Me gusta recordar la casa de la abuela

F. Terrazas.

Para mi Tita…

Enero 2007

Me da miedo el viento cuando cruje y silba por las ventanas,

me da miedo que vaya a arrancar los árboles te tajo del suelo y que deje expuestas sus raíces,

me da miedo que el viento fuerte diga cosas que no puedo entender

escucho murmullos lejanos, perros ladrando y todo se mueve.

Pueblo mío que estas en la colina, tendido como un viejo que se muere, la pena y el abandono son tu triste compañía, pueblo mío te dejo sin tu alegría…

José Feliciano

Prólogo

He decidido armarme de valor de una vez por todas (después de más de un año de terminado este relato), para darle a Tita este texto que surgió después de una desconsolada noche de llanto que me hizo literalmente “caminar” entre sueños y sollozos por la casa de mi abuelita.

Mi intención no era escribir sino purgar mi anhelo por volver, sin embargo así se fueron desenvolviendo estas humildes letreras que hoy comparto.

No se que tanto de esto es realidad ni tampoco pretendo que alguien me cuestione por lo escrito aquí. Simplemente hay veces en que las palabras se agolpan y los recuerdos requieren ser vaciados no exactamente en un “pensadero”

Espero que Tita disfrute cada una de las palabras que solo muestran la perspectiva de una de sus nietas que fue inmensamente feliz cada temporada vacacional de su infancia.

 “Palomilla Apocatastásica”

Tabla de Contenido

El camino y el río

La plaza y el “Pueblo de Abajo”

Mis abuelos

El ojo de agua

El abra de San Javier

Carmelita

La acequia

La casa de mi abuela

La Semana Santa

Granadas y duraznos

El réquiem de mi pueblo

Me gusta recordar la casa de mis abuelos, el pueblo querido.  Verme de nuevo caminando por ahí entre el olor de la comida, las conversaciones  apagadas, el trajín cotidiano, de un lluvioso verano.

Escuchar el sonido de los animales arreados al atardecer por los hombres en caballo, con su resonar de cascos y relinchos. Escuchar los mugidos y valares de los corrales. Y encontrarme de nuevo sentada en el escalón de la puerta contemplando los sonidos.

Imaginarme en la cocina viendo el llano desde ahí. Si llovía, el olor de la tormenta inundaba mis fosas nasales y el horizonte se oscurecía de tal manera que pensaba que nunca más iba a salir el sol. La piedra a la entrada de la casa que nos servía tanto de asiento como de mesita para la comida.

La casa de Tacho, que quedó abandonada y aún así nos causaba un gran alboroto subir por la entrada empinada y pedregosa. Ahí, una vez alguien me dio un abrazo reconfortante después de un llanto desconsolado por causa de una regañina injustificada.

Solía corretear entre la acequia o por el arroyo imaginando historias imposibles de lugares encantados. Disfrutar de las tardes en que nos enviaban al arroyo a jugar por largas horas hasta que mi mamá o alguna de mis tías iban enojadas a buscarnos por que ya se había hecho tarde.

Hoy quiero escribir todo esto antes de que los detalles se borren de mi mente, por que el tiempo corre inexorable y nada de esto se ha escrito aún.

El recorrido de la casa de mi Tita me atormenta, hay noches en las que aún vago por sus cuartos deseando estar ahí, regresar a esos momentos que me hicieron tan felices hasta más allá de mi adolescencia.

El camino y el río

El camino era o polvoriento o lodoso, había que ir con mucho tiento y mis ansias por llegar eran muchas, cada temporada de vacaciones.

Había que viajar por los llanos y las parcelas. En el camino hay un río, algunas veces caudaloso, tanto, que existía una “canastilla” de lado a lado, donde nos subían para cruzar. Era una aventura emocionante y a la vez aterradora. Nos colocaban en esa especie de plataforma de madera y estructura de hierro, solo unos cuantos a la vez. Después de la severa advertencia de quedarnos quietecitos y agarrarnos fuerte, la canasta cruzaba el río colgada de un grueso cable, también de hierro.

Varias veces sentía que iba a tocar el agua con mis pies y no podía evitar pánico cuando nos balanceábamos a medio río. Se escuchaba el rugir de la corriente revuelta y el arrastrar de todo cuanto se había encontrado a su paso. Entonces el canastillero debía comenzar a jalar del cable para llegar a la otra orilla.

Afortunadamente no siempre era lo mismo y salvo rara excepciones podíamos cruzar el río en la camioneta, aún con la zozobra de quedarnos atascados y tener que llamar un tractor del pueblo más cercano para que nos sacara del apuro. Era divertido agacharse para tocar el agua del río mientras cruzábamos a través de su cauce.

Ese río fue muchas veces nuestro huésped de días de campo. Bajo el boquecillo de álamos colgábamos cuerdas para formar columpios, tendíamos cobijas para descansar, armábamos fogatas y sobre todo gozábamos de la frescura de sus aguas. Algunas veces, si corríamos con un poco de fortuna, podíamos ver pececillos, siempre bajo la estricta vigilancia de los adultos,  que nos acechaban sin dejarnos hacer todo cuanto a nuestro antojo se nos ocurría. El día terminaba con nuestros ánimos y nuestras energías casi extintas. Y el tiempo de diversión cedía paso al sueño por el vaivén del camino de regreso a casa.

Quedaba aún un trecho del camino. Al llegar a  la cerca de piedra sabía que casi era el final del trayecto.  Desde esa colina se admiraba la preciosa vista del vallecillo arbolado del pueblo. Esa visión aún la tengo firmemente anclada en mis deseos.  En ese mismo lugar mi papá nos hizo prometerle que volveríamos de vez en cuando, aún cuando no quedara nada de lo que entonces había. Una  promesa que me sigue atormentando… hace ya ocho años que no vuelvo.

La plaza y el pueblo de abajo

La entrada al pueblo era estrecha, con un vado pequeño donde podíamos ver garzas blancas que revoloteaban molestas al ser interrumpidas por el sonido de los neumáticos. Las casas a los lados nos indicaban la llegada. La plaza con un pequeño quiosco destruido en no se que siglo nos recibía con sus arañas y sus hormigas. De éste solo quedaba la base con unos arcos empedrados que hacía las veces de fuerte de batalla, de casita, de castillo. En nuestra adolescencia el lugar de reunión idóneo para contar historias de terror o secretos de amores, besos y romances.

