Los capitales

El mustang de cobalto se erige soberbio apuntando agresivo sus coces. Nadie sabe hacia donde habrá que correr, sólo el hechizo de sus ojos de fuego convulsionando el aire dan un atisbo de sus intenciones.

Un corcel sin jinete, con la crin erizada y las venas marcadas y brillantes. Anuncia el ocaso de una era. Ahí no hay Tierras Medias, Nuevos Mundos y tampoco Mundos Felices. Sólo la aterradora certeza de que la fuerza impresa en su cuerpo servirá acaso para trascender, quizás ascender al Olimpo o descender al Hades.

Fuente de imagen: Zombie Slash

I

Yummi, yummi

Gula

Lo había conseguido, tenía la bolsa rebosante, las manos embadurnadas, el cabello revuelto y la mirada alterada.

Echaba una ojeada hacia atrás de vez en cuando, corroborando que nadie lo seguía. De su boca chorreaba una baba espesa color azul. Corría y a cada zancada,  masticaba un puñado de dulcecillos.

Sentía la euforia azul cada vez más cercana, un orgasmo bucal (su frase preferida). Se detuvo un momento, a gozar a plenitud, mientras un líquido amarillo chorreaba por sus piernas y empapaba el pantalón.

Comenzó a reír a carcajadas, a saltar incontrolablemente. Su mundo se llenaba de bullicio. En su estómago, se gestaba el sonido primitivo del bovino que regurgita eternamente su ansiada pastura.

Sintió una fuerte punzada en la espalda, se dobló en un espasmo sonoro, como si algo se hubiera partido, unas puntas afiladas rompieron la piel de su cráneo, sobresaliendo del cabello. Se le estiró el cóccix de un tirón. Escuchó un gorjeo frenético que salió de imprevisto de su garganta.

Baba azul, orina, gorjeos. Una mezcla burbujeante y espumosa que se fue evaporando, mientras los dulcecillos azules se dispersaban presurosos sobre la acera corriendo alocados sobre sus patitas.

II

Rascacielos

Lujuria

Se sentó junto a la ventana, observando detenidamente a los transeúntes, quería averiguar qué escondían bajo sus ropas. Aquella mujer de rojo, el joven de trotaba resoplando, la adolescente de con la falda enredada en la cintura para acortarla.

Sus manos se tensaban imaginando la tersura de sus pieles, la turgencia de los senos, la firmeza de las caderas. Aunque tampoco podía dejar de apreciar la madurez alcanzada con los años.

Quería tener de cerca el olor salobre del sexo, escuchar breves gemidos, alargar lo más posible la deleitosa tortura.

Volteó a ver su cama, el cobertor aún estaba inmóvil, tendía algunos minutos para gozar su inspección exterior. Se dedicó a buscar la ventana donde cada tarde podía ver la intrincada exhibición de cuerpos. No le cabía la menor duda: los humanos caen irremediablemente en el instinto de la cópula.

Era el momento, escuchó la respiración entrecortada que venía de la cama, el sonido de los movimientos bruscos causados por la sorpresa. Sonrió, humedeció sus labios, se acercó lentamente a la orilla de la cama, jalando lentamente la cobija hasta dejar al descubierto un cuerpo desnudo, que forcejeaba, intentando inútilmente liberarse.

Tomó el fuste, estrellándolo con fuerza sobre el colchón en repetidas ocasiones. También se desnudó, exhibiendo su miembro con orgullo.

Vio una vez más el rostro de la joven, no se acordaba de sus facciones, pero gozaba al ver su expresión asustada. Dio un chasquido con la lengua y comenzó a azotarla sin piedad.

III

Monotonía

Pereza

El reloj sonó a la misma hora de siempre, y como siempre fue silenciado por un rudo manotazo. J,  había llevado esa rutina por casi diez años. Debía tomar un baño y desayunar su invariable café instantáneo, acompañado con un par de panes tostados con mantequilla o crema de maní.

Arrastrando los pies recorrió el camino a la parada de autobuses en el que debía tomar la ruta de las 7:30am. Subió al transporte colectivo y se sentó del lado de la ventana. El camión se detuvo en Independencia y  Aldama, frente al enorme edificio gris que albergaba las Oficinas Generales de Control Ciudadano.

Presionó su código de empleado en la computadora junto a la entrada, que en ese momento marcaba las 8:00am. Las puertas del elevador rechinaron al abrirse. Subió hasta el piso 10 y se dirigió a su pequeño cubículo en el que debía llenar el papeleo correspondiente para atender los casos más apremiantes de Rebeldía Laboral.

La orquesta de las 50 computadoras que tenía el departamento en el que trabajaba, interpretaba el monótono ritmo acompasado con el clap, clap de los teclados. Al mismo tiempo que el leve crujir de las hojas que salían incesantemente de las impresoras. Junto con el ritmo de la tecnología se llegó la hora de salida.

