Publicado en Reflexiones de la Palomilla

La muerte de Carlos Fuentes


Yo he descubierto que morir es adquirir, de un golpe, la facultad de ver las imágenes que pasan por las cabezas de los vivos.

Fuentes, C.

Apenas hace un par de días lanzaron el rumor de la muerte de Gabriel García Márquez, que afortunadamente sólo quedó en rumor, sin embargo ayer quien falleció fue Carlos Fuentes.

No es de relevancia escribir la fecha de su natalicio, tampoco su biografía, sino el mero hecho de que se va otro grande. Baste decir que es una sentida pérdida para la literatura no sólo nacional (que mucho le debe y ha sido inspiración de tantos), sino mundial, tanto que Irina Bokova, Directora de la UNESCO, evoca la memoria de este escritor.

El suyo no fue el relato agónico de un Artemio Cruz, ni el lamento de los criollos, tampoco la capacidad de lenguaje de la Malinche o la desnudez de un Aura terible e incierta.

Más bien fue su capacidad de escritura, aún cuando confieso que no es de mis autores favoritos y que sufrí con A. Cruz y renegué de las Buenas Conciencias con el salón enorme de cortinajes verdes, pisos verdes, paredes verdes, todo verde.

Sin embargo es innegable el juego de palabras en cada uno de sus párrafos, que a veces se  tornan tan complejos de desentrañar.

Logré reivindicarlo hasta el Naranjo, cuando mis pupilas se dilataron hasta el extremo cuando leí el cuento que hace referencia a la Malinche y Hernán Cortes (Las dos orillas)  y me reí a carcajadas con su referencia a la intromisión del concepto de mercadotecnia nipona en Las dos américas.

A final de cuentas de Carlos Fuentes sí me queda algo valioso: La fuerza y agresividad de sus letras que llegan a cimbrar hasta a las personas reunentes a sus textos como yo.