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tintafuenteFuente de imagen: Internet

Dejo un texto que envié para la 106 de las Historias de Alberto Chimal, quien mensualmente lanza un concurso.

Búsqueda

La buscaba desesperadamente. Sabía que podía necesitarle. Remarcaba una y otra vez su número telefónico, mientras recorría los kilómetros que le faltaban para llegar.

Buscó las llaves, apenas con el tino suficiente. Sus manos temblaban.

La encontró. Había quedado laxa sobre el sillón. En su mente, suspendida en medio de tanta oscuridad, esa mirada vidriosa, amarilla sólo atinaba a dejarse llevar.

Engullido por el negro de las pupilas felinas, que no dejaban de mirarle, perdió el conocimiento.

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Dejo un texto que envié para la 100 de Las Historias de Alberto Chimal, quien mensualmente lanza un concurso

Loui JoverFuente de imagen Loui-Jover

Era el ruido atronador que lo enloquecía. Sus manos temblaban sobre el teclado desgastado por el golpeteo incesantemente sus dedos.

Recostado sobre la cama, en el suelo, apoyado en la mesa, intentaba por todos los medios que las palabras brotaran.

Tenía sólo 24 horas para entregar el texto y nada.

Apenas escribía un renglón y escuchaba ese chocar de las olas dentro de su cabeza, taladrándole, obligándole a guardar silencio.

El archivo no avanzaba, era el mismo párrafo repetido una y otra vez.

Cerró los ojos y vencido, se dejó llevar. Sintió el sol abrazando su piel, el picor de la arena, el oleaje humedeciéndole el cuerpo.

Pero era un sol que se iba enrojeciendo, calentaba más conforme el tiempo pasaba, la piel ardía, los labios resecos apenas podían despegarse. Intentó gritar pero estaba tan seco, deshidratado, aturdido y pegajoso como una medusa sobre la arena.

Asustado, abrió los ojos. Aún le dolían. Sentía el cuerpo entumecido. Se estiró para corroborar que todo estaba en orden. El cuarto estaba apenas iluminado por el parpadeo intermitente de la pantalla, en modo de ahorro de energía.

Alargó los dedos para revisar en dónde había dejado el texto y se estremeció al escuchar de nuevo ese ruido atronador y sobre el teclado, una fina capa de arena y las teclas completamente mojadas.

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Dejo un texto que envié para la 99 de Las Historias de Alberto Chimal, quien mensualmente lanza un concurso.

Loui JoverFuente de imagen Loui-Jover

Arrastraba los pies, tan pesados, resquebrajados y hundidos, como el concreto. El cuerpo adolorido, el rostro ardiendo. El día lo había aplastado, la noche se había encargado de recordarle cuan fría y desolada podía ser.

Pero la humanidad se abrió de nuevo paso. Las persianas se enrollaron, salieron a exhibición las mercancías. Nada parecía haberse detenido.

Temblaba. Sentía crujir sus huesos y el incesante dolor lo iba constriñendo. Unos pasos más, una cuadra, una calle, la distancia que parecía insalvable.

Entre las sombras, alcanzó a distinguir una figura, que se adelantaba. Le parecía demasiado familiar, pero los oídos zumbaban, la sangre que nublaba su vista, el olor acre en la boca, la hinchazón en el vientre.

Alcanzó a escuchar apenas el ladrido. Motas siempre exigía las sobras. Rosa y Chayo estarían sacando las mesas, tal vez preparando la salsa. Pero Lola, alcanzó a verlo, como si fuera un monstruo, como si no lo viera, como si el grito se le hubiera pegado en la garganta.

Entonces, dentro de él, un último crujido, el estertor y el frío, siempre frío concreto.

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Sólo un grano de arena


leer.

(Del lat. legĕre).

1. tr. Pasar la vista por lo escrito o impreso comprendiendo la significación de los caracteres empleados.

2. tr. Comprender el sentido de cualquier otro tipo de representación gráfica. Leer la hora, una partitura, un plano.

3. tr. Entender o interpretar un texto de determinado modo.

4. tr. En las oposiciones y otros ejercicios literarios, decir en público el discurso llamado lección.

5. tr. Descubrir por indicios los sentimientos o pensamientos de alguien, o algo oculto que ha hecho o le ha sucedido. Puede leerse la tristeza en su rostro. Me has leído el pensamiento. Leo en tus ojos que mientes.

6. tr. Adivinar algo oculto mediante prácticas esotéricas. Leer el futuro en las cartas, en las líneas de la mano, en una bola de cristal.

7. tr. Descifrar un código de signos supersticiosos para adivinar algo oculto. Leer las líneas de la mano, las cartas, el tarot.