El viernes largamente ansiado había llegado, recorrió la misma ruta de regreso a su casa. Calentó su plato de comida congelada en el microondas y alimentó al gato. Se puso ropa cómoda y se sentó plácidamente en su sillón, cuyo asiento tenía la forma perfecta para su amplio trasero, lograda con base en la perseverancia de los años.

Una vez  instalado cómodamente, alargó su mano hacia el control y prendió el televisor. Una sucesión interminable de imágenes bombardearon su cabeza, sus ojos se movían de un lado al otro, perdió la conciencia del tiempo. La oscuridad lo envolvió violentamente, pero no tenía ánimos para encender la luz. Sintió hambre pero decidió que no era tan grave y que podía esperar. Escuchó un maullido lejano que lo apremiaba, pero las imágenes seguían entrando en torrente a su cabeza. Así llegó la mañana, sin que él lo notara, y de nuevo la noche.

A partir de ese día, no hubo motivo para levantarse de ahí. ¿Cómo había llegado a ese estado? ¿Qué era lo que lo tenía en esa inmovilidad? No importaba, él solo quería seguir ahí, con la mente hueca, recibiendo pasivamente los rayos de colores luminosos transformados en imágenes televisivas.

Los días pasaron y la única indicación de movimiento radicaba en su pulgar derecho, que presionaba continuamente los botones del control. Sus pies dejaron de bailotear, los descansa-brazos del sillón se convirtieron en mullidas abrazaderas para sus antebrazos. Su espalda se fusionó con el respaldo, pero de vez en cuando se permitía una breve cabeceada.

Un día de manera casi inconsciente sintió una sequedad en el rostro, trató de hablar, pero de su boca solo salieron balbuceos, sus pies se encontraban adheridos al suelo, su espalda,  brazos y  piernas carecían de sensibilidad, el paso del tiempo los había transformado,  en una masa inerte.  Solo su pulgar temblaba incontrolable. Dirigió la mirada hacia la mano izquierda y pudo observar diminutas grietas, como si un campo yermo, erosionado, se hubiera desarrollado por la superficie de su piel, antes tersa.

La ventana se abrió de golpe, una ráfaga azotó inclemente. J, horrorizado y aún enfocado en sus dedos, vio como éstos comenzaron a desmoronarse, formando un montículo que fue creciendo  conforme el resto de su cuerpo seco se desintegraba.

IV

Historia

Ira

El sudor le llenaba la frente de perlas brillantes, sentía las mejillas ardiendo y el fuego quemándole el estómago.

Sus largos dedos se habían entumecido y las uñas se clavaban duramente en la carne tibia.

No lloraba, sólo tenía la certeza de la sangre que brotaba de sus muslos y las uñas ahí incrustadas.

Se mordió el labio, obligándose una vez más a callar. No faltaba mucho.

Apenas un par de minutos y todo habría valido la pena, ya no importaba el frío, el hambre o la soledad de los últimos meses. Agazapada y oculta en la oscuridad, esperaba inmóvil el momento oportuno.

Escuchó la puerta al abrirse, sus ojos ardieron con la luz al encenderse. Se abalanzó sobre él, con un grito de banshee.

Alcanzó a percibir el sonido del golpe, luego un crujido y por último un grito ahogado. Vio caer el cuerpo y descargó sobre él fuertes y repetidos puntapiés, hasta quedar exhausta.

Cayó de rodillas y comenzó a reír a carcajadas, volteó el cuerpo que apenas emitía sonidos. Horrorizada se dio cuenta de que todo era una equivocación, no podía ser él. La carcajada se transformó en llanto, un llanto desgarrado, vio ese rostro desencajado y lívido con una profunda herida en el costado. Lo había amado tanto y ahora, todo había terminado.

V

En un espejo

Soberbia

Manoteó sobre el buró hasta encontrar el despertador, logró como cada mañana, prolongar unos minutos más su sueño.

Luego decidió que era oportuno levantarse. Estiró su cuerpo obligándose a sentirlo de pies a cabeza.

Se levantó y fue a pararse frente al espejo observando atentamente el reflejo de su imagen.

Menuda mañana les esperaba a esos imbéciles. Sonrió imaginándolos enfundados en sus trajes negros y sofocados con las corbatas multicolores.

No había aún quién la desbancara, todo se lo debían a ella, quién les había dado la mano cuando no eran más que unos perros sarnosos. Sí, eso, perros sarnosos, no servían más que para llenar de papeles los escritorios. Ninguno como ella en los juzgados, sabía que era la mejor.

-El espejo no miente, pensó mientras abría la regadera.

Deslizó su pie sobre el piso húmedo, el vapor comenzaba a condensarse en la puerta del cancel.

-Apenas llegue al despacho y desearán haberse quedado en su casa. Nadie había podido hacerlo, los jueces estaban enterados, la sentencia debería salir en unas horas.

La coladera, obstruida impidió el paso del agua, casi alcanzaba el borde filoso.

El sonido seco fue sofocado por el ruido persistente del agua.

-Señora Clara, ya está listo su desayuno. Señora Claraaaaaaaa.

