Descenso al infierno

Apuesta

El mercenario sacó de entre sus ropas el pequeño cofre, lo colocó suavemente sobre la mesa, recibió su pago en diamantes junto con  instrucciones de no perder de vista a su víctima. Sería una cacería lenta y dolorosa.

Ya solo, el Demonio sonrió satisfecho, tomó el cofre y lo abrió lentamente. Ahí, en el fondo estaba ese corazón, latía furioso, sanguinolento. Los brillantes hilos apenas conseguían mantener unidos los bordes de las heridas.

Se sacudía salpicando gotas rubí por todos lados. Una de éstas fue a caer precisamente sobre los labios del Demonio, quien la saboreó lentamente, deleitado por su sabor.

Tenía tiempo siguiéndole la pista, pero había sido un corazón escurridizo, que sabía permanecer en latencia por largos períodos. Minimizaba sus latidos para poder sobrevivir.

Pero había sucumbido, error de cálculo, le dio por intentar latir a contratiempo, jugar acompasado a otro corazón. Perdió la noción del tiempo y le ordenó al cuerpo que se doblegara ante él. El cerebro aceptó a regañadientes la orden y se dedicó a evitar la rebeldía de otros órganos.

Lo pescaron con engaños y fue así como lograron arrancarlo de su cuerpo, que quedó tendido en la cama con un hueco en el pecho y el estertor final que lo postraría por tiempo indefinido en un estado autómata. A final de cuentas los huecos en el pecho se cubren con algodón para evitar que la sangre escurra y un buen vendaje.

Apostó a ganar y perdió, es evidente que el arte de perder no es muy difícil.

 Morituri te salutant

Cada día era la misma historia, como tantas otras, esos mundos aislados intentando encontrarle la cuadratura al círculo.

Historias sobre el gran tablero del mundo, piezas que aparecen o desaparecen involuntariamente ¿Existen? Tal vez, pero muchas no son reales.

¡Define realidad! Se quedó sentada en la banqueta observando a su alrededor. ¡Cuántas personas caminaban en la acera! Iban y venían de tantos lados. Pero todo parecía una farsa, incluso la imponente fachada de la Gran Casa.

Quería enderezar su propia realidad, pero todo era tan ajeno. Nada le pertenecía, quizás ni ella se pertenecía a sí misma.

La soledad se vuelve más palpable en medio de la multitud. Tomó su mochila y recorrió el mismo camino. ¿Cuántas soledades paralelas?

Cayó la noche, como todas las otras noches, cansina y replegada, obtusa y triste. La música, placebo contra el silencio se repetía como un ritual bien aprendido.

Afuera, la vida. Los murmullos de los que conversan, el movimiento de los que bailan, las risas de los alegres, los llantos de los nacidos, los orgasmos de los amantes, los acompañados viven afuera, allá está ese mundo paralelo.

Se dejó caer pesadamente en la silla e intentó leer algo, pero sus pensamientos le impidieron concentrarse. Se obligó a cerrar los ojos y se dejó morir por algunos instantes. ¿Qué era la vida si no un mar de ausencias?

El Demonio trazaba signos sobre la tierra, almas, había suficientes almas pecadoras, ruines, miserables, pero prefería las almas solitarias, aquellas que caen en la tentación de sentirse de nuevo acompañadas, que cometen el error de creer que no están solas. Lo que no se han dado cuenta, o no quieren aceptar,  que murieron tiempo atrás.

Olvidos

“Si las puertas de la percepción fueran depuradas, todo aparecería al hombre tal cual es: infinito”

W. Blake

El tiempo no existe, es una ilusión, nos encontramos en un eterno presente. Los mortales están condenados a seguir navegando en las ilusiones, ahí es donde comienzan mis dominios, las ilusiones  no son más que conceptos, imágenes o representaciones sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por engaño de los sentidos.

El Demonio gustaba de jugar con esos artilugios de la mente humana, débiles mortales ávidos de ilusiones, dejándose llevar por la fe.

Así la encontró, ensimismada en resolver las preguntas que confundían su mente. Pensó que era el blanco perfecto para divertirse un rato.

Despertó de su letargo con la sensación de pesadez, el gato ronroneaba a sus pies. Aventó el libro sobre el escritorio y se estiró. El reloj marcaba más de las 3, le dolía el cuerpo por haber permanecido en esa posición forzada.

Abrió la ventana, un viento fresco soplaba haciendo sonar el windshime. Se preparó un café, era lo único que le caía bien desde hacía varios días.

Recordó al gato, debía alimentarlo, solía olvidarlo a  menudo, de no ser por los maullidos que llegaban a resultarle insoportables.

