Publicado en Cuenterías

Tiempo


20. gratitud 2017-04
Fuente de imagen: Palomilla Apocatastásica

Despierto, mi cama es muy amplia, hace tiempo que no logro levantarme.

La última vez, los pies me arrastraron inclementes hacia el suelo, caí. El sabor de la sangre en mi boca me hizo volver al colchón. Tuve miedo de que se volviera a repetir. No resistiría una caída más.

Hoy es diferente, como si la humedad del ambiente aligerara el peso. Estiro la mano hasta el buró, alcanzo el reloj, la misma hora de siempre, las manecillas detenidas a las 11:00. ¿Mañana, noche? ¡Qué mas da! El tiempo es una lección no aprendida.

Intento moverme, los dedos responden más o menos rápido, el sopor no me ha abandonado del todo, pero distingo el bulto de ropa en la orilla de la cama, como un intento vano de lanzarse al vacío.

Me desperezo. Los músculos entumecidos se resisten a calentarse, estar aterida tanto tiempo hace que el cuerpo se conforme con estar en una misma posición.

Escucho murmullos, van subiendo de volumen. De pronto, detecto el sonido del reloj. TIC-TAC, TIC- TAC. Me estremezco, el sonido se amplifica, casi como un grito que taladra, duele. Son carcajadas que me envuelven.

Hago un esfuerzo y busco entre las sábanas, esparcidas por todos lados, esas pequeñas píldoras, somma. Las trago con esfuerzo, la garganta seca hace que sea más difícil pasarlas. Los sonidos cesan.

Silencio, de nuevo el silencio y duermo.

 

 

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Negro


El mundo onírico, la sensación de alerta. Frente a mí, una imagen se va clarificando. Son unos ojos oscuros, redondos, un pico entreabierto, su plumaje brillante, tan negro. Intenta sacudirse.

Siento una enorme tristeza que se me va pegando, veo cómo unas manos enfundadas en guantes negros lo tienen atrapado, como poco a poco lo van constriñendo, hasta que no permiten ningún movimiento.

Frente a mí, la oscuridad y la sensación de un gran vacío.

8-miedo
Fuente de imagen: Palomilla Apocatastásica

 

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Apenas


parentesis
Fuente de imagen: internet

Fue el instante, ese paréntesis, lo inesperado. Estuvimos presentes, en un tiempo y espacio tan cercanos, que el resto del mundo pareció diluirse.

Era la palabra espejo, la luna menguando, el viento fresco de un atardecer rosado. Demasiado bucólico para existir, sin embargo fue real.

El roce leve de los labios que se buscaron y parecieron imantarse, el torrente de adrenalina entibiando el cuerpo.

Un mundo limítrofe sin porqué, un estado de fluidez que escurre en torrentes cantarinos. Dejar de lado la mente, apenas por segundos, que quizás, en otro mundo, en otra historia, en otras latitudes, puede ser un eon.

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Habitáculo


Había una vez, un escritor que creaba un personaje. Le puso lo que más deseaba. Unos ojos brillantes, agradable a la vista, el cabello oscuro, una voz dulce y obscura.

Colocó al personaje en una linda historia, donde había un tanto de rutina y una pizca de energía. Pero no resulto, el personaje no cabía ahí.

Pensó un lugar más adecuado, escribió un lindo prado y una cabaña junto al lago, el clima frío y el ladrido persistente de los perros en un día de caza. Dejó que la tinta se enredara en su cabeza hasta que el sol le dio de lleno en la cara. Pero el personaje de su historia, era diferente.

Hizo un nuevo intento y le regaló una plaza, regada con el sonido de una fuente de mármol, una larga escalinata y grandes caballerizas, reescribió una y otra vez el lugar, lo describió con gran maestría, hasta que la tinta le impregnó los dedos, le llenó la ropa, le inundó los ojos.

Se fue hundiendo lentamente en el sopor de la noche sin luna, de las sombras que se extendieron hasta el infinito.

Ahí en la nada, se encontró de pronto, en su mismo cuento, frente al personaje de sus sueños. Sorprendido, se acercó lentamente, con un frío que iba calándole los huesos, temblaba.

Alargó la mano con bastantes dudas y palpó ese rostro amorosamente construido, buscó sus ojos y se iluminó con el brillo que tenían, pero había algo indescriptiblemente triste, un desconsuelo tal, que no había manera de convertirlo en palabras.

Su personaje era perfecto, delicado, hermoso, pero estaba completamente vacío.

El escritor comenzó a llorar copiosamente, incontenible, adolorido, hasta diluir complentamente al personaje, llevándose con sigo, la ilusión de la perfección hecha palabra, pero inalcanzable.

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Origami y nigromancia


origami
Fuente de imagen: Palomilla Apocatastásica

Érase una historia ocurrida una noche de origami y nigromancia. Donde el papel cobró vida y saltó hasta rumbos desconocidos, mientras que la nave espacial acabó en mi buró.

Donde se amplió la conversación hasta las potencialidades, intensidades y frecuencias. Amplitud de onda y magnificación de las capacidades centradas en un punto real, tangible y concreto.

Donde el nigromante aparece en medio de la noche, entre incienso y velas. Donde las sábanas se entibian y el amanecer llega acompañado de una mirada triste que no encontró lo que buscaba.

Érase una historia sin lluvia, de contrastes, de frialdad y calidez. Érase un cuento con un personaje que existe pero no busca ser real.

 

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Atrofiada


Existe un momento en el que me hundo en ese ensimismamiento, una especie de paréntesis aeroportuario, donde navegan esas enormes ballenas metálicas que se deslizan sincronizadamente sobre líneas iluminadas.

Cuando abro la puerta y se vuelve también ventana, abismo. Gotea el líquido oscuro lentamente, humedeciendo los labios deshidratados de tanto soñar / soñarte.

Incoherente, desde que grito frente al espejo ¿quién eres? y la figura del otro lado se va alejando sin voltear siquiera.

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Otra yo


4. Pared
Fuente de imagen: Palomilla Apocatastásica

Limpiaba por la parte exterior el vidrio de la ventana de mi cuarto, entonces pensé que sería interesante que en ese mismo momento me viera a mí misma asomándome a la ventana.

La imagen mía, haciendo cualquier cosa, quizás limpiando un poco el peinador, mientras la yo real, podría observarme para saber un poco mejor quien soy.

Si lo pienso fríamente, no es tan terrible como la sensación de ver en el espejo un reflejo irreconocible.

Porque verme a través de la ventana, me coloca como espectadora de mi propia cotidianeidad, mientras que el espejo es una sombra, un espacio infranqueable, un portal que podría arrastrarme hacia espacios que no creo que sean seguros.

Seguiré pensando en esa posibilidad, quizás algún día, llegaré a saber exactamente quien soy, mientras tanto, sigo caminando.

¿Alguien que me pasa el trapo húmedo para acabar de limpiar?