Etapas

VelyaLeyva

Escultora: Velya Leyva

Shock

Inició todo con las primeras lágrimas, junto con algunas palabras apenas balbuceadas.

Se dio cuenta de que nunca había pedido ayuda. La idea en sí era tan triste, tan falta de humanidad. El peso de la realidad le cayó como una pesada carga sobre sus hombros. Sintió cómo su espalda se encorvaba.

El peso de la verdad llega a ser terriblemente abrumador. Intentó comprender los porqués, pero eran demasiadas preguntas sin respuesta.

Cerró su expediente, sería la primera noche que estaría ahí, esas paredes que la alejaban del mundo que conocía, tal vez pudieran ayudarle a entender en qué momento se le había resquebrajado algo muy profundo.

Recordaba entonces ese tornillo que poco a poco va penetrando en una superficie, escuchaba el sonido de la fricción del desarmador sobre la cruz, metal con metal. La incisión profunda y ese crujido que le perforó la aorta.

Volvió a sentir ese dolor penetrante en medio del pecho, una presión que la sofocaba impidiéndole respirar libremente. Las lágrimas se habían consumido, sólo quedaba ese estertor que la sacudía involuntariamente.

Sobre la mesa estaban todos esos papeles que guardaba en su caja de Pandora, de la cual sistemática y recurrentemente brotaban demonios antiguos, dispuestos a lacerar una y otra vez, sin darle tregua.

Llovía, tomó su saco y salió. Dejó que la lluvia calara hasta los huesos, hasta que sus pies se cansaran, hasta que ya no podía pensar. En su cabeza resonaban las palabras escritas en cada una de esas hojas, como sentencias añejas, apestando a podredumbre.

Supo que no estaba bien, algo faltaba, algo fallaba y había que descubrir que era.

Negación

“Cuando uno está rodeado de tinieblas, la única alternativa es permanecer inmóvil  hasta que sus ojos se acostumbren a la oscuridad”

Murakami, H.

Se sentó en la banqueta, le pesaba la ropa, más que el agua que escurría, era una pesadumbre la que no podía desprenderse. Quería fumar un poco, pero  los cigarrillos también estaban mojados.

Recordó cuántas veces la había buscado, las noches que le había hecho falta. En realidad prefería sus silencios a sus charlas largas, es que poseía una capacidad de aligerar los silencios, que parecía escucharse  el mundo mientras ambos callaban.

Los años habían pasado demasiado rápido, pero se le agolparon las palabras, esas que no los pudieron llevar a ningún lado. Todo era un hueco en la historia, un vacío doloroso, un recuerdo cargado de lágrimas que habían estado suspendidas por demasiado tiempo.

Intentó sonreír, pero ahora de nada valía, tenía la certeza de que no habría un nuevo “nosotros”, que sonaba tan acartonado y falto de sentido, entonces tomó conciencia de que tenía tan apretados los puños que los dedos comenzaban a dolerle.

Recordaba aquella tarde, el frío que le entumecía las manos, el hielo de las fuentes, la pista de patinaje. Fue simple, sólo escuchó un grito apagado y el sonido seco sobre la superficie de hielo. Las figuras borrosas y los paramédicos que entraron. Entonces la línea roja que quedó ahí congelada, sin poder esparcirse.

Era un hecho común, pronto todo volvería a la normalidad. Habló con sus padres desde el hospital y cuando llegaron sintió todo el peso del reproche en sus miradas, pasaron a su lado como si fuera una sombra y tuvo que conformarse con ver a través de la ventana del cuarto. Minutos más tarde un doctor le pidió que se retirara, ya no era necesaria su presencia.

Aún tenía esa sensación cuando pensó que no era posible que lo que decían esas hojas fuera cierto, era todo un burdo error, un fallo, un descuido. Una broma pesada que le habían gastado.

Ira o cólera

La ira sobrepasa, es irracional, acumulativa, aniquiladora.

Buscaría sin tregua a los responsables, no descansaría hasta dar con los que habrían urdido ese plan tan vulgar, encontraría su rastro y los haría pagar segundo a segundo, no habría piedad, la ley del Talión era su única ley, tan ciego estaba que no podía ver más allá. Su mundo era del tamaño de la ira que cargaba.

Su mirada perseguía cada rincón, intentaba descifrar todos aquellos signos que le dieran indicios de la forma correcta de comenzar esa cacería de brujas.

Era ese demonio, que escarbaba hasta lo más preciado, arruinándolo, transtornándolo todo, impidiendo la tregua, empecinado de sórdida imbecilidad como si fuera el gran perfecto, el intocable.

Sentía en sus manos el poder de destruir cuanto hubiera a su paso, sin importarle la fragilidad de las almas pequeñas, sin dar marcha atrás, tan sólo emponzoñándolo todo, cubriendo el mundo de esa costra de putrefacción que dejaba a su paso, palabra tras palabra, hechizaba, envolvía todo en la oscuridad de su propia enfermedad.