Vació la comida en el tazón y lo llamó varias veces. No hubo respuesta, las puertas estaban cerradas, seguramente estaría hecho ovillo bajo el sillón.

De pronto se dio cuenta de que todo estaba quieto, como si los sonidos se hubieran apagado, ni siquiera se escuchaba el zumbido persistente del refrigerador.

Entonces vio una mancha obscura junto a la puerta, ahí estaba el gato, con el pelo erizado y las orejas levantadas. Pero ningún sonido salía de su hocico, parecía suspendido en algún estado de parálisis.

Comenzó a reír incontrolable, todo le parecía tan cómico, debía estar aun soñando o algo así, sólo la taza de café derramándose le indicaba que estaba despierta. Intentó tranquilizarse cuando alcanzó a ver una sombra tras la puerta que desapareció instantes después.

Entonces el gato lanzó un maullido, más parecido a un chillido que la hizo crisparse y soltar la taza que se hizo añicos sobre el suelo, quemándole de paso la mano, con el líquido caliente.

Recordó que ya le había pasado algo así, pero era como la vaguedad de un sueño del que apenas se tienen atisbos, pero era una tontería. Lo único cierto era el ardor que se había intensificado en su mano, dejándola enrojecida.

Sueños

Los griegos le llamaron al sueño “el hermano de la muerte”.

Cardinali, D.

Cayó de bruces en la cama, la mano aún le ardía lo suficiente, tal vez duraría así algunos días. El gato maullaba afuera, alzando el cuello a cada rato.

Aún faltaba para el amanecer, era ese momento en el que el resto de las personas de la zona estarían en un estado de sueño profundo.

Disomnia, con esa palabra la cayó el psiquiatra, afectaciones en el REM, patrón circadiano bifásico y otra sarta de términos técnicos que explicaban su casi permanente estado de vigilia.

Fascinación, diría ella, pero no estaba en posición para contradecir al loquero, aunado a su “expediente” que marcaba Paranoia, como un trastorno de ideas delirantes. ¡Vaya con los trastornos psicóticos! Pensó, mientras veía los garabatos que escribía el tipo de blanco en la receta. Lo que querían era estupidizarla. Píldoras y más píldoras. Mejor que la dejaran en paz.

Abrió el cajón, aún conservaba los frascos vacíos. Hubiera querido dormir para siempre aquella noche, pero su madre era más parecida a un perro sabueso. Un poco más que se hubieran demorado los semáforos y no tendría que estar a merced de la vigilia, del tiempo, del corazón, ni de nada.

Cerró los ojos. Frente a ella ese rostro descompuesto, que aparecía desde el primer instante.

Se encontró entonces sentada sobre una cama, con la ropa hecha jirones y un olor nauseabundo sofocándola. Esos ojos, siempre enrojecidos, como si la conjuntiva fuera una bola roja de billar.

El aliento fétido le provocó una arcada seca, no tenía nada que expulsar, si acaso su propio intestino, luego escuchó  la voz rasposa y burlona, diciendo.

-Te lo preguntaré una vez más, ¿lo amas? le decía mientras hacía crujir sus costillas.

Ella lo veía con esa rabia que sólo los que han sido arrasados por el amor pueden hacerlo, pero guardaba silencio. A los demonios no hay que darles el placer de la súplica.

Escuchaba el sonido seco de sus huesos y sentía la punzada penetrante en su costado. Una mancha oscura iba pintando su blusa y las lágrimas chorreaban por sus mejillas.

-¿Lo amas? preguntó una vez más, limpiándole el sudor de la cara con su lengua. De nuevo la sonrisa estúpida.

-¿Acaso no sabes que es mío, lo puse precisamente para que vinieras a mí? ¿Te deslumbraste? Sigue siendo hermoso.

Ahora tú, estás aquí. ¡Qué ironía!

Despertó con la playera empapada. Vio de nuevo el reloj. Apenas habían pasado unos minutos. Intentó levantarse, pero el costado izquierdo le dolía. Se quitó la playera y vio sobre su piel una enorme marca amoratada.

Alea jacta est

“No eran tanto los monstruos quienes pedían comida, cuanto la soledad que por su cuenta los amamantaba”.

X. Velazco

Se levantó cuidadosamente, no podía caer de nuevo en las tretas de su mente, todo era un sueño. Es cierto que era muy recurrente, pero los sueños no son la realidad. Con esa frase intentaba convencerse de que no habría problemas, siempre y cuando se mantuviera despierta.