Cuando era niña mis tíos abuelos jugaban cartas en las tardes sentados en esa plaza. Era el centro “social” de ese microasentamiento humano, después de todo mis abuelos eran culpables de haber unido a las dos familias grandes del pueblo con su boda. Así que casi todos cuantos ahí habitaban estaban emparentados conmigo de una u otra forma.

Mi tío Jorge, un hombretón robusto y bigotón nos daba la bendición diciendo una sarta de “malas palabras” que siempre le sacaban una sonrisa forzada a mi mamá. Su nieta Diana y yo éramos muy buenas amigas, compartíamos muñecas, lonches y tardes de paseo.

El tío Manuel tenía su casa contra esquina de la plaza y me daba dulces de su tienda, yo le quería mucho pero murió joven. Aún recuerdo un día en que me dio una bolsa pequeña con jamoncillos de leche. Me dijo que por favor los compartiera. Lamentablemente para mis primos, mis papás, mis abuelos y mis hermanas al llegar a casa la bolsa se había vaciado misteriosamente. La única pista que pudieron encontrar fueron unas migajas del dulce en el fondo de la bolsa.

Su muerte me causó una honda pena, duré mucho tiempo con su sonrisa de muerte grabada en mis pensamientos. Nunca pude comprender la crueldad que sentí cuando me obligaron a verlo tendido dentro de su ataúd.

También vivían ahí mi tío Simón, mi tío Socorro, mi tío Jesús José, mi tío Cipriano (de él solo recuerdo que le decíamos pianito) pero con ellos no tuve mucho trato, mas que de forma ceremonial en la misa del domingo o en alguna reunión familiar. Todos ellos eran hermanos de mi abuelo.

Junto a la plaza estaba la Iglesia, de paredes de adobe siempre bien encalada, con el reglamentario vía crucis en sus paredes y el nicho de la Virgen, (mi prima me dijo hoy que es la Purísima Concepción), en Semana Santa había que ir a misa y cantarle a la virgen y también la sacaban de su nicho para la peregrinación. Las señoras de ahí le hacían vestidos y todos le llevaban flores de sus jardines. Los vestidos que le regalaban a la virgen eran muchas veces por mandas o por auxilio recibido.

La iglesia tenía un techo alto de madera con vigas gruesas. En el patio siempre crecían flores pero no pasto, era extraño, aún así siempre acabábamos jugando ahí mientras nuestros padres escuchaban la misa molestos por ver nuestra irreverencia eclesiástica. Solo una vez entré a la sacristía y nunca presté mucha atención a lo que ahí pasaba. Con excepción de la misa de funeral de mi abuelo.

El sacerdote que ofició era muy joven y acababa de perder hacía poco a su padre. Así que su sermón ha sido uno de los pocos a los que he respetado en mi vida. Su fervor me hizo sentir que verdaderamente había vida después de la muerte.

Ir a la plaza los domingos era un acontecimiento. En un pueblo pequeño no hay grandes cosas que hacer.  Mi madre nos llevaba a visitar a mis primos,  a jugar con ellos,  a ir a misa. Lo malo es que la “tradición” indicaba que éste día en especial debíamos vestirnos lo mejor posible, así que mi Tía Lupe renegaba continuamente conmigo, por que me negaba a ponerme vestido o falda y prefería mis jeans de siempre, mis playeras y mis tenis. ¡Caramba, eran vacaciones, no desfile de modas!

Recuerdo un día en que a regañadientes me obligaron a vestir con una falda blanca y sus respectivos zapatos muy formalitos. Así que molesta por eso decidí “caerme” en la acequia y regresé empapada a casa de mi Tita. A mi tía casi le da el ataque, pero fue la única manera de volver a mi vestuario habitual.

Siempre se recibía un dulce, una galleta o los “maizcrudos” presentes en todas las casas. Había una especie de trueque de comida. Así que en casa de mi abuela uno probaba de los panes, maizcrudos, quesos, gorditas, etc de todas las casas.

Como mis abuelos unieron las dos familias del pueblo a fin de cuentas todos eran primos míos o por lo menos parientes. Así que nos juntábamos regularmente en las tardes.

También podíamos ir a la cancha a jugar básquet o de chaperonas de vez en cuando. La tarde caía apaciblemente mientras nosotros sentados en la barda de la escuela donde formábamos parte de la porra o de plano corríamos en busca de las canastas para ganar el partido en turno.

Cuando crecimos cada uno de nosotros tomó su rumbo. Algunos de ellos emigraron a los Estados Unidos y no nos hemos vuelto a ver.  Es inevitable extrañar esos días. Tantos veranos donde conocía personas diferentes, que venían a visitar a su familia, y lo extraño era que de alguna manera incomprensible para mi, cada uno de ellos estaban relacionados conmigo; con mis raíces, con mi raza, mi tribu y mi clan.

Mis abuelos

Mis abuelos eran personas sencillas, campesinos que habían luchado mucho toda su vida, mi abuelo además era Policía Rural, yo la verdad nunca lo vi vestido de uniforme, pero si recuerdo su fusil y las armas que siempre tenía. Además del sombrero tan necesario para todas sus actividades.

De mi abuelo recuerdo sus pies con huarache de suela de llanta y cintas de cuero, su café de media tarde, su avena con plátano y chocolate, su cigarro que insistía en darnos a probar. También sus novelillas de vaqueros que lo ensimismaban algunas tardes.

Su saludo vespertino y su despedida antes de ir a jugar domino por las tardes en la casa del tío Juan. (Mi tío tenía una tiendilla y nos regalaba unas galletas duras cubiertas de azúcar glass amarillas y rosas, en el mostrador de madera tenía unas placas de lámina las cuales resonaban con el dominó)

El solía levantarse muy temprano para ir a la labor, a sembrar lo que el temporal permitía. Hacía grandes surcos con la yunta. Algunos veranos nos llevaba a fertilizar  la labor o a las mesas, pero por lo general terminábamos jugueteando entre los surcos y con las manos apestosas del fertilizante.

Al regresar a la casa jurábamos que habíamos trabajado tanto que merecíamos un descanso, sin embargo lo único que conseguíamos era un buen baño y una deliciosa cena. Que la mayoría de las veces consistía en un buen vaso de deliciosa leche bronca y panes, frijoles o alguna otra cosa que hubiera quedado a medio día.

Otras veces había que ayudarle a pizcar el maíz y al final del día, cuando el sol se comenzaba a meter, mi abuela y mis tías ponían una enorme olla con agua para cocer los elotes y todos comíamos ahí. Bajo los granados y duraznos que cercaban la parcela.

