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Súplica


Si lo volviera a encontrar le pediría que no me dejara, que me llevara con él.  Tal vez que me diera otra oportunidad, le pediría que tuviera paciencia por que todo toma tiempo.

Recuerdo cuando esto comenzó, pasaba el día hablando solo, ordenando una a una las ideas, trazando bocetos en hojas y hojas que luego acababan esparcidas por el suelo.

Así pensó por primera vez en mí. Desde ese momento toda su atención se concentró en una meta. Obsesionado, pasaba las horas conmigo, primero jugando con mis contornos, luego obsequiándome formas, abstraído del resto del mundo.

Me confesó las ilusiones que tenía de llevarme con él, a lugares lejanos y mientras más se esmeraba en darme lo mejor, más abatido se veía. Algo no estaba bien, por que la tristeza se le marcaba en el rostro. Luego apagaba las luces y se iba sin decir nada.

Una tarde, me colocó sobre el suelo, tomó entre sus dedos algunas gotas de pintura y comenzó a deslizarlas suavemente sobre mí, luego tomó más pintura, esta vez llenó completamente sus manos, lanzándola, en una danza frenética entre él y yo.  El juego duró varias horas, hasta que exhausto, se sentó a mí lado. Noté entonces una sonrisa apenas perceptible. Era tanta mi necesidad de tenerlo junto a mí y creo que era lo mismo para él.

Varias semanas transcurrieron en un suspiro, yo le veía deambular de un lado a otro. Recuerdo por fin su expresión satisfecha, el orgullo que reflejaba su mirada. Me contempló por horas, en silencio.

Entonces me tomó delicadamente, me recostó sobre la mesa y me envolvió en papel estrasa, atando un delicado cordel para que no me pasara nada.

Así me dejó esa noche, en esta fría pared, luego de hablar con una mujer que se mostró sorprendida al verme. Mientras yo, sigo esperando que cumpla las promesas que hizo, pero  no lo he visto desde la noche en que se inauguró la exhibición.

Taller L. San Millan: 26

action-painting

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Obsequio


regalo

Así con el paquete bajo el brazo, con la cabeza gacha y el ánimo roto, echó a andar, sin rumbo.

Una fina lluvia comenzó a caer, mojando el papel y el moño del regalo que cargaba. Se recargó en el dintel de una puerta, que apenas lograba cubrirlo un poco del agua, que de pronto había mostrado su furia.

Esa mañana quería que todo fuera maravilloso, en la mesa, la caja perfectamente envuelta desentonaba con la limitada decoración.

Mucho había trabajado para comprar el obsequio, pero por fin, ahí estaba,  su monótono y aburrido trabajo había rendido fruto.

Tomó el autobús muy temprano, con la esperanza de que el tiempo pasara rápido. Al llegar al trabajo, sintió como sus compañeros volteaban a verlo y cuchicheaban a su espalda.

Sí, se había esmerado un poco más en su aspecto, usaba su camiseta perferida y los pantalones azules que tanto le agradaban. A pesar de su buen animo, no pudo evitar sentirse incómodo.

¡Estúpidos! pensó ¡Qué chingados les importa! Así  colocó la preciada caja junto a él, para iniciar la jornada frente a la línea de producción que parecía no cansarse jamás.

A la hora del desayuno, tomó su caja y se dirigió al comedor, al entrar, escuchó una voz que le decía:

¡Hey moreno! ¿A dónde llevas eso?, mientras se pasaba la lengua alrededor de los labios en forma sugerente,  era una joven de otra línea.  Él, sintió como un calor bochornoso le subía por el cuerpo, enfurecido y sin poder hacer nada al respecto.

Mientras las chicas sentadas junto a ella se reían.

Por fin, llegó la hora de la salida, su corazón comenzó a latirle muy fuerte, de nuevo con su caja en mano, tomó el autobus. Acomodó delicadamente el moño, que se había estropeado un poco.  A medida que se acercaba a su destino, el tamborileo en su pecho se hacía más fuerte. Tenía que llegar, faltaba muy poco.

El camión se detuvo cerca de la puerta, él se arregló la playera, sacudió su pantalón, acomodó su cabello, revuelto por el aire que entraba por la ventana y dio una última ojeada a la caja.  ¡Lo había logrado! Entró directamente, sin detenerse en recepción. Apenas había avanzado unos cuantos pasos cuando una enfermera lo detuvo.

En el hospital lo conocían bien, llevaba meses acudiendo diario a la misma hora. Tratando de alegrar a Lidia, que luchaba por sobrevivir día a día. Él era el único que podía hacerle sonreír y quería sorprenderla en su cumpleaños.

Pero el tiempo se había detenido, él lo supo en cuanto vio a la enfermera acercarse, sólo escuchó frases entrecortadas, como en un sueño. Crisis, paro respiratorio, no hubo que hacer…

De nuevo la lluvia, que no traía consuelo. Enojado, confundido, adolorido,  se hechó a correr abandonando la caja, que  comenzó a ablandarse en un charco de color azul sobre la banqueta, mientas del interior, salía el sonido de la melodía de una cajita de música.

Taller sanmillan 24

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Suplicio


dolor

Ardo, con la piel punzando y un calor insoportable, como brazas  sobre mí, tanto que estoy enrojecida. Estoy expuesta, así como un trozo de podredumbre.

Desde hace un par de días despido un olor desagradable, mezcla entre ácida y nauseabunda. Las agujas con antibiótico no han logrado detenerme. Primero comenzaron pinchando una vez cada doce horas, ahora lo hacen cada dos.  Pero soy insoportable, tanto así que hago que la pus brote, vomito una especie de lava amarillenta, supuro lenta, embarrando los bordes de piel.

