba contra una pared, le gritaba estupideces y la abofeteaba.

Entonces él entró a separarlo, ante la mirada atónita de ambos. La chica le suplicó por ayuda. Él sintió un golpe en la espalda y un dolor punzante en el costado. Aun así logró asestar un fuerte golpe que logró tirar al hombre en el suelo.

Tomó a la chica en brazos y salió de ahí, hasta llegar a su casa. Las patrullas llegaron minutos más tarde.  Mientras la chica y él eran atendidos comenzó a sentir un sopor tranquilo. Nunca más volvió a abrir los ojos, la punzada en el costado fue producida por una bala que le destrozó el estómago.

Rei

Un extraño frío atería su cuerpo, a pesar de estar en otoño, pero era necesario proseguir, enfiló hacia la salida de la ciudad, pisando a fondo el acelerador.

Tenía ya más de treinta. Vivía solo y le gustaba caminar por las mañanas antes de ir a trabajar. Tomaba el té en las tardes y amaba el viento. Quizás porque precisamente era el viento quien le traía siempre noticias de la montaña. La ciudad solía volverse insufrible, especialmente en los veranos.

Sus compañeros decían que era demasiado serio, conocían poco de su vida privada, era un hombre reservado. No tenía riñas con nadie, sin embargo era duro al momento de trabajar y exigía reciprocidad.

Se extrañaron por su ausencia. Era el primero que llegaba y su jefe le tenía alta estima. Ninguna noticia. Llamaron a su casa, nadie contestó.

El vehículo avanzaba lo más rápido posible, los kilómetros parecían estirarse hasta el infinito. Su corazón le gritaba que se apresurara, pero parecía como si el tráfico tuviera la consigna de detenerlo.

Por fin llegó. Hacía años que no iba a ese lugar, conocía el templo, la plaza, los huertos, la hilera de chabacanos a la orilla de la acequia. Se detuvo frente a una casa con un pequeño jardín sembrado con matas de fresas. Subió corriendo la pequeña escalinata. No escuchó los ladridos que salían de la cocina, tampoco el saludo de las mujeres que estaban en casa. Sólo atinó a dirigirse a la recámara.

Ahí estaba, con su rostro surcado por arrugas milenarias, con la mirada tranquila y la respiración agotada. La mujer más hermosa de su mundo, la más querida. Él se arrodilló al lado de la cama, le besó su mano callosa que tantas veces lo había consolado, la llenó de palabras, le dijo cuánto la quería. Entonces ella, le acarició por última vez el rostro, le regaló una sonrisa breve y exhaló.

Él dijo una plegaria, secó sus lágrimas y se dirigió a la cocina para comenzar con los preparativos de la despedida.

Jin

Los días pasaban mientras el frío comenzaba a aterir los huesos. Aun así, Mika creía que esa era la manera correcta de actuar. Tomó su ropa, se vistió tranquilamente, sonrió frente al espejo y salió. Llevaba su bolso casi vacío, acaso algunas monedas, apenas suficientes para comprar la comida del día.

Notó el pequeño jardín que estaba secándose, no había prestado mucha atención a eso en los últimos días, tenía la necesidad apremiante de llegar temprano al mercado, ahí quizás podría emplearse algunas horas y en el mejor de los casos, tendría dinero para el siguiente día. Es que cada vez ocupaban menos a las mujeres de su edad. Era demasiado vieja ya.

Salió de la colonia rumbo a la zona donde los camiones llenos de mercancía eran descargados. Ahí entre los cajones de madera, las arpillas de fruta, las cajas de cartón y el trajín entonces se dio cuenta de que ahí, en la acera, estaba el.

Era diminuto y sus pequeños pies iban descalzos, en la cara se podían ver las manchas producto de la anemia. Ya no lloraba, se había cansado hacía muchos días. Su madre le dijo que no se fuera, que la esperara ahí sentada mientras compraba algunas cosas ricas para comer, no se dio cuenta cuando su madre se subió al tráiler, cuando su rostro se cubrió de lágrimas y prefirió voltear a otro lado.

Mika pasó un par de veces por donde estaba el pequeño, hecho un ovillo cerca de unas rejas vacías. Entonces se acercó y le ofreció unos gajos de mandarina. El niño comió con avidez.

Hacía mucho tiempo que Mika había quedado sola, ahora que era vieja debía luchar para vivir, pero en su corazón aún existía esa llama que la abrasaba. Quizás no tendría mucho para ofrecer, pero el chiquillo no merecía estar ahí.

Mika lo tomó de la mano y lo llevó con ella por los puestos del mercado, hasta que le pidieron que ayudara a empacar en bolsas las manzanas. En vez de darle el pez, ella sabía que debía enseñarle al niño a pescar.

Gi

Tenía el semblante cetrino, todos los días estaba en la misma esquina, alzando la mano en espera de algunas monedas. Las personas que pasaban a su lado, apenas le dirigían la mirada. Algunas hasta hacían muecas desagradables.

Habían pasado ya un par de días desde el último bocado, el gato a su lado era más afortunado, el basurero le proveía de algo, además las cucarachas y las ratas siempre eran bienvenidas.

Volvía a casa al anochecer, con ganas de encontrarla iluminada, de tocar y que le abrieran la puerta. En vez de eso, sólo la recibía la obscuridad y la soledad.

¡Cuántos años habían pasado! La última vez que los vio, salieron hacia la capital, para intentar recuperar sus tierras. Apenas llevaban lo suficiente para el viaje. Luego supo que se los habían llevado presos, junto con otros campesinos que protestaban frente al palacio de gobierno. Así quedó sola.