A mi me gustaba que mi abuelo nos subiera a los caballos, y que nos paseara en ellos por el pueblo. Mientras fuimos niños nunca pudimos ir más allá de la calle principal.

Mi papá respetaba mucho a mi abuelo, decía que era un hombre muy trabajador y muy sabio.

Él murió hace muchos años, su ataúd fue colocado en el cuarto azul, grandes cirios se colocaron en los cuatro extremos del mismo, las paredes  se quedaron impregnadas de los llantos de mi Tita, del olor a café y de un espeso ambiente de tristeza que casi podíamos tocar.

A mi  me angustiaba más la idea de mentirle a Karen, y hacerla creer que mi abuelito se había ido de viaje, y que cuando volviera le traería dulces y regalos. Después de todo Karen ya tenía dos años y los niños pequeños saben entender muchas cosas. Aún muchos años después mi prima seguía preguntándole a los que venían de visita si habían visto por ahí a mi abuelito, si él estaba bien.

Mi abuelo era un hombre de campo, sencillo, al cual yo quería mucho, aún recuerdo su mirada noble y llena de amor.

De mi Tita hay tanto que decir. Siempre fuerte luchando sola con todo el quehacer de una casa llena. Aún hay tanto amor en ella, con su mirada cansada y sus pasos lentos, sigue llenando mis oídos con historias de su vida. Me platica sobre sus padres, sobre la vida que tuvo, como llego mi tía Mila a su casa. Cuando murió su hermano Chico. Cuando les enviaron la primera caja de aguacates de California, que a fin de cuentas se pudrieron y lo único que quedó fue moho impregnado en la cajilla de madera. Queda tiempo aún mi Tita, para que me cuentes más historias y sepa entender mejor quien eres y por qué te quiero tanto.

Cuando mi abuelo estaba mas joven, trabajaba de trocero en la sierra. Mi Tita cuenta que la vida era difícil ya que había que hacer una olla de nixtamal y un jarro de frijoles diarios para el lonche de los hombres que se iban a la sierra, entre ellos mi abuelo. Iban a caballo a cortar madera, la cual arrastraban largos tramos. Mi abuela pasó años casi sola cuidando a mi madre y a mis tíos, mientras mi abuelo se ganaba la vida en las veredas de la sierra.

También había que ir a lavar al arroyo con lejía. Se iban muy temprano todos para ayudarle a mi Tita con las cestas de ropa, mi mamá y mis tíos se iban a la escuela. A medio día comían todos juntos sentados en las peñas mientras mi abuela continuaba su faena, regresaban en la tarde a la escuela y debían volver al mismo lugar para ayudar a mi Tita con las canastas, ahora llenas de ropa limpia.

Le gustaba criar animalitos, siempre tenía gallinas y cóconos. Además los gatos rondaban su mano amable y a cambio mantenían la casa libre de ratones. También tenía un perro, que siempre se llamaba “Regalo” no importaba cuantas veces fuera éste sustituido, el traspatio se resguardaba por un regalo.

Uno de esos “regalos” mató a mi mascota, un Cuyo pardo que había comprado y tuve que llevármelo por que no había quien lo aceptara todo un verano. Ese día saqué la jaula al jardín y el perro abrió la puerta y mordió a mi Gusy. Resultó demasiado obvio que por el tamaño del animalillo resultó con hemorragia interna y murió a los pocos minutos. Mi abuelita me consoló y mi abuelo lo puso en una caja de zapatos.

Gusy fue enterrado en el traspatio bajo un árbol de granada, su tumba aún existe y lo se, por que quedó un círculo de piedras en ese lugar que mi primo Paco insistió en hacer por que yo no pude pisar el traspatio en el resto del verano.

Mi Tita, tiene un carácter amable y una mirada tierna. Sus manos han sabido regalarme desde una probada de nata recién sacada de la olla, hasta una palmada de espalda cuando siento que las cosas no están bien.

El ojo de agua

La caminata era larga, las huertas eran grandes y había que atravesarlas cargadas de canastas y cosas para la comida. Bueno así era antes, se llenaban las canastas, los que podían iban a caballo, otros en burro y otros a pie.

En fin a mi no me tocaron esos tiempos, no es tan difícil encontrar un sendero cuando una maquina ha trazado un camino previo. El arroyo que cruza por el pueblo nace en ese Ojo de Agua. En realidad son dos manantiales de agua caliente que están en las faldas de un cerro. El de arriba es para los hombres y el de abajo para las mujeres. Ahí todo se divide así, todo es dual.

Lo entretenido era ir en familia. Con las camionetas llenas de comida, algunos pescados y carne para asar en las brasas. De igual manera la comida se quedaba a la orilla del arroyo. Los que iban a bañarse o solo a disfrutar del agua debían subir varios metros por una vereda pedregosa y bastante empinada. Con el cuidado suficiente para no acabar con las rodillas raspadas de una caída.

Al llegar al claro del sendero en el suelo se podía apreciar una especie de laguna pequeña en la cual podían estar hasta diez personas sentadas,  el fondo estaba cubierto de arena y el agua era lo suficientemente caliente para darse un buen baño incluso en invierno.

Mi papá cuenta que conoció a mi Abuelo precisamente en ese lugar la primera vez que visitó el pueblo. Que él y sus amigos estaban bañándose cuando llegó mi abuelito a caballo y mi tío tuvo que presentarlos.  A mi mamá la había conocido pocos días antes en un baile que se había organizado en casa de mis abuelos. Mis papás no recuerdan el motivo de dicha celebración pero mi papá dice que le gustó la güerita que andaba bailando con un empistolado, por su parte mi mamá asegura que no recuerda quien era su pareja de baile aquel día.

El abra de San Javier

Las tormentas son frecuentes en los meses de julio y agosto. Cuentan que el cielo en el poblado de San Javier se oscureció de pronto por una nube enorme. Esta nube parecía una gran culebra que iba engullendo a todas las otras nubes. Juntó tal cantidad de agua que cayó en forma de una horrible tormenta. Un rayo iluminó el cielo y abrió un manantial en un cerro cercano. El abra de san Javier.

Hay que pasar varios pueblos para llegar a San Javier. Un pueblecito que no tiene nada del otro mundo. Ese verano había mas movimiento que de costumbre. Mis primos  J y A habían venido a visitar a mi abuelita después de muchos años. También estaban unos tíos que la verdad, se habían instalado como si fuera hotel y tenían a todo mundo ajetreado sirviéndoles como si fueran los herederos de algún rey.