8. tr. p. us. Dicho de un profesor: Enseñar o explicar a sus oyentes alguna materia sobre un texto.

cuentossanar2Fuente de imagen: Martha Soto

Sé leer. Aunque parezca simple, soy afortunada. Millones de personas en este planeta son analfabetas, además, el porcentaje de mujeres analfabetas supera al de hombres.

Entonces, a veces, cuando se da la oportunidad, regalo algunas letras. No es la primera vez, pero si fue interesante “irrumpir” en un lugar en el que a últimas fechas, la saturación ha llegado.

Es que los compañeros del Centro Cultural Quinta Gameros organizaron un Maratón de Lectura, denominado Cuentos para Sanar México. Así es que fue una grata experiencia, aunque llegué como de “visita de doctor”.

Tanto nos quejamos de que nuestro país es así y asa, que todo está perdido, que las cosas andan mal, pero cuando nos piden participar, pues nos volvemos pasivos y no invertimos un granito de arena en mejorar la situación.

A veces ni los mismos colegas quieren participar, otros piensan que es una pérdida de tiempo. Pero ¡cómo se atreven a hablar de tiempo si lo derrochan a caudales frente al televisor o conectados viendo estupideces en los medios!

Así que este esfuerzo de los compañeros de la Quinta, rinden frutos y abren espacios con opciones diferentes en esos centros que son el ejemplo de la frivolidad, el exceso y del materialismo.

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Chimal y sus historias


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Pues Alberto Chimal es un escritor mexicano, la primera vez que escuché de él fue en el concurso de Caza de Letras organizado por la UNAM en el 2007, en dónde era uno de los jueces.

Curiosamente de ese grupo sigo frecuentando a Marvin Durán (Sabinazo) y a Lorena San Millán (Nohemí Hinojosa Rivera), también se hizo un grupo muy divertido que acabó denominándose Ejército para la Limpieza Intelectual de la Comunidad Inverosímil (ELICI) y del cual acabé siendo la Teniente Coronel del 2do Regimiento. Posteriormente asistí a talleres literarios presenciales y virtuales que Marvín y Lorena dirigieron.

Luego de este breviario, baste decir que con los años he estado siguiendo los pasos de Chimal.

Hace unos meses  acabé armándome de valor y envíe este cuentito que recibió una mención en el concurso de minificción.

Hoy sí

Me dijeron que ahora sí, segurito iba a poder verla. Era mi ilusión, tenía más de un año dando vueltas y vueltas con el señor ese que estaba llevando el caso.

“Caso” así le dicen, no les importa ni el nombre, sólo son un número de expediente. ¡Qué se vayan a la chingada todos con sus putos expedientes! Sólo quería verla, saber que estaba bien, decirle que sus chamacos la extrañan, Paulita ya va al kinder, Julio no va nada bien, apenas paso el año.

-Pero hoy sí, ya está todo arreglado. Nos dijo por el teléfono, el hombre ese, así que a agarrar mis chivas, sacar los pesos y avanzarle a la capital, hasta allá fue a dar.

La comadre me ofreció su casa, dice que va a ser la buena, que ya es mucho, que de su casa está un poco lejos, pero no importa. -Ya veremos cómo le hacemos para llevarlos con ella comadrita. ¡No se raje, aguante otro poquito!

De nuevo caminar y caminar, bajo el sol en esta pinche ciudad. Y yo piense y piense en qué decirles a Paula y a Julio si no llego a verla.

Y el jodido de Álvaro, ojalá se pudra en el infierno. Bien merecido se lo tenía. Pero Paula que culpa tiene. Pienso en Paula y en sus ojos amoratados, en su boca sangrando, en sus ojos enrojecidos y el machete aún embarrado de sangre. Y a los hombres que se la llevaban, no dijeron a dónde, no supimos a donde.

Pero hoy sí, segurito que hoy sí.

Concurso 92

Luego en el mes de septiembre envié estos tres cuentos que no ganaron nada, pero si quise publicarlos en este espacio.

Liberación

Estaba harta, la melodía la perseguía.
No sólo la partitura, hoja inerte de aparente inocencia, cuyas notas flotaban sobre líneas pegajosas. Sino el hablar por teléfono para solicitar información. Un conmutador la lanzaba hacia el abismo de la espera, con esa breve pero insistente melodía.
Quería librarse de la maldición, evitar cerrar la puerta y recordar la imperativa voz de su padre, obligándola a sentarse sobre el banquillo y deslizar los dedos por las teclas tarde a tarde. Pero estaba impedida para la música.
Estuvo días planeando su escapatoria. Empezó a empujar poco a poco el oscuro armatoste, llego hasta el borde del ventanal, y apoyando todo su peso en él, logró vencer el frágil vidrio. Pocos segundos pasaron entre el estallido del vidrio, el crujir del piano deslizándose hacia afuera y el grito sofocado por la sorpresa al sentir su blusa atorada en una de las astillas de madera.
Sólo su sombra alcanzó a verse tras los restos astillados, que se confundían con el tronco del árbol donde ella pendía sin vida aún con el rictus de sorpresa.
Su caída estaba marcada por el metrónomo, como cada vez que debía interpretar el minueto en G mayor de Bach.

