Bastones


Definitivamente me apasionan muchas cosas, aunque considero que requiero de pocas para ser feliz.

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Fuente de imagen: Palomilla Apocatastásica.     Muralista: Adriana Lara

Primer bastón

In libro, libertas.

Leo, ese íntimo acto que nos ofrece millones de posibilidades. Es que una puede sumergirse en las páginas y vivir en cada letra una vida. ¡Y hay tanta variedad!

Me he enamorado igual de Carl Sagan y de Stephen King, como de Marcela Serrano y Murakami. De cuando en cuando hay Cerdos Capitalistas y Administradores y muchas ocasiones estoy Recordando letras.

Es ese placentero juego que trasciende la finitud, porque es el Mundo dentro de la Calabaza.

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Fuente de imagen: Palomilla Apocatastásica

Segundo Bastón

“Lo que yo vengo buscando, es tierra”

Gómez, M.

Ayer comenzó a llover en este desierto y salí a mojarme un poco, a brincar un charco. Aunque los colegas de oficina se sintieron un poco extrañados.

Hoy fue tarde de huerto, en el que corté pasto, podé arbustos, guié enredaderas y volví a disfrutar de la lluvia. Releí por milésima vez el hermoso poema – mural que sirve de mantra y disfruté de la belleza de la Pachamama guardiana.

Me llené los dedos de tierra mojada por la lluvia y me pinché con las espinas de la frambuesa y ví a las abejas que libaban las flores de San. Miguelito.

Como faérica y Palomillezca que soy,  requiero agua, aire, tierra y fuego/sol, quizás mi conducta herbal sea un factor para eso.

Tercer bastón

“La tinta impacienta, la pluma araña”

Fuentes, C.

Dejar que la tinta corra sobre el papel. No sólo los harapos en digital existen. En mi haber inicié el día de hoy con mi libreta 14, más de una década de notas, dibujos, citas bibliográficas, reflexiones y datos que hilan mi vida.

Es interesante de vez en cuando, volver a descubrir esas letras, de las cuales hay cosas que se ampliaron o se transcribieron al medio digital, pero la mayoría queda ahí.

Amores, desamores, hechizos, recetas, trazos, ideas, garabatos. Con esa letra diminuta y desparpajada que llena las hojas.

A veces, también dejo que la tinta se vuelva algún obsequio, con los dobleces que he aprendido hace tanto. Es que casi está extinta esa bonita costumbre de dejarnos acariciar por las palabras en papel.

Cuarto bastón

“Fotografiar a sus fantasmas le llevará a domesticarlos”

Malzieu, M.

Lentes e instantes, que se van agregando en mi vida. Capturas de neófita que pero que este año se han centrado en recuperar el colorido de las paredes en este sitio asfáltico.

No tengo un equipo especial, sólo dejo que todo aquello que me llena las pupilas de colores me atrape. No importa si está en un lienzo, en un muro, o en algún edificio. Las artes plásticas son tan diversas que vale la pena guardarlas.

Además son hermosos recuerdos de lugares a los que me han llevado mis alitas, aún cuando me estrelle continuamente contra los faroles.

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Hay aún más bastones y todo en algún momento, me han permitido sostenerme cuando alguno de ellos se cae. Me permiten nutrirme.

Bastones de los que obtengo recursos emocionales cuando la vida agota, cuando hay heridas que sanar.

Confío que serán mi soporte hasta el último día que esté en este espacio – tiempo, hasta el último aliento.

“Por favor, convéncete de una vez por todas que NADIE, absolutamente NADIE te puede hacer feliz y nadie está obligado a hacerlo porque ésa es tu responsabilidad”

Chávez, M.

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Sorpresas


Hace un par de noches, el poeta V.C. me envió este hermoso poema. La verdad no tiene uno palabras para agradecer este tipo de detalles que me llenan de alegría.

Plenilunio

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Fuente de imagen: Palomilla Apocatastásica

Para Palomilla Apocatastásica

Fugaz como la infancia en la memoria del adulto,

tocó tu sonrisa el silencio de la noche.

Sólo eso bastó, instante de alegrías compartidas,

y la luz ambarina que cayó sobre el huerto

encendió de luna la tierra bendecida por plantas y raíces.

Suspendida en el sigilo nocturno,

levitando en el aroma silvestre emanado de la tierra,

envuelve tu presencia este rumor floral

que anega el tiempo del sueño y el tiempo de insomnio.

Cenizas de luna se agitan con la madrugada:

caen, emergen, ascienden, acarician de luz este momento,

esta hora silente cobijada en tu recuerdo.

Y justo aquí, donde reina esta calma que me vence,

le confío al sueño el abrazo final de la jornada.

Decepción con A


Había una vez…

…una persona confundida, con dudas sobre sí mismo, esa aguda crisis de la mediana edad, que le había hecho bastante mella.