Sobre el suelo del baño, el agua formaba pequeño caudal, con líneas rojas que se iban diluyendo, en la regadera, el cuerpo inmóvil de Clara, en una posición absurdamente forzada. Sólo su mirada asustada evidenciaba que estaba totalmente consciente de su posición. Las lágrimas brotaron de sus ojos y se unieron al cauce que iba abriéndose camino sobre el suelo.

VI

Mundo amarillo

Avaricia

Subió una vez más hasta el último piso, recorrió el pasillo y se fue acercando despacio hacia la puerta del fondo, con el manojo de llaves en la mano, sintiendo con los dedos el borde de cada una, conocía a la perfección las líneas, protuberancias, dientes y cuerpos.

Volteó hacia atrás, para cerciorarse que nadie lo seguía, como cada viernes en la noche, el momento tan esperado cada semana, mientras el lento paso de las horas lo torturaba día tras día, hasta que llegaba el momento de volver.

Apenas se escuchó el “click” de la llave al abrir. Cerró apresuradamente dando una última ojeada al pasillo. Prendió la luz, si a eso podía llamársele de alguna manera, por que más bien era un ambiente violáceo de penumbra. La luz cenital caía lánguida sobre la superficie de una mesa de mármol.

La silla era apenas un esbozo, colocó su saco sobre el respaldo y se dirigió, aun saboreando el momento, al armario de ébano que cubría la única ventana, impidiendo cualquier indicio de luz, ahí adentro el tiempo, parecía detenerse.

Sólo el segundero del reloj que llevaba en la muñeca, era el que tenía la libertad de romper el silencio junto con el sonido de los pasos o la respiración.

Una nueva llave, que dejó al descubierto las oscuras entrañas del armatoste, donde se encontraba una caja de madera labrada, con herrajes de plata.

Colocó suavemente la caja sobre el escritorio y la abrió con la llave más pequeña. Dentro en cajitas de cristal y perfectamente “empaladas” había muchas cajas con mariposas. Sus alas amarillas brillaban bajo la luz violeta. Una a una las puso en un estricto orden sobre el escritorio hasta que sólo quedó la última caja.

Ahí estaba su más preciado tesoro, lo tomó delicadamente entre sus manos para contemplar extasiado su contenido, un par de ojos de pupilas amarillas. Besó la caja y con un suspiro pronunció una vez más su mágico mantra: “Te amo Susana”.

VII

Ser o no ser

Envidia

Los veía reír, a través del ventanal, observaba cada uno de sus pasos, luego los registraba en la libreta negra, con letra muy pequeñita.

Habían llegado hacía poco tiempo, pero fueron bien recibidos por los vecinos, al menos así parecía.

Julián había seguido a Adriana las últimas cinco semanas, veía cómo se estacionaba y entraba cada mañana en su oficina, sabía dónde compraba el café y que generalmente también llevaba golosinas de color rojo, las saboreaba hasta subirse de nuevo a su auto.

Le gustaba su sonrisa plena, su mirada tranquila, el collar de soles y su blusa negra de mangas ceñidas, su andar seguro y el cabello que parecía siempre estar revuelto.

En cambio, odiaba a Omar, detestaba verlo junto a la puerta del auto esperando a Adriana. También cuando regresaba a casa y preparaba la comida.

Julián se torturaba imaginando las manos de Omar, recorriendo a Adriana, borrándole la sonrisa con un beso, arrancándole la blusa de un tirón mientras ella reía divertida.

¿Acaso tenía algún derecho especial sobre los demás para tenerla?. Entonces, con la cabeza a punto de estallar, se encerraba en su cuarto tratando inútilmente de borrar las imágenes que él mismo había construido.

En el fondo, sabía que era absurdo pensar siguiera que ella se iba a fijar en él, aún peor pensar que podría dejar a Omar. Sin embargo, la deseaba, quería gozar contemplando de cerca su rostro, aprendiendo a tocar palmo a palmo su piel, escuchando su charla cotidiana a la hora del café.

Entonces escuchó a Omar, que estacionaba su auto. De nuevo había llegado temprano.

Sin pensarlo un instante, Julián salió con la firme idea de enfrentarlo de una buena vez. Cruzó la calle enloquecido, alzando los puños y lanzando gruñidos.

Omar aturdido no cayó en la cuenta de lo que estaba pasando, sólo sintió  un fuerte empujón y el frío en la espalda al estrellarse contra el vidrio de su auto, luego una punzada aguda en el costado, el frío, siempre el fío que ahora lo traspasaba con una hoja metálica desgarrando su cuerpo.

Escuchó aún sin reaccionar, el chirriar de un auto y el grito de Adriana, como si estuviera muy lejos, cubierta por una botella de vidrio.

Julián sintió un escalofrío, se apartó presuroso de Omar quien se sacudía convulso sobre el suelo.

Sonrió estúpidamente y abrió los brazos para recibir por fin a Adriana. Ella aterrada pedía auxilio a gritos y se alejaba de Julián que iba tras ella dispuesto a obtener lo que siempre había considerado como suyo.

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