Precisamente este caso

Tras el gran escritorio de encino, el juez lucía consternado. El acusador coadyuvante había citado al Barón.
Las puertas se abrieron y entró un individuo un tanto melifluo; cargaba una jaulita para mascotas. La colocó sobre el escritorio, de ésta salió un hermoso gato angora, de pelambre brillante, que portaba un elegante collar con incrustaciones de piedras preciosas.
Estiró el cuerpo y dando una ojeada de soslayo, maliciosa y despectiva, ronroneó un par de veces y fue a colocarse justo frente al juez.
Se alzó en dos patas y con la elegancia de los de su especie, le ofreció argumentos sobre los motivos por los cuales no podían condenar a uno de los soldados encubiertos de su guardia. Imposible era probar que la profunda incisión en la garganta de la víctima, fuera provocada por él, puesto que no se había encontrado ningún objeto punzo-cortante.
Instantes después y luego de un maullido agudo e incisivo, por puertas y ventanas, comenzaron a llegar cientos de gatos, destruyendo todo a su paso. Algunas personas huían, aterradas de ese hecho inusitado, otras quedaron aplastadas por los gatos que se llevaron a rastras al juez.
En este caso, el gato definitivamente era el rey.

Promesa

Se acabó el tiempo, la oscuridad lo envolvió abruptamente, no había nada que pudiera hacer, la situación se fue de sus manos, contra su voluntad, trató de convencerse de que era lo mejor para ambos.
Pero la verdad lo hizo derrumbarse, junto con el sonido chirriante de esa puerta de mal augurio, sus funestos grabados lo incomodaron. Desde el primer instante, la supo perdida.
Escuchó cómo a gritos lo nombraba, cómo la obligaron a quedarse quieta, luego de que la arrancaran de su lado, con la pequeña maleta. Aún tenía en la mente el eco de su llanto, hurgando hasta las profundidades de su pecho. El tiempo se concentró en unos cuantos segundos.
Se sentía infame. ¿Cómo pudo haber sido tan frío? Apenas un par de meses y todo se fue al carajo, era eso o la calle. Él no tenía forma de cuidarla, su orfandad compartida lo obligaba a buscar lo mejor.
Él era el “hombre de la casa”, debía hacerse cargo.
No pudo.
Tras esa puerta, escuchó su nombre una vez más y cayó desconsolado. Ya volvería, una promesa de hermano no se rompe, era un juramento volvería por ella.

Concurso especial TRIPLE: Las historias, palabra lab y ciudad mínima.

En fin, el asunto de seguir escribiendo es algo que me agrada, quizás si algún día gano un premio será únicamente un aliciente extra, pero no un fin.

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De mi tierra


Fuente de imagen: Vista gratis

Era esa taza de café, puede que también el sonido y el olor de la tierra mojada por la lluvia, no sé a ciencia cierta cuál fue el motivo, pero sigues aquí abuelo, como aquella vez que te asomaste por el vano de la puerta para advertirme algo, a pesar de que hacía años que te habías ido. Fue algo que quisiera que supieras ahora, porque los años pasan y las cosas cambian, también nosotros cambiamos abuelo, muchos de los tuyos se han ido contigo, seguro todos tendrán ya nuevas cosas que hacer, pero espero que de vez en cuando se den una asomada por esta tierra que nos se nos ha venido entristeciendo.

La soledad, el abandono y los años nos arrancaron la tierra, abuelo. Se nos olvidaron los sonidos del surco abriendo las fauces para recibir la semilla, las manos sucias de tierra y de abono. El mugir de las vacas con la leche chorreando de las ubres y el becerro gimiendo, renuente a que lo destetaran para robarle el alimento que luego Tita ponía a hervir hasta hacer nata.

El parir de los animales, tu preocupación cuando las hembras estaban “a punto” y la pizca en la labor, donde era más lo que jugábamos que lo que lograbamos sacar de las plantas de chile, tomate, frijol o maíz.