Argumentaba que buscaba una pareja con la cual pudiera compartir. La vida no le había sonreído en asuntos de amores, aunque presumía constantemente de su amplia experiencia con las mujeres, porque conocía todos los clichés y le daban mucha “curiosidad”, que se aburría fácilmente, por lo que estaba en constante búsqueda.

“A”, se llamaba y se erguía orgulloso en su pedestal dicotómico, convencido de que engañar era su mejor estrategia y su buffet el más surtido.

Entonces, decidió libremente jugar un nuevo juego, o quizás usar una de sus jugadas más efectivas. Escogió entre las personas a su alrededor a dos, que justamente estaban muy cerca físicamente, pero distantes por fricciones que habían desgastado el ambiente del lugar donde vivían, volviéndolo tóxico.

Su primera jugada fue certera, hasta un día de silencio, donde escarbando entre los huesos, las piezas del rompecabezas se fueron juntando. Comentarios que parecían aislados tomaron sentido, detalles que parecían inocuos se fueron clarificando.

“A”, no contaba con un pequeño detalle, una de sus “piezas” vió la situación completa y en vez de decidirse a culpar a la otra pieza, decidió abrirle los ojos, tomó un poco de luz del frasco violeta y la esparció sobre ella, aún a sabiendas de que podría ser acusada de mentir.

Lo único que tenía en mente, era que no podría permitir que “A” siguiera lastimando a las mujeres como si fuera un deporte, como si al vulnerar las emociones de las personas, se volviera más fuerte. Como si las mujeres tuvieran que ser enemigas eternas, en vez de hacerle frente conjunto a ese tipo de personas.

Ambas piezas, en ese sórdido juego, acordaron, también libremente, que valían demasiado como para perder el tiempo con un patán como “A”, que la vida cambia a cada instante y que era mejor seguir cada una su camino, en paz.

Así que “A”, cuando menos en esa ocasión, no ganó la partida. Lo lamentable es que aún sigue desplegando su tablero y habrá otras piezas, que no tendrán esa luz y ese amor en su interior, para poder detener ese tipo de abusos.

Había una vez un hombre llamado “A”, como muchos otros. Pero también hay otras letras del alfabeto y entre ellas, existen las letras limpias, honestas y abiertas que vale la pena descubrir.

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Fuente de imagen: Palomilla Apocatastásica

Los del 2017


“Y esa palabra creció tanto entre sus manos que se les escapó inevitablemente entre los dedos”

Ruy, A.

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Fuente de imagen: Palomilla Apocatastásica

Va que no había puesto nada, porque fue un año atípico. Curiosamente leí menos, pero fui mas selectiva. Inicié el año con varios textos que van avanzados, unos más, otros menos. No significa que el número de textos sea mejor o peor, sólo significa que este año tiene más oportunidades de seguir hurgando entre los estantes de la biblioteca y de las librerías, para cazar letras y letras que me lleven a descubrir nuevos horizontes, o como pasó este año, a buscar nuevas metas.

Comparto éstos, que fueron pocos, pero todos me dejaron algún aprendizaje.

  1. Los años sabandija / Velazco, X.
  2. El infinito en la palma de la mano / Belli. G.
  3. Historia de un perro llamado Leal / Sepúlveda, L.
  4. Hacia un buen envejecer / Zarebski, G.
  5. El mensaje de las lágrimas / Payás, A.
  6. Feminismo para principiantes / Varela, N.
  7. El jardinero fiel / Pinkola, C.
  8. Secretos de una mujer casada  / Ayers, J.
  9. Mujer que piensa / Herrera, C.
  10. Viajeros en tránsito / Herraso, I.
  11. En busca del útero perdido / Rodríguez, P.
  12. Los jardines secretos de Mogador / Ruy, A.
  13. El ejecutivo al minuto: nuevas técnicas de dirección. / Blanchard, J.; Johnson, S.
  14. Querido dinero: ¡Te odio y te quiero! Guía para llevarte mejor con tus finanzas / Cárdenas, R.; Mastropiero, M.; Romo, M.; Ruiz, F.
  15. Piense y hágase rico. Para mujeres. / Lechter, S.
  16. Cuentos para pensar / Bucay, J.
  17. Hábitos de ricos / Gómez, J.

Los del 2011

Los del 2012

Los del 2013

Los del 2014

Los del 2015

Los del 2016

Uno mas


La ciudad de los pozos

5. Nubes

Fuente de imagen: Palomilla Apocatastásica

Esa ciudad no estaba habitada por personas, como todas las demás ciudades del planeta.

Esa ciudad estaba habitada por pozos. Pozos vivientes… pero pozos al fin.

Los pozos se diferenciaban entre sí, no sólo por el lugar en el que estaban excavados, sino también por el brocal (la abertura que los conectaba con el exterior).