Esta vez había llegado demasiado lejos, el costado le dolía tanto que olvidó la quemadura de su mano. Intentó levantarse pero no pudo, así que se hizo ovillo sobre la cama y un temblor incontrolable se apoderó de ella.

Las lágrimas brotaron mientras la pregunta que le formularon en sueños daba vueltas en su cabeza: ¿lo amas? Así estuvo hasta que los primeros rayos de luz entraron por su ventana, el dolor comenzó a ceder. Ya había olvidado cuántas veces había estado en situaciones similares.

Pero amaneció nublado, de esas mañanas tristes donde es preferible permanecer en cama. El gato maulló en la ventana, regresándola al trajín cotidiano, a los asuntos de la vida, al café matutino.

Llegó a la oficina por mera costumbre. En el escritorio ya tenía un altero de carpetas. Se dejó saturar por los trámites ordinarios, intentando dejarse llevar por el automatismo. Quería estirar el día, evitar que llegara la noche. Era inevitable, tenía que dejarse llevar una vez más.

El atardecer fue digno de todas las lágrimas, el cielo enrojeció y luego compartió su húmeda y fresca penumbra con los insignificantes mortales.

Parecía como si el autobús avanzara más rápido que de costumbre, una jugarreta del ilusionismo en el que se encontraba. El vaivén monótono apenas interrumpido por los que subían y bajaban en esa absurda danza urbana del transporte colectivo.

Los párpados le pesaban, los ojos le ardían, eran apenas una hendidura que percibía la luz,  a medida que el sol caía, reiniciaba el dolor en el costado. Había tomado una decisión, una vez más descendería directo al infierno.

No podría dejarse vencer por el miedo, tenía que conservar la insignificante cordura que guardaba celosamente en algún lugar de su cerebro. No iba a dejarse arrancar el alma sin haber luchado.

Ya encontraría la forma de volver, sin descartar la posibilidad de sucumbir ante el artificioso espacio al que iría. No era difícil perderse en el engaño, a ciencia cierta, el infierno es tan parecido a la realidad que es necesario estar muy alerta para advertir las diferencias.

Espejismo

“Alguna vez hubo un lugar azul, era el único lugar donde existía la posibilidad de ser real”

Ella vio sus manos a través del agua, sorprendida de saberlas suyas, de moverlas a su antojo. Contempló luego de eones su rostro en el espejo. Se sentía plena, completa y sin necesidad de esforzarse sentía que volvía a vivir luego de un largo y doloroso invierno.

Se dio cuenta de que su cuerpo fragmentado volvía a ponerse en movimiento. Los delgados hilos aún se veían sobre las múltiples fisuras, pero la carne estaba una vez más unida.

Sonrió, al creer que ese espacio azul en realidad le pertenecía, no tardaría en darse cuenta de que aún faltaba un largo camino por recorrer.

El demonio acechaba en las sombras, tomando nota de las virutas de ideas que caían formando una historia que le sería muy útil.

Se acercó a ella mientras estaba sentada bajo un árbol, tan cerca que escuchaba el latido acelerado de ese cuerpecillo material. ¡Cuánta vulnerabilidad en esos átomos! Sí él quería, podía en un segundo aplastar entre sus manos ese corazón que lo irritaba. Siempre lo irritaban los espíritus ilusionados.

Las hojas del árbol comenzaron a caer repentinamente, cambiaron su tono usualmente brillante en primavera, por uno opaco y grisáceo. Un escalofrío le impidió seguir con sus notas. El cielo estaba despejado y el sol de mediodía lanzaba sus rayos sin compasión, pero ahí, se cubrió de hojas y una ráfaga fría secó también el tronco.

Ella sabía que no estaba sola, debía apurarse con sus anotaciones, el reloj de arena seguía contando los segundos, pronto debería llamar a la puerta, enfrentarse con su propio salvaje e indomable. Encontrándose de nuevo a sí misma, sería la única manera de vencer. De llegar en su camino solitario hasta lo más obscuro, denso y profundo del infierno, para ver todos sus rostros.

Pero necesitaba un poco más de tiempo para encontrar a Amaterasu Omikami, ella era la única que  podría guiarla en su largo camino, encontró en su viejo Libro de las Sombras los kangi que le ayudarían, el primero fue 図書館 seguido de 水 – 火 – 風  y en vez de la secuencia de la tierra, encontró  el 目.

Seguiría el trazo de la estrella, era la única manera de adquirir un poco de ventaja. El ser de los mil nombres y miles de huestes adquiría una forma nueva para ella. La salvación de su alma dependería de la confianza y una pizca de fe. Sólo la suficiente para que pudiera aferrarse a ella hasta con el último átomo de su ser.

 

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