Nos quisieron arrebatar los recuerdos, abuelo. Pero bien sabes que yo me acuerdo de tu voz ronca, del cigarro encendido, del sabor del café prohibido que me dabas a escondidas. Aunque debo confesar con vergüenza que se nos olvidó cómo ensillar el caballo y también  alimentar a los cóconos y las gallinas, cómo ir a las porquerizas y llegar hasta la acequia por el patio trasero.

Hasta acá alcanzo a escuchar el sonido que hace tu casa tras las aldabas. La vista de las mesas que se veían desde el comedor, el olor a mandarinas, el crujir de las paredes. ¿Qué ha quedado abuelo? Nos quedamos muy lejos de la cerca de piedra, de los álamos, del arroyo y las garzas blancas.

Mudamos de risas, de caminos, de juegos. Se nos acabaron las galletas glaseadas amarillas y rosas, la bendición del tio Jorge que tenía el carácter jocoso y prohibitivo que lo caracterizaba, las caminatas entre el polvo y la pelusa irritante de las grandes bateas de duraznos.

También se nos quedaron guardadas tus novelas de vaqueros y el uniforme de Rural, los huaraches de correa y llanta, la caricia terna de tus manos ásperas y hasta el regaño certero que nos dabas. Las cuartas colgadas en la puerta y las mazorcas secándose al sol. Nos dispersamos abuelo y extraviamos las noches cubiertos de luciérnagas y estrellas, el paso de los murciélagos y el croar de las ranas en la acequia. Nos perdimos entre el adobe, limpiamos el barro de nuestros pies, nos diluimos en el sonido de la tormenta que nos recordaba la fragilidad del mundo, mientras nos asustaba el sonido atronador de los rayos y el haz de luz que nos sorprendía rasgando el cielo.

¡Cómo olvidar el nido de colibrí en la punta de la rama! Cuyos huevos depositados en el fondo parecían pequeños dulcecillos. Nos enseñaste paciente a alejarnos, a observar el aleteo de los colibríes que iban diariamente a incubarlos. También nos enseñaste que la muerte es algo natural, que no había crimen en sacrificar al ganado con dignidad, a no hacerlos sufrir y a no sentir culpa por probar su carne, secar y curtir su piel.

Un día amaneciste entre la niebla, te pusieron en un cajón y te iluminaron con cirios. ¡Despacio que llevo prisa! Repetía mi madre entre lágrimas esa frase tan tuya en tu funeral. No era cierto, ese día se te acabó la prisa y desde donde te dejamos descansando se veía todo el valle y el río que tantas veces cruzamos. Olvidé la fecha en ese instante, pero empecé entonces a guardar tus recuerdos y tu camisa roja de franela que rescaté y use hasta hacerla jirones.

Es que la ciudad todo lo engulle, menos esta sangre mezclada con la tuya que corre por mis venas.

Más de Tita:

  1. Viaje a mi pasado
  2. Recuerdos
  3. La casa
  4. Hombres de mi tierra
  5. Volvió a suceder
  6. Abuelo
  7. Mirada al viento
  8. Si el olor se guardara
  9. Recuerdos de Tita
  10. Sabores
  11. De mi tierra
  12. Sorpresivo recuerdo
  13. Desde la tierra de Jauja
  14. Esa querencia por la tierra
  15. Noventa años son un largo camino
  16. Ese polvo de mi tierra
  17. Versos de antaño
  18. Las cosas que me fascinan de Tita
  19. De vuelta al todo
  20. Días para Tita
  21. Vuelvo de Jauja
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Armelinda


Era el tiempo de la Edad Media donde Armelinda era una aldeana que recogía leña para hacer pan. Era una muchacha delgada y trabajadora, pero su familia era chonchita.

Todas las tardes, después de que juntaba la leña, se ponía a hornear el pan, pero su familia no la quería porque era delgada.

Ella sufría mucho porque la maltrataban psicológicamente. Hasta que un día, recogiendo leña, se encontró un libro mágico, en donde venía una poción para cambiar a la gente.

Ella no sabía que hacer con ese libro, con esa poción. No sabía si dársela a su familia para que adelgazara o dejarla en el bosque, porque ella no creía mucho en la magia. Pero estaba tan afligida por lo que sucedía, por su familia, que decidió aplicar la poción en el pan.

Al paso de los días fueron teniendo cambios, los hermanos  y los padres de Armelinda que empezaron a decir que los estaba matando poco a poco con ese pan.

Al paso de quince días notaron todos ellos, que habían adelgazado totalmente, de tal forma que hicieron una fiesta para celebrar el cambio que tuvieron.

Agradeciéndole  a Armelinda por el resto de sus vidas con amor y cariño.

Moraleja: No todo el pan engorda.

Este cuento me lo regaló Luis la tarde de ayer.

Gracias Luis por mostrarme con tu ejemplo la maravilla de las letras.