Mi tío aburrido de la vida del campo decidió llevarnos a visitar el Abra, yo creo que se aburría por puro gusto, por que mi abuelito y mi tío se la pasaban ocupados en la labor, o arreando el ganado, o alimentando a los animales, y él por supuesto no les ayudaba en nada.

El caso es que alistamos nuestras chivas, se juntaron con nosotros los hijos de mi tía Carmelita y nos fuimos en dos camionetas en busca de la diversión.

Tuvimos que estacionar las camionetas afuera de unas casas y como si fuéramos a acampar bajamos todas las cosas propias para un día de campo. Pasamos varias huertas, un par de arroyos, subimos por una vereda y ahí ante nuestros ojos se desplegó en un claro una brillante cascada con su laguna. Había bastantes árboles alrededor y nos dispusimos a disfrutar del día.

Mi primo J es una persona muy seria, gracioso, educado pero habla poco y curiosea mucho. El reto para aquel día era subir hasta la cascada. La peña se dividía en dos partes y nosotros por miedo solo llegamos a la mitad. Ahí había otra lagunita con agua fresca. Mi prima A siempre esta pendiente de su hermano, por ser la mayor siente o sentía mucha responsabilidad por su hermano. Así que se la pasó advirtiéndole que tuviera cuidado.

Por fin los más valientes escaladores llegaron a cima de la cascada. Ahí en lo alto había una piedra bastante grande de donde caía el agua hacia la laguna.

Todo pasó en pocos segundos. J curioso se asomó a ver la caída de agua y resbaló. Mi prima A lanzó un grito que aún me eriza la piel. La caída de la cascada formaba un remolino. Mis tíos al momento no supieron que pasó pero cuando nos vieron pálidas bajando como chapulines de las peñas supieron que algo andaba mal.

Rápidamente A les contó todo y ellos entraron a la laguna para ver que podían hacer. Afortunadamente J cayó en la orilla del remolino, y éste lo lanzó hacia fuera, por eso quedó adherido a la pared de la piedra, debajo de la cascada. Mis tíos le lanzaron una cuerda y con ayuda de  todos logramos jalarlo contra la fuerza del remolino.

La histeria colectiva no se hizo esperar, A y J se abrazaron y lloraron hasta agotarse. Los demás perplejos nos que damos mudos viendo la escena que pudo haber sido aún mas aterradora. Mis tíos decidieron que era hora de volver a casa. Solo habían pasado un par de horas desde que habíamos salido de ahí. Mi tío nos hizo prometer que no diríamos nada y que ellos lo platicarían con mis abuelos.  Así que llegamos a casa con la cara cetrina, el estómago hecho un vuelco y los ánimos por los suelos.

La excusa que dieron mis tíos por haber vuelto tan pronto era que nos había dado hambre (y nosotros con las mochilas aún llenas con la merienda) y que mi tía se había sentido muy mal. J acabó con el estómago y el pecho raspados, además de  las manos lastimadas.

Ese día aprendí cuan frágil es la vida, nuestro bello día de campo se convirtió en una lección para todos. Un par de días mas tarde mis tíos se marcharon con todo y hielera llena de refrescos,  parrilla portátil y la culpabilidad a cuestas.

Carmelita

Mi tía Carmelita es hermana de mi Tita, quedó viuda después de tener a Pepe, si mal no recuerdo en total son trece sus hijos. Ella tiene su casa cerca, como a unos cien metros de la de mi Tita.

Mi Tía llevó una vida muy pesada, y no era para menos, ya que alimentar a tanta familia sola era una verdadera hazaña. Sus hijos mas grandes migraron a los EU buscando el American Dream y así ayudaban con la economía familiar. Ahora solo quedan dos de sus hijos en el país.

Mi tía M, una de las hijas de mi tía Carmelita decidió muy niña que la casa de su mamá estaba demasiado saturada para seguir ahí, así que un buen día se fue a casa de mi Tita y ahí se quedó hasta que se casó.

Esa casa siempre fue un lugar intrigante para mí, ya que mis primas venían cada verano a visitar a su abuelita Carmelita. Mis primas viven en los Estados Unidos y siempre traían las maletas llenas de novedades extrañas.

Al llegar a la adolescencia (aborrescencia) acostumbraban cargar con una serie de afeites de todo tipo. Un verano una de ellas traía un sombrerillo negro al cual le cambiaba diariamente las cintas en coordinación con la ropa que traía. La verdad su mundo era inexplicable para mi, aún no puedo comprender como una persona puede utilizar tal cantidad de maquillajes y que cada uno de esos frasquillos deba utilizarse en un sitio en particular.

Por mi parte aún sigo en la misma incertidumbre y procuro evitar tanta complicación. Una vez escuché una frase que decía que las mujeres no tienen rostro y que por ello deben cargar con muchas cosas para dibujarse la cara cada mañana. Esto era particularmente cierto en ellas. Sin embargo yo las quiero mucho, aunque hace muchos años que no las veo a todas juntas.

Siempre solíamos salir a jugar juntas, éramos una especie de congregación y acostumbrábamos idear historias para divertirnos. Preparábamos bolsas o canastas con comida para irnos a pasear al arroyo. Cuando mi hermana fue más grandecita  también iba con nosotros.  Entre todos podíamos armar excursiones periódicas a la acequia o a la plaza los domingos. Era divertido escaparnos de las actividades de los mayores para darnos un buen chapuzón o seguir el cauce de la acequia esperando que una cuadrilla de corceles nos persiguiera en bosques encantados.

Luego al crecer las más grandes pedían prestada la camioneta y nos contentábamos con pasearnos por la misma calle de arriba para abajo todo el día. Un verano caluroso y seco cantamos a voz de cuello: Que llueva, que llueva, la Virgen de la Cueva… en la camioneta.

El día de San Juan era tan esperado por nosotras, había que “solicitar” con la debida anticipación el caballo para pasear. En ese día todas íbamos a caballo por un rato. También nuestros primos salían a pasear. Pero al final debíamos ceder paso al descanso por que nuestros traseros acababan adoloridos por la falta de costumbre a las actividades campiranas.

Las tardes eran de algarabía, podíamos sentarnos a platicar y a jugar por horas, hasta que la luna llegaba al tope del cielo. No importaba el tiempo, ni el cansancio. Solo tomábamos conciencia de la hora cuando escuchábamos la voz de mis abuelos que nos llamaban desde el dintel de la puerta.