Había pozos pudientes y ostentosos con brocales de mármol y de metales preciosos; pozos humildes de ladrillo y madera y algunos otros más pobres, simples agujeros pelados que se abrían en la tierra.

La comunicación entre los habitantes de la ciudad era de brocal a brocal y las noticias cundían rápidamente, de punta a punta del poblado.

Un día llegó a la ciudad una “moda” que seguramente había nacido en algún pueblito humano.

La nueva idea señalaba que todo ser viviente que se preciara de serlo debería cuidar mucho más lo interior que lo exterior. Lo importante no era lo superficial sino el contenido.

Así fue como los pozos empezaron a llenarse de cosas.

Algunos se llenaban de joyas, monedas de oro y piedras preciosas. Otros, más prácticos, se llenaron de electrodomésticos y aparatos mecánicos. Algunos más, optaron por el arte, y fueron llenándose de pinturas, pianos de cola y sofisticadas esculturas posmodernas. Finalmente, los intelectuales se llenaron de libros, de manifiestos ideológicos y de revistas especializadas.

Pasó el tiempo.

La mayoría de los pozos se llenaron a tal punto que ya no pudieron incorporar nada más.

Los pozos no eran todos iguales, así que, si bien algunos se conformaron, hubo otros que pensaron que debían hacer algo para seguir metiendo cosas en su interior…

Alguno de ellos fue el primero: en lugar de apretar el contenido, se le ocurrió aumentar su capacidad ensanchándose.

No pasó mucho tiempo antes de que la idea fuera imitada, todos los pozos gastaban gran parte de sus energías en ensancharse para poder hacer más espacio en su interior.

Un pozo, pequeño y alejado del centro de la ciudad, empezó a ver a sus camaradas ensanchándose desmedidamente. Él pensó que si seguían hinchándose de tal manera, pronto se confundirían los bordes y cada uno perdería su identidad…

Quizá a partir de esta idea se le ocurrió que otra manera de aumentar su capacidad era crecer, pero no a lo ancho, sino hacia lo profundo. Hacerse más hondo en lugar de más ancho. Pronto se dio cuenta de que todo lo que tenía dentro de él le imposibilitaba la tarea de profundizar. Si quería ser más profundo debía vaciarse de todo contenido…

Al principio tuvo miedo al vacío, pero luego, cuando vio que no había otra posibilidad, lo hizo.

Vacío de posesiones, el pozo empezó a volverse profundo, mientras los demás se apoderaban de las cosas de las que él se había deshecho…

Un día, sorpresivamente, el pozo que crecía hacia adentro tuvo una sorpresa: ¡Adentro, muy adentro y  muy en el fondo encontró agua!

Nunca antes otro pozo había encontrado agua…

El pozo superó la sorpresa y empezó a jugar con el agua del fondo, humedeciendo las paredes, salpicando los bordes y, por último, sacando agua.

La ciudad nunca había sido regada más que por la lluvia, que de hecho era bastante escasa, así que la tierra alrededor del pozo, revitalizada por el agua, empezó a despertar.

Las semillas de sus entrañas brotaron en pasto, en tréboles, en flores, y en tronquitos endebles que se volvieron árboles después…

La vida explotó en colores alrededor del alejado pozo al que empezaron a llamar “El Vergel”.

Todos le preguntaban cómo había conseguido el milagro.

-Ningún milagro – contestaba el Vergel -, hay que buscar en el interior, hacia lo profundo…

Muchos quisieron seguir el ejemplo del Vergel, pero desandaron la idea cuando se dieron cuenta de que para ir más profundo debían vaciarse. Siguieron ensanchándose cada vez más para llenarse de más y más cosas…

En la otra punta de la ciudad otro pozo, decidió correr también el riesgo del vacío…

Y también empezó a profundizar…

Y también llegó al agua…

Y también salpicó hacia afuera creando un segundo oasis verde en el pueblo…

-¿Qué harás cuando se termine el agua? – le preguntaban.

-No sé lo que pasará – contestaba. Pero, por ahora, cuanto más agua saco, más agua hay.

Pasaron  unos cuantos meses antes del gran descubrimiento.

Un día, casi por casualidad, los dos pozos se dieron cuenta de que el agua que habían encontrado en el fondo de sí mismos era la misma…

Que el mismo río subterráneo que pasaba por uno inundaba la profundidad del otro.

Se dieron cuenta de que se abría para ellos una nueva vida.

No sólo podían comunicarse, de brocal a brocal, superficialmente, como todos los demás, sino que la búsqueda les había deparado un nuevo y secreto punto de contacto:

La comunicación profunda que sólo consiguen entre sí, aquellos que tienen el valor de vaciarse de contenidos y buscar en lo profundo de su ser lo que tienen para dar…

Bucay, J. (2004) La ciudad de los pozos. En: Cuentos para pensar. (p 103)