Había encontrado el detonador exacto, para destruirlo todo, para dar la estocada justo donde sabía que todo iba a terminar.

La muerte, le parecía el único camino seguro, pero para llegar a eso, había que ir carcomiendo la poca humanidad que quedaba en él, eso sería su perdición y la de todos los que alguna vez lo habían conocido.

Culpa

“La canción del remordimiento como preludio al pecado”

Mishima, Y.

Se acercó lentamente, escuchaba el crujir de sus pasos sobre la madera. Iba de un lado a otro, a la espera.

Los minutos pasaban sin piedad. Pronto habría que salir, no podía demorar más.

Abrió la puerta, con el temor de verle afuera agazapado de la verja. Tomó el callejón, intentando cubrirse en las sombras, pero las ventanas permanecían iluminadas, adentro se escuchaba el movimiento de las personas, pasos que subían y bajaban incesantes por la escalera, el trajín, el parloteo, el llanto sofocado.

Quiso huir, dejar eso a un lado, borrar los instantes en que lo vio entrar casi a rastras y desplomarse en la entrada. Eliminar el eco de los gritos de su madre y la fuerte sacudida que sintió al dejarle ahí.

Hacía apenas unas horas que las patrullas y la ambulancia se habían ido, la noche apenas estaba recobrando la calma pero dentro de su cabeza las imágenes se sucedían sin piedad, saturada de imágenes imborrables.

Se vio las manos y notó que aún estaban impregnadas de sudor y sangre. Se sentó en la orilla del callejón, bajo la última ventana, esperando que alguien le llamara por su nombre, aun cuando sabía que nadie podría llamarle nunca más.

Gran tristeza o depresión

“Era como si las emociones que suelen esconderse en el fuero interno hubieran sido rajadas, desventradas, y en carne viva produjeran intenso dolor”

Mishima, Y.

El sillón parecía el único lugar confortable en la casa, él junto con el sueño eran la pareja perfecta. Sólo bastaba arrastrar los pies unos cuantos pasos y dejarse caer un día más.

Tal vez era forzoso abandonarlo en ciertas ocasiones, tales como ir al baño… sólo eso.

Olvidó los días en que aún solía levantarse y asomarse a la ventana, pero afuera todo apestaba. Las personas parecían sonrientes, los perros ladraban y meneaban la cola. Se escuchaban las voces de las vecinas cada mañana, cuando se saludaban. ¡Qué monserga! ¡Cómo si la vida tuviera algo de agradable!

Se arrastró de nuevo hacia el sillón. Sólo tomará un par de semanas, le habían dicho, pero éstas pasaron y el demonio que habitaba dentro y le comía las entrañas se había enfurecido, impidiéndole concentrarse.

El tiempo se fue ralentando, como una lejana melodía, ya no escuchaba a nadie en casa, sólo eran sombras, que intentaban por todos los medios sacarle esa pesadez ignominiosa.

Recordaba como en sueños, haber visto las maletas en la puerta, escuchar como ésta se cerraba y luego el silencio reconfortante.

El demonio comenzó entonces a tranquilizarse, esa quietud lo mantenía a raya, pero de eso hacía ya mucho tiempo. Mientras tanto quedaba el sillón, que junto con el sueño eran la pareja perfecta.

Aceptación

“Contuve mi hemorragia con las vendas del autoengaño”

Mishima, Y.

La luz se colaba a través de la ventana, la noche era clara y permitía ver un poco las estrellas. Afuera, el viento soplaba meciendo los árboles.

Mientras observábamos la vida pasar a través del vidrio, sanamos con las melodías que nos van llenando el alma cansada.

Llegó el momento de rendirnos a la sabiduría, de sacudirnos el polvo luego de un largo duelo, una irreparable decadencia o una tristeza.

Nos comprendemos; cuando menos así lo intentamos, con el afán de lograr cierta tregua. Nos sabemos vulnerables, pero no débiles, luchamos pero sin esa ira que nos embargaba desde hacía mucho tiempo, sino con la conciencia de estar haciendo lo correcto.

A veces, apareces, mientras cavo mi tumba, ese pozo profundo donde han de colocar las cenizas que queden de este cuerpo endeble.

¿Morir? Creo que más bien se trata de renacer. El cansancio se ha apoderado de nosotros desde hace tanto tiempo que ya necesitamos un descanso, ese que tenemos como única seguridad en este mundo.

Nos despedimos con un beso tierno, cargado de experiencias que nos han ayudado a construirnos como uno, a pesar de estar en cuerpos separados.

Cierro los ojos y espero a que lentamente se vaya apagando la luz, esa que late en mi pecho, ese interruptor artificial que me permitirá por fin buscar una rendija diferente para partir.

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2 comentarios sobre “Etapas

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