De todos mis primos el que más me agradaba era T, con su forma de aparecer por ahí siempre cargado de cosas extrañas. A veces con herraduras, o con herramientas, otras con fruta o refrescos. Le gustaba husmear por ahí como ratón en los sartenes de Tita, para ver que había preparado. Tenía una risa contagiosa y una forma muy divertida de decir las cosas.  A veces se enojaba y debíamos dejarlo en paz. Pero era un buen chico. He sabido que tiene dos hijas y que no le fue bien en su matrimonio, aunque no puedo imaginármelo de papá.

Mi tía Carmelita tiene una manera muy distraída de hacer las cosas, tal vez peculiar o simplemente poco ortodoxa. Aún ahora la puedo recordar asustándonos sobre la historia del “viejo que vivía en el cuarto del fondo” donde en realidad tenía una bella estancia que nos prohibía tocar. O sentada en el portal de su puerta platicando con Mica las cosas que habían pasado durante el día. La he visto hace poco, ahora su andar es cansado y sus ojos grises como los de mi abuela, pero aún tiene ese humor que la hace especial. Solo ella puede ser Carmelita.

La acequia

El traspatio tenía una puerta de madera con una aldaba de metal, muy grande, ésta daba directo  a las porquerizas, pero la vereda seguía mas abajo. La acequia pasaba detrás de las casas, uno podía seguir su cauce que terminaba irremediablemente en el arroyo. Aparentemente era una corriente de agua sin mucho problema, recorría el pueblo, lo atravesaba y volvía a recorrerlo. Seguir sus aguas a veces era difícil por que se escondía tras una barda o alambrado y había que rodear un trecho para volver a sus límites.

Su agua siempre limpia podía refrescarnos la cara, lavar nuestras manos y hasta servir para quitarnos la sed. A veces nos sentábamos en la orilla para mojarnos los pies, en los días más calurosos. También habías suficientes bellotas como para dejarnos un dolor de estómago agudo después de darnos un gran atracón.

En tiempo de lluvias ésta podía crecer lo suficiente como para mojarnos hasta las rodillas y dividir el pueblo en tres partes. Así que quedábamos aislados hasta que el nivel del agua bajaba lo suficiente.  Entonces el agua rebosaba hasta el borde y escurría en forma de cientos de cascadas hacia el arroyo que corría algunos metros más abajo.

A la entrada del pueblo la acequia se convertía en un arenal, podíamos ir ahí con botes para hacer castillos. O a días de campo por que para nosotros era similar a las playas más hermosas, de cualquier manera siempre llevábamos nuestra buena cantidad de provisiones por si el hambre nos llegaba de manera repentina. Al atardecer solíamos  acostarnos a descansar bajo el álamo de la orilla

El tío Patricio tenía una huerta ahí cerca, con árboles de membrillos y peras. Cuando era temporada solo bastaba levantar la mano para arrancar algunas frutas, corríamos a lavarlas en el limpio cauce y ahí mismo desaparecían. A la entrada de su huerta la acequia desaparecía bajo la arena, como si hubiera una coladera enorme que la engullera para no dejarla seguir su camino.

Una vez en esa misma acequia siendo ya mayores, nos llegó un aguacero. Entonces el verdadero caudal llegó al tope. Mis primas y yo estábamos empapadas hasta los huesos y la corriente era bastante fuerte. La camioneta no podía cruzar así que decidimos hacerlo nosotras, antes de que nuestros padres nos castigaran más que lo que ya nos merecíamos. Hicimos mano cadena y con un poco de pericia y bastante miedo pudimos cruzar al fin el cauce. Afortunadamente no pasó a mayores, solo una bañada de lluvia torrencial.

La casa de mi abuela

Las casas siempre mantenían las puertas abiertas, sobre todo en el verano en los cuales mi abuelita acostumbraba vender “hielitos o paletas”

Pero siempre salía perdiendo por que nosotros nos encargábamos de comer suficientes antes de que llegara su “clientela”.

En invierno las cosas eran diferentes y casi nunca íbamos, mi mamá es muy friolenta y prefería pasar la navidad en la ciudad, al abrigo de la calefacción. Sin embargo, recuerdo algunas ocasiones que por algún motivo se decidía lo contrario. Era reglamentario pedir posadas con el cantillo de: Eeeen el nombre del cieeeeelo. Ooooos pido posaaaaada… pero al final disfrutábamos mucho con el atole de trigo, los panes, los tamales y el champurrado. Además había que estar cerca de la estufa y al dormir era casi imposible moverse por la cantidad de cobijas que nos ponían encima. Cobijas de lana que traían de la sierra, de esas de tejido muy apretado y que pesaban mucho. Pero como dije antes eso era solo en el invierno.

Sin embargo recuerdo una ocasión en que mi Tita se empeñó en hacer panes pero en su estufa de leña. Al abrir la puertita de la estufa encontraron hollín añejo y sobre éste a un pajarillo que tenía ahí eternidades. Le dieron al pequeño pajarillo un mini velorio y fue directamente a parar al bote de basura. Limpiaron concienzudamente el horno y prepararon unos deliciosos panes. Sin embargo sus cabezas estaban completamente llenas de cenizas.

Es comprensible saber que no había razón para cerrar las puertas con cerrojo, por que todos nos conocíamos. Cada día se recibían varias visitas, de primos, tíos, sobrinos, y parentela en general que iban por diversos motivos.

El pequeño pasillo de la entrada tenía siempre un espanta espíritus colgando. El último que recuerdo claramente era de delfines y sonaba de manera casi permanente con cualquier airecillo que osara atravesar el umbral de la casa. Alguien debió regalárselo a mi Tita de algún viaje de playa.

Ahí hubo alguna vez un pequeño sillón tejido con cintas de plástico morado, que poco a poco y gracias a nuestra ayuda se fue destruyendo. Había maceteros con plantas a los lados de la puerta. Era un sitio fresco y uno podía ver claramente lo que pasaba en la calle.

A la izquierda del pasillo estaba la recámara de mi Abuelo, era pequeña y tenía una puerta que daba a un jardín olvidado, generalmente lleno de hierbas altas, donde algunas veces mi Tita tenía pollos o coconitos.

Recuerdo vagamente una noche en especial, una víbora de uña apareció, se quería comer a los pollos y había cumplido su cometido, estaba ya bastante gorda con una de las crías atorada en la garganta.

La recámara “chiquita” tenía también una cómoda de madera, junto a ésta se encontraban unas “petaquillas” laminadas de colores, muy viejas, que siempre pensé que podrían contener viejos tesoros. No nos dejaban abrirlas, pero siempre he tenido la curiosidad de saber que se encuentra aún dentro de ellas. En esa pequeña recámara estaba la televisión, en la que por cierto solo se veía el “canal de las estrellas” y no muy claramente.

