Publicado en Cuenterías

Atrofiada


Existe un momento en el que me hundo en ese ensimismamiento, una especie de paréntesis aeroportuario, donde navegan esas enormes ballenas metálicas que se deslizan sincronizadamente sobre líneas iluminadas.

Cuando abro la puerta y se vuelve también ventana, abismo. Gotea el líquido oscuro lentamente, humedeciendo los labios deshidratados de tanto soñar / soñarte.

Incoherente, desde que grito frente al espejo ¿quién eres? y la figura del otro lado se va alejando sin voltear siquiera.

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Otra yo


4. Pared
Fuente de imagen: Palomilla Apocatastásica

Limpiaba por la parte exterior el vidrio de la ventana de mi cuarto, entonces pensé que sería interesante que en ese mismo momento me viera a mí misma asomándome a la ventana.

La imagen mía, haciendo cualquier cosa, quizás limpiando un poco el peinador, mientras la yo real, podría observarme para saber un poco mejor quien soy.

Si lo pienso fríamente, no es tan terrible como la sensación de ver en el espejo un reflejo irreconocible.

Porque verme a través de la ventana, me coloca como espectadora de mi propia cotidianeidad, mientras que el espejo es una sombra, un espacio infranqueable, un portal que podría arrastrarme hacia espacios que no creo que sean seguros.

Seguiré pensando en esa posibilidad, quizás algún día, llegaré a saber exactamente quien soy, mientras tanto, sigo caminando.

¿Alguien que me pasa el trapo húmedo para acabar de limpiar?

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Página en blanco


caleidoscopica
Fuente de imagen: Palomilla Apocatastásica

Ella le preguntó como era el mundo afuera. Él contestó: No sé. Ella se volvió a dormir en sus pupilas, esos pozos eternos en los que siempre había anidado.

No recuerda exactamente cómo se dio cuenta de que estaba ahí, al principio todo era silencio, una gran ojiva acuática, serena.

Un día sintió algo extraño, como si algo rompiera de pronto ese sueño líquido, latente. Y se supo guardada en un sitio del que antes no tenía idea. Percibió una tibieza y un haz luminoso empezó a descender hasta llenar su espacio.

Luego el mundo acuático se volvió inestable, diminutas olas la mecieron. Ella tuvo miedo, pero escuchó algunos sonidos que le hicieron tranquilizarse: ¿Estás ahí? Le preguntó. Era una voz grave, triste, apenas un susurro.

A partir de ese día, por algunos instantes, descubrió lo que era ese otro mundo, algo enorme visto a través de una ventana, donde los objetos no tenían sentido. En esos momentos lo único que la tranquilizaba era ese sonido acompasado, un bum-bum que a veces se aceleraba.

Pero ese día estaba muy cansada, tan cansada de sentirse mecida sin control, de la luz que la obligaba a estar atenta. Así que soltó la pregunta algo inquieta. Afuera, eso que estaba afuera era incomprensible. No tenía respuestas, entonces decidió silenciarse a sí misma y quedarse siempre dormida en ese silencio, en medio de las pupilas.

 

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Solo pasó


Copia de palomilla-WEB
Fuente de imagen cortesía de Brunóf

Lo ví al atardecer. Como de costumbre el ajetreo me hizo ir distraída, el sol fastidiaba la vista. Él estaba ahí, venía de algún lugar que nunca sabré definir. Un acento diferente en su voz.

Se acercó lentamente y sonrió, en mi aturdimiento escuché un tanto confusa. Busqué entre mis bolsas pero no encontré nada.

Ví sus ojos, tan claros, como esas superficies brillantes azul verde. Su cabello crespo y largo. La tez tostada. De nuevo caí en su sonrisa, franca, amplia. ¡Qué bien se ve con ese sombrero! – Dijo.

Saqué la mano por la ventanilla. ¿Lo quieres? Es tuyo – respondí. Lo tomó, se lo puso y siguió su camino.

Escuché el sonido del cláxon, el semáforo cambió a luz verde, seguí el oleaje mecánico del tráfico.

Era el sombrero de rayas azules y grises. No sabré cuántas ideas se quedaron ahí guardadas, tampoco sabré si le será útil en su trayecto sobre la bestia. Espero que sí. La única certeza es que en este momento él va hacia algún lado, con el sombrero buscando nuevas historias que contar.

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No hay mal


El taxi me ha dejado, todo comienza en el momento en que me dicen que no llegaré a tiempo. Adrenalina, llamadas telefónicas y un: No llegaré hoy.

Las preguntas se suceden interminables, ¿Qué es preciso hacer? Espero y el reloj sigue su curso. ¡Qué carajos le importa mi incertidumbre!

Abordo, la máquina despega y veo la pista, siempre me ha parecido que es como un gran acuario donde extrañas ballenas voladoras hacen piruetas para despegarse del agua y contradecir su naturaleza marina.

Llego, entre paréntesis, a un lugar que no estaba previsto, a una hora impredecible. Y un taxi compartido con gente desconocida que habla un idioma extraño. Una recepción que no tiene habitaciones, taxis, hoteles, números, números, números.

La noche avanza y sigo cargando una maleta que pesa más en la incertidumbre que en la realidad.

Por fin, atino entre tanto caos, no importa que hayan puesto la boquilla, lo único que necesito son unas cuantas horas de sueño en una cama.

Mis ojos pesan y la oscuridad aún me envuelve, pero es preciso avanzar, salir del paréntesis. Con apenas las cuentas en una cartera que se vacía como si tuviera huecos.

De nuevo, abordaje y la espera ansiosa por partir, salir de ahí lo más pronto posible, regresar al lugar al que pertenezco, donde todo es conocido.

La ballena alada avanza, avanza y luego se detiene. Una voz sepulcral nos indica que debemos volver. Las alas cansadas ni siquiera pudieron levantar el vuelo.

Descendemos, como hipnotizados con tanto tropiezo, observo aquí y allá como se van tendiendo los cuerpos en donde pueden. Algunos se hacen ovillo, otros intentan estirarse un poco, pero la formula para no caer en la desesperanza es la incomodidad de los asientos.

Veo a los integrantes de una banda, que cargan sus estuches a la espera de recuperar el tiempo en ese limbo.

Una vez más, la voz, que nos lanza de nuestros asientos como resortes. Me lanzo desbocada a trepar por las fauces del cetáceo que me elevará y me arrojará cual Dorothy de vuelta a casa.

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Fuente de imagen: Palomilla Apocatastásica

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Lunada


“La luna garampiñada, parece plata en un fondo azul”

Cri-Crí

Las pupilas abiertas, intentado por todos los medios guardar esa imagen de la luna, primero amarilleando tras los cerros oscuros, luego coronando el cielo despejado de octubre.

Recuerdo un cielo similar hace años, con vino blanco, uvas y el amplio espacio. Luego el beso suspendido en la eternidad.

Luna

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Fuente de imagen: Nicoletta Tomas Caravia

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Mezcla


La humedad, el latido tus labios descubriendo los míos, explorando su sabor.

Impregnarme lentamente los sentidos, con esa combinación, mezla fuerte y seductora.

Quién iba a decir que el cigarro y la cerveza, provocaran así. Llenaran tus manos de sabor y olor que me cubre, que me impregna, que me vuelca en oleajes en un mar de emociones.

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Fuente de imagen: Einhänder