Parece que de una vez por toda se han decidido a acabar esa  cosa que me tiene paralizada, pero no creo que les sea fácil. Sin que se den cuenta ha extendido sus dominios, enredándose ya no solo por los dedos, sino que he logrado subir hasta la pantorrilla. Muy pronto verán las inconfundibles marcas enrojecidas que ha dibujado. Entonces me volveré a abrir, como una flor de pétalos encarnados, latiendo en cada punzada, como un grito que no se escucha, pero que se incrusta sin remedio.

Ya quiero que todo termine, que de una vez por todas, ya no me importa lo que tengan que hacer, pero que me quiten esta sensación que arde, arde tanto.

Taller L. San Millan: 23

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mi, yo, ello, ego


Azota el viento afuera, me asusta, el ulular terrible en medio de la noche.

Palomilla
Una noche me convertí en Palomilla, en eso he caído, en el rumor nocturno de las alas batientes. Del teclado que no cesa de sonar, de las letras que purgan mis quimeras, terrores, ideales, sueños. Palomilla soy, desde la noche en que abrí por primera vez mis alas y decidí emprender mi propio vuelo. A través de la única expresión que me es posible…hilando letras.

Mujer
Mi cuerpo me define, como un ente netamente femenino, aunque tantas veces hubiera renegado de ello, aunque deseara borrar eso que ante mis ojos ciegos era un estigma. Pero la vida me dice que vale la pena recorrer el camino de esa forma, aprendiendo a aceptar que soy mujer. De alguna u otra manera debe haber algo bueno en aceptar que así soy.

Madre
Las Venus paleolíticas resumen mi ser; abundante. Desde el momento que parí, sentí la decepción de un mundo que se torna oscuro. Entonces comprendí que las luces que me guían son de un par de faéricos, a los que estoy enlazada. Aprendo de ellos y a veces, creo que ellos también aprenden algo de mí. Crecen y maduran con los golpes de la vida, a pesar de mis intentos vanos por evitarlo. Soy una más, como muchas, como miles, aquellas que han parido, aquellas que se desvelan ante una cama, aquellas que rezan, aquellas que se dan sin restricciones aunque a veces no logren avanzar. Pero también soy de aquellas que se sienten gratificadas con sonrisas y abrazos, que se sienten orgullosas de ser madres.

Bibliotecaria
Nunca me dijeron que podría escoger ser bibliotecaria, no es como ser enfermera o trabajadora social. El test de orientación vocacional hablaba de una profesión enfocada al servicio. Yo me reí. Pero un día  simplemente caí ahí, por que era lo que tenía que hacer. Estaba escrito con letras de oro que sería mi pasión, de esas pasiones irracionales que se pegan en la piel, de la que no puedes alejarte por que te sientes vacía. Creo que siempre fue así, desde la primera vez que tomé un libro ilustrado. Supongo que me escogieron por eso, sabían que llegaría el momento del encuentro inevitable, libros, publicaciones y otros se confabularon para resultarme demasiado irresistibles. Desde entonces me da por vagar entre estanterías.

dibujame

Taller L. San Millan: 21

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Inquisidores


agonia

-¿Te gustaría sentarte a mi lado?

-¿Por qué habría de hacer semejante insensatez?

-¿Puedes escucharme sólo un momento?

-¿Acaso con eso borraría lo que pasó?

-¿Por qué no puedo insistir un poco más?

-¿Estás seguro que quieres que me siente a tu lado?, ¿No te da miedo que pueda arrancarte las alas de un mordizco?

¿Cómo podrías darme miedo, si el infierno de no tenerte es mucho peor?

¿Cuándo comenzaste a hablarme de esa forma?

¿Recuerdas aquella vez, cuando te encontré bajo los fierros retorcidos de aquel autobús?

¿Crees que es posible olvidar algo así?, ¿Cómo era posible que me vieras a través de la espesa cortina de humo y del charco de sangre?

¿Sabes que no he podido olvidarte?, ¿Por qué no regresas de tu tumba y de una buena vez me llevas contigo?

¿Aún me recuerdas?, ¿Quisieras acompañarme en este viaje sin retorno?

¿Podrías llevarme de una vez por todas contigo?

¿Besarías en este instante mis labios para poder cobijarte entre mis fríos brazos?

¿Cuántas preguntas sin respuesta seguiré guardando?

Taller L. San Millan: 20

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Credo


rostro

La amada presencia del Yo soy es mi credo,

en el tiempo que me resta por vivir en este mundo que debiera ser azul.

En la vida y en la muerte, que van paralelas y a veces perpendiculares,

Creo en el espacio de luz mutante, que me obliga a ver por otras rendijas.

En el breve camino que llevo en este territorio aún inexplorado.

Creo en lo que soy y en lo que llegaré a ser, en lo que doy y en lo que me exijo.

Que aún en la noche más oscura, puede existir una llama encendida.

Soy responsable de mis sentimientos hacia los demás pero no en lo que los demás puedan llegar a sentir por mi.

Creo en las albas y los ocasos, que  se van hilando a través de las letras, esas letras donde puedo habitar cuando eso que llamo realidad me abofetea.

En el amor que planté hace tiempo en unos seres faéricos, que habitan en los lugares más cálidos de mi ser.

También, aunque a veces lo dude, en los restos de belleza que quedan en la humanidad, en los ojos de los niños, los consejos de los viejos, la pasión de los jóvenes.

En mi raza, mi clan, mi sangre cedartiana que no deja de fluir y que nos permite reconocernos aún cuando no nos hayamos visto.

Creo en cada instante como un momento único que vale la pena vivir, sufrir, morir, sentir, odiar, en la catarsis de la vida.

La amada presencia del YO SOY es mi credo por que soy a Dios, como una gota de agua es al mar.

Taller L. San Millan: 19