Mi Tita tenía dos mecedoras metálicas ahí siempre dispuestas a recibir a quien quisiera distraerse un poco. De cualquier manera la cama tenía generalmente a alguien tratando de que la antena sintonizara correctamente la señal. Aunque un día mi primo Toño se dejó caer molesto en una de las mecedoras y fue a para directamente al suelo. Recuerdo que mientras más nos reíamos mas coraje le daba, así que se despidió de mi abuelita sin disculparse por haber roto la mecedora y nosotros nos quedamos riéndonos de él hasta ponernos colorados. También nos daba por subirnos todos en bola a la cama a ver películas, un buen día viendo “El Rey León” tuvimos que consolar a Saulín, que lloraba copiosamente por el hecho de que “el toro Pumba” iba a cornar al león cachorrito.

De lado derecho del pasillo estaba una recámara grande. La puerta gruesa de madera tenía una gran aldaba, mi abuela decía que ahí había sido tienda hacía muchos años. Tenía tres camas, también viejas, con cabecera y piecera de latón. Eran altas y rechinaban por las noches.

Ahí dormía mi Tita, siempre en la cama junto a la ventana, la ventana era pequeña y también con puerta de madera y aldaba.

Como no había luz eléctrica en la calle, (afortunadamente en la casa si), en las noches sin luna la sensación de despertarse a media noche era de total oscuridad. Aunque se tenía la precaución de colocar un quinqué en la cómoda del cuarto y otro sobre el closet por si había apagón. La oscuridad era tan negra y si por alguna circunstancia despertabas, sólo escuchabas los sonidos de la noche, los grillos, ladridos de perros y también coyotes. En ocasiones vacilaba un momento hasta que caía en la cuenta donde estaba. La única luz que podía filtrarse era la de la luna llena, a través de la ventana de mi abuelita. Afortunadamente no he vuelto a despertarme en semejante oscuridad (y la verdad no quiero), como pozo profundo del cual solo se escucha el eco.

A mi me gustaba la cama del fondo. Esta cama daba a una puerta para la calle, también tenía un closet con puertas de espejo y una llave de hierro.  Tenía mi Tita una máquina de coser, a la cual debía pedalear para que funcionara. Generalmente permanecía cubierta, pero cuando se destapaba era divertido ver la serie de poleas o bandas que la hacían funcionar y como mi Tita movía su pie rítmicamente para activar el artefacto. Tenía también una cómoda grande con varios cajones y un espejo grande encima. Lo que si se es que cuando no había visitas en casa mis abuelos dormían en esa recámara, pero lo curioso es que cada uno en una cama.

Este cuarto grande fue nuestra recámara de verano, yo quería que mi prima Lily fuera también con nosotros y dormíamos juntas, a mi mamá y a mi tía no les hacía gracia la idea por que sabía que duraríamos despiertas platicando hasta muy entrada la noche y no las dejaríamos dormir.

Sin embargo no me gustaba dormir en la recámara azul que daba al jardín, ésta última  se encontraba junto al comedor, y tenía una gran ventana que daba al jardín.  En las noches iluminadas por la luna llena las ramas de los árboles del jardín nos hacían alucinar formas extrañas, además ahí estaba un peinador que mi abuela atesoraba mucho y no nos dejaban entrar ahí seguido.

Nuestra recámara estaba comunicada a la cocina por una puertita con cortinas. Así que nos levantábamos cada mañana con el olor del desayuno, el hervor de la leche bronca recién traída del corral y las palmadas de mi abuelita, mi mamá y mi tía haciendo las tortillas de maíz cada mañana. También solían preparar avena, no me gustaba mucho pero había que almorzar bien para poder salir al patio.

El comedor era amplio, tenía una mesa con ocho o seis sillas, varios macetones con helechos u otras plantas que mi Tita atesoraba. Era el lugar de reunión y la pasada para el patio.

Éste era grande (enorme a mi parecer) mis tíos y mis primas vivían al otro lado del patio. También había dos corrales grandes, un granero para guardar la pastura (mi abuelo siempre tuvo ahí víboras para alejar los ratones), no podíamos entrar ahí sin la supervisión de algún adulto.

Había un jardín con higos blancos, duraznos, granadas, mandarinas. Ahí podíamos tranquilamente jugar a los pastelitos, salidos directamente de lodo del jardín. Una palmera alta en el centro. Un traspatio con nopales, duraznos, membrillos, granadas, también un horno grande que yo nunca vi prendido, un pequeño molino manual, la puerta hacia la porqueriza y la acequia.

Una vez en una rama baja de un durazno mi mamá encontró un pequeño nido de colibrí. Era tan pequeño como una tacita de te japonés, en el fondo, bien colocados estaban dos pequeños huevos blancos, parecían esos dulces de chocolate en forma de huevito. Nosotros íbamos todos los días a ver los huevecillos hasta que un día salieron unos polluelos diminutos. Desplumados, con grandes ojos y piquillos hambrientos. Los papás colibrí iban a alimentarlos.

Quiero imaginarme que los polluelos crecieron como debe ser.  Que se escaparon de las patas del perro y de la voracidad de los gatos que tenía mi Tita, amos y dueños del patio y sus alrededores. Y con la autoridad materna para cazar  todo tipo de alimañas y animalillos pequeños que consideraran adecuados.

Ese patio también era sinónimo de muerte. Era donde se calentaba el cazo para los chicharrones, donde se sacrificaban a los pollos y a los puercos. Donde me tocó escuchar el sonido aterrador de los puerquillos que iban a ser sacrificados y de las gallinas degolladas cuyos cuerpos saltaban sin cabezas arrojando sangre por doquier hasta que súbitamente quedaban inmóviles.

Mi abuelo decía que era parte de la vida, cada vez que yo le arremetía con mis reproches por haber sacrificado a un animalillo. Sin embargo mi abuelita de corazón mas blando debía hablarle a la vecina para que sacrificara a las gallinas, dice que por que se le hacía muy feo sacrificar a los animales que ella con tanto cuidado había criado.

El hecho es que me tocó ver esos sacrificios y otros pocos en el corral mediano. Donde estaban las borregas y las chivas. Aprendí que las borregas se dejan guiar por su verdugo y que lloran. El corral grande era para los cóconos, los caballos y las vacas. A las que había de ordeñar dos veces por día y que daban esa deliciosa leche bronca que ahora los nutriólogos dicen que es dañina por sus grasas. De cualquier manera saborear un buen vaso de leche bronca con ate de membrillo y queso es uno de los mayores placeres de mi vida, al igual que comer “semitas” con nata y azúcar.