No le dijeron nada más, nadie le supo indicar en que cárcel estaban, recorrió todas las comandancias de la ciudad, las dependencias de gobierno y hasta a Derechos Humanos. Nada, parecía como si se los hubiera tragado la tierra. No volvió a su pueblo, creía firmemente que los encontraría.

Esa mañana, como de costumbre se dirigió hacia las oficinas a las que cada día iba, con la esperanza de tener noticias de sus hijos. El licenciado la hizo pasar a la oficina y le ofreció un café. Entonces le entregó un sobre. Ella temblando sacó su contenido. Ahí un par de fotos de su esposo y su hijo, además una carta dirigida a ella, junto con dos actas de defunción. Ya no estarían nunca más a su lado. La carta contenía un título de propiedad, le habían devuelto lo que le correspondía y un boleto de autobús para su pueblo. Pero ya nada tenía caso. Dejó las cosas sobre la mesa  y salió a perderse entre la multitud.

Meiyo

La tarde caía. Se ciñó la bolsa a la cintura, tomó su equipaje y salió. La rabia contenida se iba apoderando de su control. No volvería, a sus doce años, debía hacerse responsable de sí mismo.

Las lágrimas rodaban por su rostro, aún le dolían las costillas, pero no había punto de regreso.

Su madre, desde la puerta lo veía alejarse, quería pedirle que volviera pero sabía que era inútil. No volvería hasta que lograra encontrar al hombre que había entrado la noche anterior y una vez más había golpeado a su madre. No era la primera vez, pero él quería asegurarse de que fuera la última.

Siguió su camino con la promesa de volver, en cuanto la deuda estuviera saldada.

Lo encontró en la cantina del siguiente pueblo, recostado sobre una larga barra. Se dirigió a él y lo sacó a empellones sin mucha resistencia, lo subió a duras penas a la caja de una camioneta que les ofreció un aventón y lo llevó casi a puntapiés hasta la casa donde su madre hacía algo de  comer para los niños pequeños.

Escuchó como la puerta se abría y no podía creerlo. Ahí estaba su hijo, que arengaba a su padre para que pidiera perdón. El hombre se negaba a hacerlo, pero su hijo se acercó y le dijo algo al oído. Entonces el hombre no tuvo más remedio que pedir perdón. Tomó sus cosas y se fue. Todos sabían que era mejor así.

Chugo

Mina quería saltar desde la barda, Irina intentaba convencerla de que era demasiado peligroso. La sostenía fuertemente de la mano, impidiéndole escalar hasta el tope.

Pero Mina era testaruda, no era la primera vez que se salía con la suya. Se zafó de su centinela y logró llegar al punto más alto. Desde ahí veía a Irina muy pequeña, con una expresión asustada. Entonces quiso ayudarla a subir, es que desde allá arriba podía ver las techumbres, las plazas, las calles, la gente que caminaba libremente, los niños de las manos de sus madres.

Trató de hacer que Irina subiera, le prometió que la ayudaría a bajar sin problemas, que nadie se daría cuenta. Atardecía y las luces de las farolas comenzaban a encenderse, aquello sería un espectáculo maravilloso.

Pero Irina no respondía, se iba convirtiendo en una sombra, que pronto terminaría mimetizada con la noche.

Mina sintió sus lágrimas tibias chorrear hasta sus mejillas, volteó por última vez hacia el lugar donde alguna vez su amiga Irina había trepado hasta la misma barda y desde  ahí había saltado para huir del orfanato. Mina no corrió la misma suerte, fue descubierta y castigada por su desobediencia, luego supo que Irina se había desnucado en la caída.

Pero era momento de cumplir su promesa, le otorgaría a Irina la libertad que también se debía a ella misma.

Mina saltó y logró alcanzar la rama del árbol de naranjo que estaba pegado a la barda. Algunas espinas le abrieron la piel, pero nada era tan grave que no valiera ese momento en que iba a dejar atrás su horror.

Alcanzó la banqueta y se alejó despacio sin volver la vista atrás.

Makoto

El camino del guerrero es solitario. Sabe que no habrá nadie a su lado cuando llegue la tormenta, tampoco cuando sus dragones rompan sus cadenas.

No habrá nadie en las noches  de luna llena, que puedan mostrarle algún sendero en medio de la tempestad.

Entonces deberá guiarse por lo que su corazón le dicte, escuchándolo aún bajo los ruidos ensordecedores de las masas alienadas.

En días donde la vorágine de la cotidianeidad parece devorarlo sin piedad, en la que insisten en ignorar su voz que va calmadamente haciéndose escuchar, con la palabra medida con una vara de justicia, una mezcla de dureza y a la vez de ternura por aquello que sabe incorrecto.

El guerrero intenta silenciar su propio desconcierto, las voces que en su interior pugnan por salir en tropel, sin norma alguna. Pero bajo esa oleada intempestiva guarda siempre la propiedad del que escucha, no sólo a sí mismo, sino a aquellos que puedan ayudarle un poco a encontrar esa utopía llamada verdad.

Fuente de imagen: Estrada aberta

Con este texto culminan mis cuentos de las siete virtudes del Bushido, dentro del camino del guerrero que debo seguir, este camino solitario que en estas fechas se ha sembrado, aprovechando que el Dios ha renacido en Yule. La semilla de estas siete virtudes deberá estar brotando para Beltane, que es el momento de florecimiento de la vida.

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3 comentarios sobre “Bushido

  1. Llevo muchos años intentando convertirme en un guerrero, siempre fallo, una y otra vez. Estas historias son muy inspiradoras. Deseo sacar mucha fuerza de mi interior para lograr mi sueño en la vida. Ser un guerrero.

Platícame que piensas de lo que escribo.

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