Muchas noches de verano, cuando el cielo estaba despejado nos sentábamos a platicar en la escalinata o simplemente a contemplar el cielo, tendidos boca arriba, sin que los piquetes de mosquito nos importaran gran cosa. No he visto de nuevo noches como esas, el cielo cubierto de plata, la vía láctea perfectamente definida, millones de destellos y una vez estrellas fugaces. Todavía siento aquella inmensidad que no comprendía totalmente. Mi papá me decía los nombres de las constelaciones pero para mi aquello era tan grande y tan inexplicable que aún no he podido aprender eso.

También las luciérnagas engalanaban el jardín, las atrapábamos y con cuidado las poníamos en frasquitos. Lucecitas voladoras de tonos verdes. ¡Qué simple era la vida para mi entonces!

Junto a la escalera del patio había un lavadero con una pila, no era muy grande, probablemente de un metro cúbico o tal vez un poco más, ésta servía para lavar pero nosotros la usábamos como alberca para nuestras muñecas, y cuando nuestras madres estaban de acuerdo podíamos darnos un chapuzón ahí. No había mucho espacio y solamente podíamos estar paradas un buen rato hasta que se nos ponían los labios amoratados por el frío.

Tengo muy grabado un recuerdo de cuando era muy niña. Al otro lado del patio había unos cuartos que usaban de bodegas, ahí almacenaron en una ocasión el maíz de la temporada. Esa noche los hombres trabajaban a la luz de los quinqués y mi abuelo me invitó a sentarme junto a él. De pronto una sombra oscura atravesó el dintel. Era un enorme murciélago que revoloteaba por el techo buscando algún ratón para la cena. Mi abuelo tomó una especie de red que utilizaban para cargar las mazorcas y logró atrapar al pobre animalillo, que jalado de las alas abría y cerraba el hocico de modo amenazador.

Una vez, antes de que mi tío Javier acondicionara ese espacio para vivir, mi madre me enseñó su vestido de bodas, que guardaba celosamente en una petaquilla dentro de un closet viejo y empolvado por los años. También me enseñó una muñequita de plástico que ella atesoraba como su más preciado regalo. Según me explicó se la había regalado Tacho, el vecino de enfrente cuando volvió de los Estados Unidos después de algunos años de haber trabajado en ese país. Mi mamá fue la envidia de todo el pueblo por que nunca antes se había visto una muñeca de plástico y que pudiera abrir y cerrar sus diminutos ojillos azules.

Cuando mis tíos se casaron, se fueron a vivir en esos cuartos, mi tía hacía pasteles para fiestas y nos dejaba probar las aspas de la batidora cuando preparaba el betún. También hacía un delicioso caldillo de papas con queso que aún no he sabido preparar con la misma sazón. Ella armaba los pasteles y me les ponía adornitos con una dulla, mientras nosotros hacíamos tiradero en la recámara de mi prima.

Mi prima tenía un muñeco del tamaño de un bebé que siempre me desagradó. Lo sentaba en una silla en medio de las camas. Si por alguna razón debía quedarme a dormir con ella, pasaba la noche en desvelo, viendo como el mono ese reflejaba su sombra junto a mí, debido a la luz de la lámpara que mi tía dejaba prendida en su cuarto, por si algo se ofrecía. Platica mi prima que adoraba en verdad esa muñeca y que un día a doña Mary la de la tiendita, por poco le da la “alferesía” por que se le figuraba que a mi prima se le iba a caer esa “criatura”.

Una vez mi abuelo dejó en el patio una piel de vaca ya seca. Yo subí a mi prima arriba de la piel y la arrastré por el patio como si fuera nuestra alfombra mágica, mis otros primos hicieron lo mismo. Pero por fin los adultos abstraídos de sus quehaceres cotidianos se dieron cuenta y nos dieron una buena regañina. Por supuesto la piel quedó bastante maltratada y hasta sin cola por que de ahí era donde la jalábamos para jugar.

La semana santa

En la escuela nos liberaban en primavera para celebrar la semana santa, se supone que eran días de reflexión. En el pueblo no era la excepción. A veces había sacerdote para esas fechas y las señoras del pueblo se “acomedían” para ayudarle con los preparativos de tan importantes celebraciones. No recuerdo mucho de las celebraciones religiosas de Semana Santa, lo que si recuerdo era la cantidad y diversidad de comida que mi Tita solía preparar.

Se requerían largas horas para tener todo listo. Las ruedas se hidrataban lentamente con agua, cebolla y tomate. Las pencas de nopal arrancadas de tajo y limpias de espinas hervían en la olla. Unos chiles pasados se remojaban en una bandeja. Los chuales eran sacados de la cesta donde habían permanecido durante largos meses.  En el comal se tostaban cuidadosamente los panes que habrían de ser las migas de postre, con bastante coco, queso, cacahuates y grageas coloridas.

Mi Tita gustaba mucho de la sopa de pan, ésta se preparaba con unas rebanadas de pan, fritas con cebolla, tomate y chile. La consistencia era bastante desagradable, yo llegué a probarla un par de veces, pero el solo recordar la sensación del pan remojado me quita las ganas de volverlo a hacer.

También había un ritual importante a la hora de hacer la cuajada, la leche de la olla a punto de “cortarse” con el cuajo se colocaba con una taza grande en una especie de costalito, Lentamente el suero escurría en una bandeja, de casi un litro de leche se reducía a medio, después de escurrido. Entonces comenzaba la labor de ir poco a poco formando la bola de cuajada dentro de la tela. Tita apretaba delicadamente la bolsita y el suero seguía escurriendo. El proceso tardaba unos veinte minutos luego de los cuales se formaban varias bolitas, dependiendo de la cantidad de leche que tuvieran lista y de las barrigas hambrientas que se dispusieran a devorar tan apetecibles manjares. Si uno se ponía listo y fingía colaborar en dicha labor, recibía como recompensa una pequeña porción antes de que se colocara en la mesa. Aún ahora frecuento una tortillería donde venden cuajada. Pero como suele pasar el sabor no será el mismo. Solo las manos de Tita sabían hacer una cuajada así.

A la hora de la comida, la mesa se llenaba con sartenes humeantes, con olores agradables y platicas de muchos temas. Los hombres se sentaban primero y las tortillas recién salidas del comal iban a parar directo a la mesa, en donde como por arte de magia desaparecían. Mientras nosotros nos esperábamos por ahí jugando hasta que nuestras madres nos hablaban a comer.

En esta zona del país se acostumbran las semitas y los maizcrudos en las fechas importantes, Semana Santa no era la excepción. El maizcrudo en lo particular es un tipo de galleta que no he probado en ningún otro sitio. Se hace con una harina de maíz que se ha secado al sol crudo. A diferencia de los chuales (en otros lados se llaman chacales) por que en éstos primero había que cocer los elotes y luego deshidratarlos al sol. Con esa especie de harina se hace aún una masa y se forman galletas. Para esa faena había un bote de aluminio con diversos moldes, no eran raros los maizcrudos en forma de estrella, corazón o media luna. Las mujeres extendían grandes hojas de harina y nosotros teníamos que presionar con los moldes, de tal manera que cupieran la mayor cantidad de galletas.

El horno con su boca de fuego acogía los moldes bien engrasados, llenos de estas galletas, con una diversidad de formas. Hacían falta varias horas para terminar de hornear todas las galletas. En los pueblos se acostumbra amasar bastante harina, de cualquier manera se dice que es el mismo trabajo amasar un kilo que diez. Yo no estoy de acuerdo.

Aún ahora casi puedo saborear esos momentos, donde la vida tenía un matiz de felicidad permanente, donde la casa estaba llena de barullo, de trajín en la cocina. De sabor a familia.

Granadas y Duraznos

Los árboles frutales del patio siempre hicieron gala de su abundancia.  El árbol de mandarinas estaba cuajado de fruta, al igual que los granados, los duraznos y el higo. El mes de agosto es bueno para la pizca,  especialmente para recolectar los duraznos.

La tarea era ardua y requería de algunos preparativos, en primer lugar la amenaza del envasado. Se cortaban los duraznos y se colocaban en grandes bandejas sobre la mesa del comedor. Llenas de agua y con las barrigas rebosantes de dulces duraznos flotadores, las bandejas debían ser vaciadas poco a poco.

Debíamos ayudar a limpiar y pelar todos los duraznos. La mayoría de las veces era necesario pedir pela papas a mi Tía Carmelita, a las vecinas y a todo ser viviente que pudiera tener dicho utensilio desocupado.

La labor de quitarle la piel a tanta fruta hacía que todo el cuerpo nos picara por causa de la fina pelusa que se esparcía por doquier. La nariz comenzaba a ponerse roja y no había con que quitarse la molestia. Las cáscaras eran separadas para los cerdos y si era necesario también las semillas. Mi Tita ponía agua y azúcar a hervir en ollas sobre la estufa. Ahí se cocían los duraznos.

El olor impregnaba la casa antes del anochecer pero aún hacía falta la pericia para colocar uno por uno los duraznos cocidos en frascos de vidrio que luego habían de hervirse para que quedaran herméticos. Algunos otros se reservaban para mermelada. La comíamos sobre los panes especialmente hechos para la ocasión, lo cual a veces traía consecuencias negativas sobre nuestros estómagos repletos por nuestra gula.

¡Vaya delicia! Cada vez que mi mamá abre un frasco de Duraznos con un número grande que indica el año de envasado procuro recordar todo el proceso, con el fin de ofrecer una pequeña muestra de consideración a tan hábiles manos que siguen hasta la fecha esperando los meses de recolección para comenzar el procedimiento año con año.

Mi Tita también tenía varios árboles de granada. Con su frutos grandes y redondos. No a todo mundo gustan las granadas. Con sus granitos rojos envueltos en una cubierta amarilla, que deja las manos pigmentadas por un par de días. Buen entretenimiento si no había nada más que hacer. Podía uno llenar un tazón completo de granitos de granada. Comerlos uno a uno, en grandes bocados o a cucharadas.  Una vez que viajé a Cd. Juárez en una tienda donde vendían yoghurt se me ocurrió que tal vez sería agradable que le pusieran granadas al plato en vez de la típica miel con granola, mi capricho se cumplió pero me dio tal “frialdad” estomacal que mi madre terminó llevándome al Doctor.

El réquiem de mi pueblo

Hace ya tantos años que no voy al pueblo, este invierno estuve muy cerca y la nieve me impidió visitarlo. Estuve a unos minutos solamente.

Ahora el pueblo es un fantasma en mi mente.  Su calle polvorienta muestra una casa aún mas polvorienta, que solo revive una vez cada tantos años cuando alguien de la familia se atreve a quitar las capas añejas de nostalgia.

El único que va mas seguido es mi tío, a veces lleva a mi abuelita con él, para que corrobore que cuando menos el árbol de mandarina sigue tan alto como siempre. Aunque él sigue labrando el campo a la vez que atiende su negocio en una ciudad cercana. Me alegra la idea de saber que su tierra fértil sigue dando frutos a pesar del tiempo. Y que el recuerdo de mi abuelo se ve honrado aún en el tiempo de cosechas.

Los duraznos, según tengo entendido, se han secado. El corral ahora esta vacío salvo raras ocasiones que mi tío lleva algún animal herido o que necesita ser aislado. No hay perros ni gatos.

Mi tía dice que los ratones han roído los colchones, que no saben donde esta el microondas y que la estufa de leña ha de tener en su barriga mas que hollín. Que por lo menos se necesita un par de días para dejar las cosas en orden y que la mayoría de las veces no vale la pena limpiar tanto por que a fin de cuentas nadie volverá a vivir ahí.

Yo no tengo conciencia de eso, aún sigo teniendo grabada la vida que viví ahí y no puedo evitar que las lágrimas corran en tropel cada vez que me ahoga el recuerdo. No concibo el silencio de un corral siempre plagado de barullo, un patio en el cual corrí, una cocina llena de delicias que me esperaban y sobre todo siempre había un abrazo cálido, una sonrisa de mi abuela, un comentario sobre como estaba el día.

Otros ecos del pasado

  1. Viaje a mi pasado
  2. Recuerdos
  3. La casa
  4. Hombres de mi tierra
  5. Volvió a suceder
  6. Abuelo
  7. Mirada al viento
  8. Si el olor se guardara
  9. Recuerdos de Tita
  10. Sabores
  11. De mi tierra
  12. Sorpresivo recuerdo
  13. Desde la tierra de Jauja
  14. Esa querencia por la tierra
  15. Noventa años son un largo camino
  16. Ese polvo de mi tierra
  17. Versos de antaño
  18. Las cosas que me fascinan de Tita
  19. De vuelta al todo
  20. Días para Tita
  21. Vuelvo de Jauja

 

Anuncios

Platícame que piensas de lo que escribo.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s